Hollywood pierde a una de sus diosasLa estrella de los ojos violetas

Fallece elizabeth taylor La intérprete fue una de las últimas grandes divas

La actriz, de 79 años, llevaba dos meses ingresada en un hospital por una insuficiencia cardiaca · Carismática, temperamental y rebelde, participó en casi 50 películas

Conocida por su diminutivo, 'Liz' fue considerada una de las mujeres más bellas de su tiempo,
Conocida por su diminutivo, 'Liz' fue considerada una de las mujeres más bellas de su tiempo,
Agencias / Los Ángeles / Carlos Colón / Sevilla

24 de marzo 2011 - 05:00

Elizabeth Rosemond Taylor, uno de los grandes mitos de Hollywood, fallecida ayer en Los Ángeles a los 79 años por un fallo cardiaco, protagonizó más de cincuenta películas y obtuvo dos Óscar, además de recibir en 1992 el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su lucha contra el sida.

Liz Taylor, que en 1973 visitó el Festival de cine de San Sebastián, nació el 27 de febrero de 1932 en Londres, debido a una estancia temporal en la capital británica de sus padres, ambos estadounidenses. Fue a su regreso a California, a causa del estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando debutó en el cine a los 7 años con Hombre o ratón, a la que siguió, tres años más tarde, Lassie y, a continuación, su secuela El coraje de Lassie.

Pero fue Fuego de juventud (1944), junto a Mickey Rooney, la que hizo de ella una estrella infantil y en la que comenzó a destacar su indiscutible belleza y el maravilloso violeta de sus ojos.

Su enorme éxito la convirtió en uno de los personajes más populares y su vida personal fue un capítulo más de una carrera profesional llena de éxitos como Cynthia (1947), Mujercitas (1949) o El padre de la novia (1950), junto a Spencer Tracy y dirigida por Vincente Minnelli.

Con tan sólo 18 años, se casó con Conrad Nicholas Hilton, hijo del fundador de la cadena hotelera Hilton. Una unión que apenas duraría un año y que fue la primera de una lista de ocho matrimonios. Al éxito de El padre de la novia le siguió Un lugar en el sol (1951), Ivanhoe (1952) o La senda de los elefantes (1954).

Entre medias llegaría su segundo marido, el actor británico Michael Wilding, con quien se casó en 1952, tuvo dos hijos -Michael y Christopher- y de quien se separó en 1957. Apenas un año antes se había estrenado una de las películas clave de su filmografía, Gigante, dirigida por George Stevens y en la que coincidió con James Dean y Rock Hudson, que se convertiría en uno de sus mejores amigos. En 1957 protagonizó otro de los títulos más importantes de su carrera, El árbol de la vida (1957), con el que consiguió su primera nominación al Óscar, que repetiría en 1958 por uno de sus papeles más celebrados en La gata sobre el tejado de zinc.

Un año de éxito profesional y de drama en lo personal, con la muerte en accidente aéreo de su tercer marido, el productor de cine Mike Todd, con quien se había casado apenas un año antes y con quien había tenido a su hija Lizza.

Siguiente película, De repente, el último verano (1959), y nueva nominación fallida. Tendría que llegar el dramón de Una mujer marcada (1960) para que Taylor se llevara el premio en el cuarto intento consecutivo. Y tras el Óscar, se embarcó en una película que se convertiría en mítica no sólo por su enorme presupuesto -ella cobró un millón de dólares de los de entonces- y por sus enormes problemas de producción, sino porque allí conocería al gran amor de su vida, como ella misma reconoció. Richard Burton era Marco Antonio y Liz Taylor Cleopatra en la película de Joseph Leo Mankiewicz que supondría el inicio de una tormentosa y apasionada historia de amor que les llevaría a casarse dos veces (1966-1974 y 1975-76), a tener una hija -María- y a mantener una relación cercana que sólo se interrumpiría con la muerte del actor galés en 1984. Su segundo Óscar llegó con ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols en última nominación al Óscar.

Posteriormente trabajó en filmes como La mujer indomable (1967), de Franco Zefirelli, el Pacto con el diablo (1972) de Peter Ustinov, y la superproducción El pájaro azul (1976), de George Cukor. Ese año contrajo matrimonio con el congresista John Warner, unión que duraría hasta 1982. A partir de los ochenta hizo escasas colaboraciones artísticas. Una de ellas como suegra de Pedro Picapiedra.

Con múltiples problemas de salud -agravados por su adicción a las drogas y al alcohol- Taylor fue hospitalizada en numerosas ocasiones por problemas de espalda, operada de cadera, de un tumor cerebral benigno en 1997 y de válvulas coronarias en 2009. Tras dejar el cine, se dedicó a tareas humanitarias y, a raíz de la muerte de su íntimo amigo Rock Hudson de sida, se volcó en la búsqueda de fondos para combatir esta enfermedad. Por esta labor fue premiada con el Príncipe de Asturias.

La gata sobre el tejado de cinc

(1958)

Gigante

(1956)

De la gloriosa Metro Goldwyn Mayer de principios de los años 40, en la que debutó y se hizo una estrella, a las tv-movies en las que apareció por última vez. De Clarence Brown y Mervin Leroy, que la dirigieron en sus primeras grandes películas (Fuego de juventud y Mujercitas), a George Stevens y George Cukor, que la dirigieron en sus últimas películas importantes (El único juego en la ciudad y El pájaro azul). Entre unos y otros la vida de una de las últimas grandes estrellas creadas por los estudios en su época de plenitud artística e industrial, dirigida por algunos de los mejores directores de la historia del cine (Minnelli, Mankiewicz, Stevens, Brooks, Dmytryk, Nichols, Losey, Huston, Cukor) e intérprete de algunos de los personajes femeninos más recordados por varias generaciones de espectadores: la Kay Banks de El padre es abuelo, la Angela Vickers de Un lugar en el sol, la Rebeca de Ivanhoe, la Ruth Wiley de La senda de los elefantes, la Leslie Benedict de Gigante, la Susana Drake de El árbol de la vida, la Maggie Pollit de La gata sobre el tejado de zinc, la Gloria Wandrous de Una mujer marcada, la Laura Reynolds de Castillos en la arena, la Catalina de La fierecilla domada, la Frances Andros de Hotel Internacional, la Martha de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, la Sissi Gofforth de La mujer maldita y, por supuesto, la Cleopatra que hizo olvidar a todas las Cleopatras del pasado -incluida la de Claudette Colbert- e imposible pensar en el futuro en otra reina egipcia que no fuera ella.

Porque la Taylor era una auténtica estrella y eso, aunque a veces se diga lo contrario, es ser mucho más que una gran actriz. Grandes actrices ha habido y habrá muchas: es sólo cuestión de talento; o hasta de genio, si se quiere. Pero una estrella es una creación a medias natural (lo que ponía la naturaleza) y a medias artificial (lo que ponía el Estudio que la creaba y sostenía), a medias real (su vida, amores, desgracias y fortunas) y a medias inventada (lo que ideaban los guionistas de los departamentos de promoción), a medias actriz (su representar papeles en la pantalla) y a medias presencia (su llenar la pantalla, hasta desbordarla, con su mero aparecer), a medias lo que era (la persona) y a medias lo que interpretaba (sus personajes). Por eso hubo pocas grandes, verdaderamente grandes estrellas. Y no habrá más. Como los dinosaurios, las estrellas pertenecen a un mundo extinguido: el del Sistema de los Estudios, inventor del Sistema de las Estrellas. Desde que ambos sucumbieron en la glaciación del Hollywood de los años 60 ha habido y habrá grandes, grandísimas actrices de belleza deslumbrante y talento arrollador; pero no estrellas. En esta acepción seria de la palabra estrella, la Taylor fue de las más grandes.

Su vida amorosa fue mitológica; su mala salud, trágica; sus broncas y desplantes, épicos; sus lujos y joyas, orientales; su lealtad para con sus amigos, heroica; sus caprichos, de emperatriz; su belleza, legendaria. El mundo siguió el folletín de sus amores con una envidia admirativa atenuada por la compasión: tras dos matrimonios fallidos el que parecía ser por fin su gran amor, Michael Todd, se mató en un accidente de avión; su romance con Eddie Fisher, entonces casado con Debbie Reynolds, la convirtió en la mala oficial y la depredadora sexual rompe matrimonios de Hollywood; su historia de amor, peleas, borracheras y regalos de joyas fabulosas -el diamante Krupp, la Perla Peregrina, el diamante Burton-Taylor- con Richard Burton llenaron muchas páginas e hicieron destellar los flases de muchos paparazzi. Su solidaridad con su amigo Rock Hudson, cuando hizo público que padecía sida, conmovió al mundo al que tantas veces la Taylor había divertido o escandalizado. La desmesura fue la norma de su vida, de su belleza y de su talento interpretativo.

Porque, como gran y genuina estrella, en la Taylor había una correspondencia en la desmesura entre físico, vida y arte. Venus de bolsillo de formas rotundas que tendían a un sensual desbordamiento. Cuerpo de felina agresividad adornado con el contraste de unas gotas de ancho acogimiento maternal. Fiera capaz de dejarse dominar hasta el más abyecto sometimiento -aunque sin poder confiar nunca del todo en que esté domesticada- o de dominar con la más brutal ferocidad. Y unos ojos violeta como jamás los ha habido. El cuerpo y el rostro de Liz Taylor actuaban por sí mismos, con independencia de su voluntad de actriz, con la sobrecogedora belleza significativa de las panteras. A esa desmesura física y vital correspondía la de su genio interpretativo. Bette Davis bellísima o Ana Magnani sensual, la Taylor actriz era pura fuerza desatada. Se crecía con el exceso, le daban y buscaba personajes fuera de escala dramática, arrastrados por sus pasiones a la vez que generador de las de los otros, gritones, avasalladores, heridos. ¿Fue o no una gran actriz? Sin lugar a dudas; y de las más grandes. Pero fue una estrella aún más grande. Y lo segundo hacía que lo primero pareciera carecer de importancia.

¿Quién teme a Virginia Woolf?,

(1967)

Cleopatra

(1963)

Los Picapiedra

(1994)

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