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Homenaje a Mortadelo y Filemón

  • Astérix y Obélix han recorrido el mundo repartiendo guantazos; Mortadelo y Filemón también se lo han pateado, recibiéndolos. Para ellos, un tributo ahora que ya han cumplido los 50 años

Permítame, amigo lector, que yo sea la materia de unas líneas previas. Deberá hacer asimismo un ejercicio de evocación, y viajar a principios de los 70 del pasado siglo, e imaginar a un padre de familia en un pueblo de la provincia de Granada. Imagine su circunstancia. Como deslomarse en el campo no da para mucho, este hombre se ha decidido a pasar un período en la Costa Brava; necesitan brazos resistentes en la construcción, y los suyos lo son. Como se hospedará en casa de los suegros, se concede un único capricho: llevarse consigo a uno de sus hijos, de cinco años.

Aquel hombre era mi padre; el niño, yo. Recuerdo los desvelos de mi abuela por tenerme entretenido. La ayudaba a encender el fuego en la chimenea y a echarle de comer a los conejos que tenía en la terraza. Siempre tiraba de mí cuando iba de compras o de visita. El miedo, también lo recuerdo, me hacía pasar por educado; no osaba moverme de la silla donde me ponían, aunque me aburriera como una verdadera ostra.

Una vez, una vecina puso delante de mí unos tebeos para distraerme, la cosa funcionó, y mi abuela supo el modo de llenar mis horas vacías. Mi abuelo me compró mis primeros tebeos, una vorágine de viñetas protagonizadas por dos monigotes irremediablemente propensos al desastre. Sus nombres, Mortadelo y Filemón.

Estos personajes nacieron tres lustros antes de serme presentados, el 20 de enero de 1958, exactamente; en el número 1394 de la revista Pulgarcito, para más señas. La primera historieta, Mortadelo y Filemón. Agencia de información, los presentaba como unos émulos de pacotilla de Sherlock Holmes y el doctor Watson.

Filemón era un detective de nariz ganchuda y pipa en ristre, y Mortadelo un subalterno gafotas y surreal, capaz de metamorfosearse en cualquier cosa, en cactus o calamar, en farola o bicicleta. Ambos investigadores, con más telarañas que talento, eran hijos de su tiempo, aún reciente el lodazal de la posguerra, aún insistente el bocado en el estómago, aún sin descombrar la ruina que llevaba a las gentes a buscarse las habichuelas a miles de kilómetros del terruño.

¿Recuerdan a Carpanta, aquel personaje cuyo mayor sueño era comer pollo? Todos eran de la misma cuerda. Si buscan en un diccionario encontrarán que 'Carpanta' significa "hambre violenta", ¿y no hacen pensar los nombres de nuestros homenajeados en mortadelas y filetones?

En años sucesivos fueron definiéndose hasta ser lo que serán: Filemón prescindió de la pipa y Mortadelo del sombrero y el paraguas con que el dibujante Francisco Ibáñez los había caracterizado inicialmente.

Hubo cambios aún más drásticos que no atañían al aspecto físico, sino a su lugar en el mundo. Mortadelo y Filemón, que empezaron como autónomos, fueron reclutados en 1969 por la T.I.A., una versión más jamona y más ibérica de la todopoderosa C.I.A., y pasaron de ser la vergüenza del gremio de detectives privados a ser el hazmerreír del mundillo de los agentes secretos, entonces en boga gracias a la Guerra Fría y las películas de James Bond.

El zoológico creció y entraron en escena personajes como el superintendente Vicente -más conocido como el Súper- o el profesor Bacterio, a quien se debe la radical calvicie de Mortadelo; se sabe que éste presumía de una espléndida melena en sus años mozos, pero que, ante los primeros síntomas de alopecia, aceptó probar un mejunje del profesor para combatir la pérdida del cabello.

Mortadelo y Filemón, además de los cómplices de mis primeras lecturas, han sido los reyes indiscutibles del tebeo en nuestro país durante décadas. Han sido, osaría decir, más que eso. Una genuina expresión del ser español, dos quijotes sin Sancho Panza, víctimas tanto de los molinos de viento como de los gigantes; en sus corazoncitos de papel late un fatalismo de honda raigambre patria: si existe una remota posibilidad de que las cosas vayan a peor, no nos quepa duda de que, efectivamente, irán a peor.

Baste comparar sus desastrosas desventuras con las hazañas (no merecen otro nombre) de Astérix y Obélix. Nuestros paisanos no dan pie con bola, nunca; los galos, en cambio, imbuidos del ideario del compatriota Sartre, convencidos de que el infierno son los otros, acometen empresas mil y todas terminan aceptablemente bien para ellos; el ridículo suelen hacerlo los demás.

Astérix y Obelix han recorrido el mundo repartiendo guantazos; Mortadelo y Filemón también se lo han pateado, recibiéndolos.

Para ellos el primer brindis.

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