103 años de lucidez

Tiempo de atropelladores sin escrúpulos

  • Después de casi 30 años exiliado de la novela, Francisco Ayala regreso al género de su debut con un extraordinario libro llamado 'Muertes de perro'

Francisco Ayala posa en la sede del Instituto Cervantes. Francisco Ayala posa en la sede del Instituto Cervantes.

Francisco Ayala posa en la sede del Instituto Cervantes. / Efe

Después de casi 30 años exiliado de la novela, Francisco Ayala regresó al género de su debut como escritor con Muertes de perro (1958), un libro extraordinario que cuenta el ascenso y la caída de Antón Bocanegra, obscuro dictador en una ficticia república de Centroamérica. La brújula crítica apuntó hacia el Tirano banderas (1926) de Valle-Inclán, obviamente; no obstante, siendo un magnífico exponente de la 'novela de dictadores sudamericanos', Muertes de perro no se agota ahí.

Por un lado, indaga en una condición humana continuamente puesta a prueba; por otro, reflexiona sobre la voz narrativa que más conviene a ciertas historias. Así pues, junto al de Valle-Inclán, debiera invocarse el nombre de Cervantes. En Muertes de perro, Ayala no se sirve de la deshumanización del arte como hiciera en sus primeras propuestas narrativas, sino de la deshumanización del hombre.

El objetivo es denunciar a un ser humano abandonado a sus instintos elementales, con renovada crueldad. Hay una mirada desesperanzada a su época, "estos tiempos de atropelladores sin escrúpulos", según sentencia un personaje. No es para menos: en 1958 todavía humeaban las ruinas de la II Guerra Mundial y al horizonte se le había añadido el brochazo de la Guerra Fría.

Muertes de perro recurre al ardid cervantino de la novela dentro de la novela: el escribidor Luis Pinedo, recopilando documentos de la historia reciente del país, encuentra y trascribe el diario personal de Tadeo Requena, secretario y perro guardián del caudillo Bocanegra. El tirano está dibujado con trazos comunes a los varios dictadores que el siglo XX nos ha legado; Bocanegra es un déspota a cuyo paso la muchedumbre grita: ¡Viva el PP! (en tanto 'Padre de los Pelados', no se me confundan), un autócrata que gusta recibir a sus ministros mientras hace aguas mayores, pues el tiempo es oro, dicen, y así mata dos pájaros de un tiro…

Ayala despliega el velamen de la ironía dándole la palabra a Pinedo, un paralítico cuya condición postrada sirve para describir y denunciar el oficio del escritor: quien escribe no actúa y si lo hace es en su propio provecho; el escritor es un intérprete tendencioso de la realidad, y quien esté libre de pecado, ya saben, que tire la primera piedra.

Luis Pinedo no es el único escribidor en la narrativa de Ayala. También mezquina es la voz que dice yo en El fondo del vaso (1962), secuela singular de Muertes de perro. El narrador de El fondo del vaso se llama José Lino Ruiz, un majadero consignado en la anterior novela como posible víctima de Bocanegra. Sorprendentemente, este personaje coge papel y pluma decidido a limpiar el recuerdo literario del dictador.

Ruiz, comerciante y frecuentador de billares, está convencido de que para escribir basta con ponerse a ello y emprende un panegírico con más voluntad que maña, sin advertir (y ahí brilla la fina mano del autor) que su relato sólo sirve para ponerlo en evidencia. El yo narrativo es el de un imbécil que habla y habla, escribe y escribe, sin enterarse de que el periodista que lo está ayudando en la redacción del texto, Luis R. Rodríguez, le está poniendo los cuernos o que, en su aventura adúltera con una jovencita, Candy (por Candelaria), él es el muñeco con quien todos juegan.

En El fondo del vaso, el retrato social sigue siendo de extrema indigencia, pero el peligro no es la represión de signo político como en Muertes de perro, sino una abulia ética o una absoluta indiferencia que sumerge al individuo en un mar de roñas y fingimientos.

No obstante, al contrario de Muertes de perro, que echaba el telón dejando sólo desesperanza en el escenario, El fondo del vaso termina con un tímido haz de luz, una promesa de ecos cristianos trasmutada en baza existencial. Después del error y el horror, Ayala moldea una moraleja de porcelana. Quizás no todo esté perdido, susurra, y acaba por hablarnos de arrepentimiento y perdón.

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