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Magia de plata negra

  • Tres álbumes entre 2011 y 2015 han convertido a Guadalupe Plata en una de las propuestas más singulares y turbadoras del rock español

Desde su debut en 2009 con un 10 pulgadas de apenas seis canciones, Guadalupe Plata -Perico de Dios (guitarra y voz), Carlos Jimena (batería) y Paco Luis Martos (bajo-barreño)- ha ido perfilando un reconocible universo sonoro propio partiendo, y he ahí la gran paradoja, de unas coordenadas estilísticas plenamente asentadas y aceptadas -en no pocas ocasiones, incluso desechadas- en el imaginario rock. ¿Es blues lo que nos propone el trío ubetense? ¿Es blues primigenio, sucio y pantanoso? ¿Es árido blues-rock? Es todo eso y más: un impulso ciertamente primitivo, y no sólo en términos musicológicos, que termina por adquirir un significado complejo y exuberante en su deslumbrante y, sólo en apariencia, concisa ejecución; en su amplio repertorio de guiños a dos sures distantes que, aquí, se quieren conectados en otro imaginario menos extendido: el de las escuchas a conciencia, el de las ilustrativas lecturas devoradas con fruición y, quizás también, el de una cultura cinematográfica capaz de encontrar petróleo donde otros ni lo huelen. Señas, a la postre, que construyen un nexo no por onírico menos sentido. Porque hay mucho de sueño en la música de Guadalupe Plata: el de un blues intemporal y, de tan desarraigado, se diría que ultraterreno.

Si ese crecimiento era patente al escuchar sus dos álbumes posteriores -los aparecidos en 2011 y 2013, sin más título, como aquel 10 pulgadas, que el propio nombre de la banda-, la publicación, también en 2013, de Pelo Mono aportaba otros factores, aunque de similar factura, a la ecuación. El dúo integrado por Perico de Dios y el baterista granadino Antonio Pelomono, un proyecto paralelo a Guadalupe Plata todavía de futuro insondable, abría el abanico estilístico hacia un delicioso y delirante rock'n'roll instrumental, elegantemente vintage, con vocación de serie B -¿lo llamamos pulp-music?-. Y escuchando hoy el tercer álbum del trío -¿lo adivina? Sí, otra vez homónimo-, cuesta sustrarse a la idea de que algo de esa apertura se suma al actual resultado.

Guadalupe Plata (2015) hila fino, todavía más fino, en su vocación de artefacto intemporal. Y para ello, en primera instancia, se recurre a una medida básica: el trío se planta en Londres -con el beneplácito de su discográfica, que lo observa y mima con la dedicación propia destinada a la gran esperanza blanca- y se encierra durante cinco días en los estudios Toerag, junto al productor Liam Watson, con la intención de invocar al espíritu analógico y que éste dé su bendición al álbum. La elección, desde luego, no es gratuita. Watson está tras los controles en un nutrido y selecto listado de títulos de similar querencia por lo añejo -celebrados discos de The Ettes, Tame Impala, James Hunter, The White Stripes, Television Personalities...-, pero decididos a reivindicar con rabia la contemporaneidad de su propuesta.

De la idoneidad de la elección, y del espléndido momento de la formación, dan cumplida cuenta estos once nuevos cortes, oscilando entre la contundente descarga eléctrica que el trío lleva al paroxismo en sus directos -aquí representada por canciones como Tormenta, Hoy como perro, Mecha corta, Hueso de gato negro o la divertida Calle 24: tonada infantil transformada en malsana andanada- y la más expansiva elaboración de piezas instrumentales o cantadas -Serpientes negras, Filo de navaja, Agua turbia o la enorme El paso del gato- afines al encantamiento vudú y al sortilegio tex-mex que ya apreciamos en los mencionados Pelo Mono. ¿Le tienta la magia?

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