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El Festival comienza hoy

  • El ciclo Gámez se cierra con brillante protagonismo orquestal, discreto de danza y la presencia de jóvenes valores ya consagrados: Pablo Heras, Mariola Cantarero, Javier Perianes y Estrella Morente · El nuevo director del certamen tiene la difícil tarea de intentar superar la herencia de 61 años de trascendente historia

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El crítico y comentarista ha abordado, durante 54 años consecutivos, en distintos medios, los avatares -con sus rutilantes luces, pero también con sus sombras- del Festival Internacional de Música y Danza de Granada que el pasado domingo cerró su 61 edición que puso fin a la década -ya comentada meses atrás- en la que Enrique Gámez ha puesto su esfuerzo personal y su imaginación para mantener la calidad y el interés de este certamen, convertido desde sus comienzos en el faro cultural más importante de Granada, en su proyección nacional e internacional.

Antes de hacer balance de esta edición, clausurada con la fuerza y calidad del programa de la música de la Rusia profunda que nos ofreció la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse y el Coro de la Generalitat Valenciana, bajo la dirección de Tugan Sokhiev -cuya crítica aparece en la siguiente página-, hay que subrayar que el Festival, en cuanto se refiere a su futuro, empieza hoy mismo. El nuevo director del certamen, Diego Martínez, tiene un reto difícil de superar en estos momentos de crisis y de alocados y multitudinarios recortes que se concretan en dos grandes pilares. El primero, lograr que de ninguna manera, administraciones y organismos privados intenten recortar los medios económicos de que dispone el Festival -nos preocupan las palabras que pronunció el concejal de Cultura del Ayuntamiento granadino, justificando la elección de Martínez, afirmando que era la persona adecuada para gestionar un Festival en momentos de crisis-. Y el segundo, basado en esa firmeza económica, asumir la inmensa historia del Festival, el paso de las figuras y los conjuntos más importantes en todos los campos de la música y la danza del momento, la variación y calidad de sus programas y desde esa plataforma no sólo no rebajar ni un ápice su trascendencia, sino actualizarla y enriquecerla. Cualquier atisbo de mediocridad, provincialismo o localismo, como la tentación reductora -la prolongación del certamen no se justificaría si sólo se basase en mediocridades-, pondría en peligro de desaparición la idea básica que se ha intentado mantener desde los comienzos y por la cual muchos hemos luchado incansablemente desde los medios de comunicación.

Dicho esto, nos tranquiliza las palabras del nuevo director abundando en la idea de no olvidar a las grandes figuras y conjuntos que han dado vida al Festival. Pero habrá que esperar, por supuesto, no sólo a las ideas claves, sino al programa concreto que se ha preparado o va a gestionarse en la próxima edición y posteriores que, ya sabemos los que algo conocemos del funcionamiento de los grandes festivales europeos, no se improvisa en semanas o meses, sino que exige una atención previa que, en muchos casos, es cuestión de años, para hacer coincidir fechas y huecos en las agendas de las grandes figuras y conjuntos de reconocida valía internacional. En esa tarea de máxima ambición para un Festival del siglo XXI, tendrá nuestro firme apoyo, como siempre.

Paseo por su historia

La repetición de esquemas y obras -La vida breve, La Novena sinfonía de Beethoven, El lago de los cisnes...- ha supuesto una especie de recorrido por su historia, donde tantas veces, a diversos niveles, se han escuchado o visto estas obras. También había algo de memorándum en el predominio de dos ciclos vitales en el Festival: el sinfónico-coral, en el Palacio de Carlos V, y el de danza, en el Generalife, con incrustaciones de obras nuevas como el Réquiem de Ligeti o parte del programa no convencional del concierto de clausura, con Canciones y danzas de la muerte, de Mussorgski-Shostakovich y la cantata Alexander Nevsky, que Prokofiev extrajo de la música que compuso para la obra inmortal del cineasta Sergei Eisenstein. Completaba esa incursión por la colaboración de dos genios rusos que ya se materializó con la programación de Iván el terrible, en 2003.

Ciclo sinfónico iniciado con una versión demasiado discreta de la Iberia, de Debussy y de La vida breve, de Falla, donde sólo había que resaltar la voz protagonista de Mariola Canterero, como Salud, y la colaboración de Estrella Morente en una página flamenca incrustada un tanto forzada en la versión escénica. Más rigor, esfuerzo y calidad tuvo el estreno en Granada del Requiem, de Ligeti, que con la Novena sinfonía, de Beethoven, subrayó la labor esforzada de Josep Pons, con una Orquesta Nacional no en sus mejores momentos, y los Coros Nacionales y de RTVE, junto a un grupo de meritorios solistas.

Rotundidad tuvieron los conciertos de la Royal Philharmonic Orchestra, bajo la dirección de Charles Dutoit, sobre todo el primero, con un espléndido Debussy, tanto en la delicadeza del Preludio a la siesta de un fauno, como en la evocación sonora que, con todos los misterios de su honda e intensa paleta orquestal, puso el francés en esa página genial que es La Mer. Un Dutoit y una orquesta que hicieron una formidable interpretación de la Sinfonía núm. 5, en MI menor, op. 45, de Chaikovski, que tan grato recuerdo nos dejaron interpretaciones memorables de Mrawinski y Serge Celibidache, en diversos momentos estelares del Festival.

También la fuerza de la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, bajo la dirección de Sokhiev, en un primer concierto más convencional de exhibición de su poder orquestal en la conocida Sheherezade, de Rimsky-Korsakov, sin olvidar el momento delicado del Concierto para piano en La mayor, del que Perianes ofreció una cálida y preciosa versión. Y, naturalmente, el mencionado sello de oro, cumbre de la actuación del conjunto galo y de su director, junto con el coro de la Comunidad valenciana, en el ambicioso programa ruso de clausura del certamen.

No habrá que olvidar la presencia de la OCG, conducida por Juanjo Mena, donde rubricó su conocida calidad. Orquesta que brilló, como tantas veces ha ocurrido en óperas y ballets programados, con la música de Leo Delibes, en la representación de Coppélia y en la segunda actuación del Birmingham Royal Ballet.

Jovenes y reconocidos

En esta edición los jóvenes valores españoles han tenido adecuada presencia. Pablo Heras revalidó en el Palacio de Carlos V, con el Freiburger Barokorchester, uno de los más importantes conjuntos internacionales en su especialidad, los motivos artísticos por los que está triunfando internacionalmente. La Fundación Rodríguez-Acosta le honró con su medalla de honor en reconocimiento a su trayectoria. Y en este plano volvió a triunfar Mariola Cantarero, con su bellísima voz, convertida en una de las grandes sopranos españolas, y el onubense Javier Perianes nos cautivó con la exquisitez de su piano poético en los Arrayanes, con obras de Chopin, Debussy y Falla, donde sólo diferíamos de la idea de colocar a todos en una misma bolsa de continuidad que, aparte de homogeneizar demasiado estilos y diferencias, confunde un tanto al oyente, pese a gozar con la calidad interpretativa de Perianes, uno de los grandes pianistas del momento.

Danza para todos

Todos sabemos que el capítulo de danza es uno de los pilares más esperados del Festival. Pero danza, con música en directo, sin la que se convierte en pura velada divulgadora, de mayor o menor calidad. Velada, pues, con la gala en homenaje a Roland Petit, con primeros bailarines de importantes conjuntos europeos y asiáticos. Discreto el Bayerisches Staatsballet München, aunque su Lago de los cisnes fue aceptable, dentro de bailar bajo el secuestro de la música enlatada. Y más rotundo, precisamente por la música de la OCG, la Coppélia del Birmingham Royal Ballet, un conjunto muy estimable, ajustado, brillante, con solistas muy notables, caso de Nao Sakuma y Chi Cao. Una segunda actuación discreta subrayó, sin embargo, la calidad y técnica de los bailarines y la ductilidad del conjunto británico.

Flamenco diverso con Carmen Linares, Olga Pericet y María Pagés; música de calidad con el órgano de Juan María Pedrero, el Huelguas Ensemble, la viola de Tabea Zinmermann o el Coro Tomás Luis de Victoria y Ensemble la Danserye.

Y algo realmente importante que hay que mantener y enriquecer todavía más: el FEX. El Festival extensión es una variada y espléndida oferta de calidad de música y danza para todos los públicos, en la ciudad y la provincia. Su amplísimo programa necesitaría un comentario aparte, para subrayar tantos motivos de interés que han podido gozar gratuitamente los ciudadanos y cuantos se han acercado a los lugares monumentales o callejeros donde se han desarrollado. Nombres locales, nacionales e internacionales. No es un Festival en tono menor, sino una apuesta por la divulgación de la música y la danza para gozar de la cultura para todos: los que la hacen y los que la disfrutan.

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