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Homenaje a Juan Carlos Onetti Cómo no fue la historia

  • Este mes se conmemora el centenario del nacimiento del escritor uruguayo, uno de los mejores narradores en la lengua española del siglo XX y padre 'maldito' de la literatura latinoamericana contemporáneaManuel Peña publica un libro basado en una mesa redonda

Entre la libertad y la ley transcurren los diez ensayos de este interesante libro que fue mesa redonda y, antes, proyecto de investigación. El tono de diálogo preside sus páginas y las certidumbres ceden paso a los interrogantes que interpelan al lector. Es una buena manera de honrar la memoria de los indecisos, los desubicados, los desgarrados de la historia de España, protagonistas de esta pugna entre el querer ser y el deber de ser: exiliados, heterodoxos, nostálgicos y visionarios.

El dilema que los acompañó nunca nos dejará pues las razones de la libertad privada son juzgadas irrazonables por la ley pública. Dominios que empezaron a cruzarse en la edad moderna en la medida que la emergencia de una conciencia individual corrió, en paralelo, a la aparición de una esfera pública definida y gobernada por el Estado. Los terrenos de fricción fueron diversos, empezando por el espacio más íntimo, el régimen de la conciencia. Teófanes Egido dedica notables páginas a explorar el proceso de modernización de la moral a partir de la tutela que la Iglesia ejerció sobre las conciencias. Una casuística que oscilará entre el laxismo y el rigorismo moral.

Pero las consecuencias sociales del obrar, se medían en la palestra, el mentidero y la calle. No hace falta esperar a que Jürgen Habermas decrete la aparición de una esfera pública para que hallemos espacios de lectura en común, de discusión y controversia y, por supuesto, la irrupción de una maquinaria estatal que trató de regularlos. Si seguimos a Antonio Castillo en la España del siglo XVII abundaron los pasquines, coplas y libelos injuriosos contra la religión católica y sus ministros. La gravedad del delito radicaba no sólo en la dignidad injuriada, sino sobre todo en su divulgación lo que arrastraba el escándalo y la infancia. Y es que el campo público empezaba a verse como una realidad que dictaba sus propias reglas de reconocimiento y olvido. Los riesgos de exponer una doctrina nueva en la palestra urbana eran muy altos pero también lo podían ser los posibles beneficios. Bien que lo supo el médico Diego Mateo Zapata (estudiado por José Pardo Tomás) quien solía retar a debate público sus teorías en el Madrid de Carlos II. Cosechó buena cartera de clientes pero también la ojeriza de la Inquisición.

Otros muchos no tuvieron ni siquiera esta oportunidad. Padecieron el exilio por convicciones religiosas o ideas políticas. Reconstruir y justificar la nueva vida fuera de España no fue tarea fácil. Dio lugar a situaciones de esquizofrenia identitaria que Doris Moreno expone a propósito de los judíos españoles refugiados en la aljama de Amsterdam. Otros, los desterrados de sí mismos, como diría don Gregorio Marañón, no tuvieron mejor suerte. García Cárcel los sienta en el diván de 1808 para concluir que la desilusión cundió tanto en aquellos que se pasaron al bando patrióticos. Arrojados de su patria, exiliados de interior, soñadores todos, aunque sus Españas no pudieron ser, sus recorridos vitales (y tomo la imagen del editor y prologuista Manuel Peña Díaz) abrieron las puertas de otros corredores en el borgiano laberinto del tiempo.

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