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'Carmen': la esperada, la incompleta

Espectáculo: 'Carmen', ópera de Georges Bizet, en versión de concierto. Intérpretes: Orchestre Révolutionnaire et Romantique, The Monteverdi Choir, Coro de la Presentación (Elena Peinado, directora). Solistas: Anne Caterina Antonnaci, soprano ('Carmen'); Andrews Richards, tenor ('Don José); Anne-Catherine Gillet, soprano ('Micaela'); Nicolas Cavallier, bajo barítono ('Escamillo'). Director: sir John Eliot Gardiner. Lugar: Palacio de Carlos V. Fecha: viernes, 3 de julio 2009. Aforo: Lleno.

La esperada ópera Carmen llegó, al fin, al Festival, aunque en versión de concierto, con algunos apuntes escenificados. Sonidos, fundamentalmente, para lo que es un espectáculo total, del cual ya hablé extensamente el pasado viernes. La versión musical de sir John Eliot Gardiner fue muy estimable, incluso brillante en algunos momentos de una música que recoge todos los tópicos sobre la 'españolada', como decía, pero que conserva, desde su estreno en 1875, toda la frescura, elocuencia y, a veces, genialidad, dentro de la apuesta dramática y cómica. Melodrama, no sólo en la supuesta escena, sino en el discurso del pentagrama. Damos por buena a la 'heroína', como expresión de la libertad de la mujer, dentro del tópico andaluz: gitana, cigarrera sevillana, toreros petulantes, bandoleros, hombre que, como cualquier 'don José' de ahora, creen tener propiedad sobre la mujer, en todos los aspectos y estiman que su última posesión es la muerte de la pareja; pueblo exótico que baila por todos los rincones y todas las concesiones caricaturescas -navajas incluidas- que han proliferado sobre el espíritu 'español' en la literatura y en la música del siglo XIX y, de la que intentaron redimirnos Debussy, Ravel o Glinka, entre otros.

Argumento circunstancial, sobre la novela de Próspero Merimée, que sirve perfectamente para el dibujo musical de Georges Bizet que no soñó que su denostada ópera cómica, por el público puritano parisino, llegara a los niveles a que ha llegado. Música, historia y lugares sevillanos conocidos de todos, en sus momentos más populares, desde el Preludio, con tantos recursos wagnerianos, a la célebre Habanera, sin olvidar la Seguidilla, la canción gitana, la entrada y aria de Jaramillo y otras melodías fácilmente reconocibles.

Sobre este entramado musical, a veces de absoluta vulgaridad, y otras con ribetes de genialidad, Gardiner esboza varios elementos importantes dignos de destacar: su acercamiento más purista a los instrumentos y sentido interpretativo del XIX, con su magistral Orquesta Revolucionaria y Romántica y el Coro Monverdi, al que se unen los niños de la Presentación, que dirige Elena Peinado, cantando los textos de la chiquillería sevillana que figuran en la obra.

En este aspecto del equilibrio orquestal, coral y la intervención de los solistas, Gardiner realiza una labor excelente. Consigue con su elocuencia y la pulcritud que la música alcance el protagonismo que merece y, a veces, nos haga olvidar, más que entrever, el desarrollo de la escena, cuyos rótulos en las paredes del Palacio hacen seguir los diálogos. En toda ópera o ballet que se precie, la música por sí misma es protagonista, cuando no protagonista esencial. Ocurre, por ejemplo -y, desde luego, no son comparables dos concepciones tan diferentes, en novedades y aportaciones- con los ballets de Stravinsky, como El pájaro de fuego que nos ofreció la London Symphony, sin que nos importara contemplar el espectáculo de Diaghilev.

Pero salvando las distancias abismales, encontraremos en la versión de Gardiner cualidades sonoras y atenciones muy especiales. La grandiosidad desplegada en el Preludio, el subrayado dramático de escenas vitales, como el diálogo final, la vistosidad de los triunfos de Jaramillo y otras pinceladas características.

Y, fundamentalmente, la notable tarea de los solistas. Siempre, incluso en los recitales, la Habanera que han cantado todas las 'carmenes' ha llevado implícito el movimiento y la insinuación. La soprano Anna Caterina Antonnazi fue una 'Carmen' convincente, pero demasiado estática, fría y lejana. Parecía que le costaba trabajo situarse en escena con el pesado traje ¿de gitana? que le habían endosado. Posee una bellísima voz -su recitado a la muerte, en la escena de las cartas, fue delicado y hermosísimo-, y una acentuación dramática que no llega a plasmar del todo, incluyendo el hieratismo que utiliza cuando canta cosas, de tanta picardía y sugerencia, como la Habanera. Es una prueba para cualquier cantante interpretar Carmen, no por sus dificultades, sino por las referencias que todo el mundo tiene de la obra.

Me gustó extraordinariamente el bajo-barítono Nicolás Cavalier, en un notabilísimo 'Escamillo', el 'torero de Granada'. Bordó en elocuencia, fuerza y arrojo su rotundo Toreador. También hay que anotar el poderío, expresividad y sentido dramático de Andrews Richard, en 'Don José' y, muy especialmente, la voz de la soprano Catherine Gillet, en una profunda y cálida 'Micaela'. El resto del reparto mantuvo un tono muy estimable que fue llevado en volandas por la calidad de la orquesta y del coro -incluyendo el de voces blancas-, bajo la experiencia y solidez de sir John Eliot Gardiner, base de una audición que hará historia en el Festival.

Es la primera vez que se interpreta completa en el certamen, aunque sea en versión de concierto. La próxima interpretación de Carmen, la cigarrera sevillana que volvía locos de amor y pasión a todos los hombres que miraba con sus ojos andaluces, esperemos que sea con todos los elementos escénicos exigibles a este formidable retablo típico y utópico, pero de inmediato atractivo. Los elementos que han estado en la representación efectuada por estos mismos artistas en la Ópera Cómica, de París, hasta el pasado día 30 de junio. Para eso tendrán que darse prisa en comenzar y terminar el gran Teatro de la Ópera de Granada.

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