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Jardín de flores harto curiosas

  • Ediciones Traspiés suma a su catálogo una delicia bibliográfica, 'Almanaque de asombros', con textos de Ángel Olgoso e ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros

Desde hace decenios, el desigual duelo que enfrentó a un zagal de nombre David a un coloso que respondía al de Goliat se renueva permanente, puntualmente en los estantes de nuestras librerías, pero no estoy seguro de que el buen lector se deje engañar tan fácilmente. Frente a la elefantiasis de ciertos novelones de mil y pico páginas que podían prescindir de quinientas -respaldados por la ostentación de formatos ciclópeos que acaparan nuestra atención por el mucho espacio que ocupan en los escaparates-, el buen lector agradece la humildad intrínseca de ciertas iniciativas, de ciertos sellos, en cuyos catálogos las obras tienen las dimensiones y las páginas justas, y están cuidados en sus mínimos detalles. No hay morralla que valga, sino un destilado ejemplar de lo que debe contarse. De esta índole es la colección Vagamundos, a cargo de José Antonio López, de Ediciones Traspiés; una colección no consagrada al Dios Mercado sino al ratón de biblioteca, que no piensa en llenarse los bolsillos -aunque a nadie le amargue un dulce-, sino en llenar esos huecos bibliográficos desatendidos por los demás. Y de muestra, un botón: Almanaque de asombros, un pequeño volumen en cuyo interior se encierra un gran libro, hijo de más de un padre, como se verá.

En este almanaque, Ángel Olgoso recurre a la estratagema cervantina del manuscrito hallado casualmente en los desvanes de la imaginación, entre el baúl de los recuerdos y los cachivaches arrumbados por la fantasía, para atribuir la paternidad de esas páginas a un antepasado suyo, un tal Bautista Fulgoso, filósofo natural y recopilador de maravillas, que habría reunido un haz de ellas no parvo en una obra que no quiso entregar a la voracidad de la imprenta; su título completo sería el que sigue: Almanaque de asombros, aposento de extravagancias, oficina de glosas, crisol de portentos, pepitoria universal o destierro de fantasías y sacudimiento y desagravio de la templadora razón. Del renombre y prestigio de este desenterrador de engendros darían cuenta los elogios dispensados por cronistas de tanto pedigrí como Pedro Mexía y Antonio de Torquemada, quienes, en Silva de varia lección (1540) y el Jardín de flores curiosas (1570), respectivamente, se habrían servido de los hallazgos del tal Bautista Fulgoso. El catálogo de prodigios, si bien breve, es deslumbrante: Olgoso trastoca la leyenda de las sirenas relatándonos el caso de una criatura con la parte inferior del cuerpo de mujer y la superior de pez o despierta nuestro asombro con la historia de una moza que desvela por su cuenta y riesgo el arcano de si los ángeles tienen o no sexo.; lo tienen y es, según su testimonio, "luengo y oliváceo (acaso esto del mucho uso que tenía)".

Mención aparte merecen las ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros, que supera con sobresaliente cum laude el desafío de ilustrar textos tan singulares: "Si los relatos que componen este libro tuvieran realmente un origen medieval -me dice-, habrían estado acompañados de grabados en madera". Así pues, Sánchez Viveros se decide por asemejarse a aquellos grabados xilográficos tomando como referente, entre otros, la serie del Apocalipsis que realizó Durero en 1498. "He utilizado el rotulador para dibujar con lineas firmes y trazos gruesos, como un buril lo haría sobre la madera -me explica-. La composición recuerda a ciertas ilustraciones de la iconografía religiosa. Como por ejemplo: la de la campesina elevándose por los cielos, como si de una asunción de la virgen se tratase; o la mujer pez, sostenida por dos hombres como un Cristo descendido de la cruz". El paisaje, la disposición de las figuras, el vestuario, el ademán, todo ello ha sido trabajado con sensibilidad y esmero. Nada se ha dejado al azar: "Para las letras capitulares, cenefas y orlas me inspiré, como los artesanos de la época, en formas vegetales y pequeños animales -sigue contando Sánchez Viveros-. Diseñé unos pequeños iconos que representan a cada uno de los capítulos, como decoración y acompañamiento del título".

El hipogrifo de la portada, ceñudo, atento, que abre cuidadosamente un libro con sus enormes garras, es un acertado símbolo del furor creativo que ha inspirado este Almanaque de asombros, un jardín de flores harto curiosas que hará las delicias del bibliófilo.

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