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Coetus, Lombarda y Parra ponen en pie al público del Parapanda

  • Sus actuaciones consiguieron convertir la noche del viernes en una de las más animadas de la edición del festival y hacer bailar a los 1.500 asistentes

El original concierto de Coetus, en el centro del programa del vigésimo Parapandafolk, ha sido la actuación que, nombres estelares a parte, más ha gustado del programa de este año. La originalidad y la vistosidad de su espectacular propuesta terminó haciendo bailar el viernes al millar y medio de personas que asistieron a su estreno andaluz.

Pero antes estuvieron los decanos de la música folk granadina, Lombarda, con los exquisitos y refinados tratamientos que realizan sobre la música popular, andaluza primero, y luego ya la granadina. Con personalidad inconfundible llevan en ello ya treinta años haciendo tareas de campo y rescatando canciones a punto de desaparecer de la memoria de laguna abuelita del lugar. Y luego rearmándolas con un gusto instrumental elegante y fresco. Caso de, por citar dos ejemplos, el Romance de Mariana Pineda, de Nigüelas, o la inédita La doncella guerrera. Eliseo Parra les acompañó en Debajo de tu ventana, mientras que el célebre ratón que el padre de Angelo Branduardi compró En la feria del Este les sirvió, como siempre desde sus inicios, para finalizar un concierto muy aplaudido.

El sorprendente proyecto artístico del veterano Eliseo Parra encandiló a los asistentes del Parapanda. Los dieciséis componentes de Coetus han reunido toda la parafernalia de percusiones de la Península, sean instrumentos reglados o completamente domésticos e improvisados: panderetas, panderos redondos y cuadrados, castañuelas, cajones, zambombas, bombos y tambores o cántaros, ollas y sartenes, cucharas, huesos, caracolas y azadas. Cualquier costa susceptible de llevar el ritmo. Pero no sólo se trata de eso, Coetus ha extraído la esencia de la música popular de todo el país, y sobre ella hacen verdaderas sinfonías. Funcionan todos como engranajes de una misma máquina, orgánica, viva y precisa y consiguen montar sobre un canto balear una suite estremecedora tan sólo con el burbujeo de una docena de cántaros golpeados con una chancla, eso sí cada uno buscada específicamente por su afinación concreta.

La fascinación que produjeron sobre el público espectador, que aguantó hasta las dos de la mañana con ellos, obligó a un agradecimiento caluroso, de pie, bailando fronterizos verdegaios y coplas castellanas, y luego ante las exigencias de prolongar su concierto, acompañando ya sólo con palmas una coplilla de madrugada, concretamente de no acabarla nunca, como hubiesen querido tantos esa noche.

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