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Carpetazo al 'western'

  • Tras el estreno de 'Jersey Boys' conviene recordar 'Sin perdón', obra mayor del gran cineasta Clint Eastwood, estrenada hace 22 años

Clint Eastwood ha hilado mucho desde que se dedicara a entregar un cine valiente y provisto de fuerza y carácter. Hace ya casi diez años de la lacrimógena Million Dollar Baby, correcta dentro de lo que acostumbra a escribir Paul Haggis. Y desde entonces ha llovido bastante. Su incursión en la Segunda Guerra Mundial con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo-Jima acabó pareciendo más un berrinche político que un auténtico ejercicio de estilo, y sus biopics de Nelson Mandela y J. Edgar Hoover pecaban de maniqueísmo; la segunda, en concreto, se perdía entre las sombras de un guión tan sobrecargado como un trabajo de instituto. Pero ahora se cumplen 22 años de Sin perdón, una de las obras más emblemáticas del director (que acaba de estrenar su aproximación al musical, Jersey Boys), y uno hasta atina si piensa en ella como su mejor película, junto a la fría Mystic River y a la sorprendente Cazador blanco, cazador negro.

En ella se encuentra la idoneidad del western; el cúmulo de talentos hace que la obra derroche un acabado visual de ensueño. El tratado de la diversidad paisajística a color se aleja del homenaje al spaghetti western y se acerca bastante más al western clásico, como se comprueba en esas grandes explanadas por las que cae la nieve y el viento azota las ramas que cuelgan sobre la tierra baldía.

Sin perdón es demasiado seca para funcionar como un simple homenaje. Por sí sola ya representa un modelo de western terrenal que exalta la crueldad y la fiereza como pocos lo habían hecho antes. La violencia no es descarnada, pero sí brutalmente realista. Los sentidos del espectador no obvian lo aparentemente sencillo que es quitar una vida, si bien para el protagonista sólo se trata de añadir un nombre más a una innumerable lista de víctimas. Se divaga sobre los términos morales con los que se busca el asesinato, y los personajes se redimen momentáneamente para volver a condenarse. El mundo que recrea Sin perdón es, justamente, esa clase de parajes donde la piedad se elimina de la ecuación, no por ser un rasgo de debilidad, sino de humanidad. Es un mundo donde la verdadera maldad es encubierta y la bondad erradicada por la ignorancia que conlleva. Aquí nadie se lleva bien con nadie, ni el trío protagonista que cabalga a regañadientes por un desierto que arrastra sus remordimientos. No existe la lograda concepción de la amistad que desprendía el aroma fordiano, ni el tono caricaturesco de los filmes de Leone (sálvese Hasta que llegó su hora, obra seria y cumbre del italiano). En Sin perdón existe la frialdad en su máximo exponente; se llora y se sangra con su vitalidad correspondiente. El personaje de Eastwood se encuentra con una redención que decide rechazar, y sus compañeros eligen por necesidad. Gene Hackman aquí ejerce de nemesis, aunque a su personaje no le mueve la codicia ni la sed de violencia. Todo lo contrario, se trata de un personaje movido por reflexiones tan morales como inteligentes que, por desgracia, lo etiquetan dentro de la maldad.

Se trata de un villano atemporal, juicioso, que comparte una vida llena de negritud con los demás, pero aplicada a una escala distinta. Pero no se puede hablar realmente de personajes que se atengan a su humanidad; todos han matado alguna vez, como mínimo. Si ello carga en su conciencia o no es algo distinto, pero ninguno de ellos puede permitirse el ponerse por encima de otro. Los diálogos han sido escritos con pesar y una arritmia sentimental que los dota de solemnidad, que recaen con aplomo sobre personajes duramente matizados por sus dispares pasados. Abundan las frases lapidarias y la mala leche efervescente que tan bien quedan en el rostro de un Clint Eastwood soberbio, tanto detrás como delante de una cámara salpicada del estilismo del mejor Leone y el violento clasicismo de Sam Peckinpah. Pero además de deudor de ambos, Eastwood cierra las bases de la epopeya del western y lo hace con un libreto oscuro, visualmente lírico, que emplea sus pausas para tratar de humanizar a unos seres que ya perdieron todo rasgo de bondad cuando se encontraban desvalidos en el angosto yermo que los llevó a ser bandidos y cazarrecompensas.

Así, Sin perdón se estructura como un ensayo sobre las profundidades de la violencia y el miedo, de hombres criados bajo el seno de ambas, y tristemente perjudicados por ellas, hasta desembocar en seres sin alma que se ejecutan entre ellos movidos por frías tinieblas.

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