Crítica | 'Las aves' de Teatro del Velador Mezclar churras con morcillas

  • Uno se pregunta más bien que hubiera pasado con un enfoque más sobrio, menos morcillesco, algo más de apego al significado político de la obra original y más recelo a la risa de bajo precio

Una imagen del espectáculo 'Las aves' Una imagen del espectáculo 'Las aves'

Una imagen del espectáculo 'Las aves' / G. H.

En el argot actoral existe un término que siempre me pareció curioso. La morcilla. "Meter una morcilla". "Morcillear". Se dice cuando uno cuela un chiste fácil, una frase descontextualizada del texto, con el fin de enganchar al público cuando la cosa corre el riesgo de ponerse demasiado intelectual, intensa o cuando directamente se percibe el bostezo del espectador. Bien utilizado, ahí está el recurso. Hay "morcillas" más finas, más elegantes y otras piden rápido correr un tupido velo y hacer como si nada hubiese pasado. El humor tiene eso.

Pero también es peligroso. Al fin y al cabo, "morcillear" mucho implica que el texto o la idea original quede algo apartada y que incluso, en el exceso, se tome una postura algo paternalista, como si el espectador no fuera capaz de atender o comprender lo que ocurre en escena sin la carcajada tonta ni el símil mascado. En definitiva, mucha morcilla, se te repite.

Algo así le ocurre a Las aves. La compañía Teatro del Velador y la dirección de Juan Dolores Caballero escogió, con toda la pertinencia, esta comedia del griego Aristófanes para readaptarla a los tiempos actuales. De los griegos se aprende mucho y de alguna manera, todo está ahí, escrito, esperando ser leído, reinterpretado. El teatro grecolatino es una fuente que siempre tiene el agua precisa para dar de beber al sediento. La sátira política de Aristófanes, por supuesto, también participa de esa universalidad.

A saber: dos amigos cansados de la corrupción de su ciudad intentan crear una nueva, donde todo sea maravilloso, donde el idealismo se sobreponga a la miseria material. Los amigos se alían entonces con las aves para crear un nuevo estado, suspendido entre el cielo, ocupado por los dioses y la tierra, donde habitan los humanos, lo que hará finalmente que gobiernen sobre ambos.

Ahora viene "la morcilla". La readaptación de la obra se basa en su similitud con el proceso de creación de la república catalana. Empieza entonces una mezcla extraña de nombres y referencias, entre Zeus y Puigdemont, entre el 3% y los dioses del Olimpo, las 155 puñaladas que estos le van a dar a las aves, el nombramiento del Ave Madrid-Granada como un ave más entre todas… Y así hasta el infinito durante la hora y media que dura la obra.

Por si fuera poco, ni la dirección escénica ni algunas coreografías de baile o gesto ayudan, ya sea por su simpleza o por el cansancio que produce su extensión de tiempo. La música desde los altavoces que subraya cada una de estas escenas tampoco echa un cable al espectador para entrar a mirar la obra. Todo ello acaba en un compendio donde naufraga casi todos los elementos que componen la pieza. A excepción del trabajo actoral de Sergio Andolini, todo parece deslavazado o más próximo a la vergüenza ajena que a otra cosa. La diosa Iris saliendo a escena con acento inglés llena de bolsas de plástico como si acabara de salir del Primark es casi la puntilla.

Hay poco que rascar de una obra, en el fondo, fallida. Una concatenación de ideas que tiene limitaciones claras como crítica social y que se muestra demasiado pobre como propuesta escénica, más próxima a veces, con todo el respeto, al cuarteto de Carnaval que a la readaptación de un clásico grecolatino. Uno se pregunta más bien que hubiera pasado con un enfoque más sobrio, menos morcillesco, algo más de apego al significado político de la obra original y más recelo a la risa de bajo precio. Hay veces en que, quiero creer, es mejor confiarle al público su capacidad de entender, de reírse, de disfrutar del teatro sin que la morcilla sea necesaria.

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