Crítica

Manuel Liñán y la poesía

Vuelo del vestido de una de las bailaoras del espectáculo Vuelo del vestido de una de las bailaoras del espectáculo

Vuelo del vestido de una de las bailaoras del espectáculo / Efe

Uno diría que Liñán es el niño que nació para realizar sus sueños sobre la escena, para morar en ellos, para vivir de ellos, a la manera mágica en que todo artista se realiza componiendo, escribiendo, pensando el sueño imposible y placentario del baile. Uno diría también que Liñán nació poeta pero decidió derramar su desbordante lirismo a base de punta y tacón. Aquel niño inspirado que abandonó Granada siendo adolescente rumbo a la corte, que trabajó en los tablaos de la noche madrileña, que subió todos los peldaños sin padrinos ni mecenas, más con la certeza de su fe en la danza y la disciplina por emblema, volvió el lunes a su tierra con los sueños materializados, y se presentó en el Generalife con su última y aclamada obra, cuando caían sobre la tarde granadina los violetas del crepúsculo y una luna redonda y lorquiana se asomaba tímidamente por entre los cipreses.

Liñán ha forjado un estilo total del baile, la escena y los juegos corales que ornamentan sus representaciones. Ha volcado todo su ser y su creatividad en ¡Viva!, uno de los espectáculos de baile flamenco más aclamados en lo que va de siglo XXI. El del Realejo no es un artista que acumula éxitos efímeros sino un gigante que pisa escenarios para dejar huella perenne y sentar cátedra. Respetado por sus compañeros de profesión, aclamado por los entendidos, plagiado como se plagia a los mejores, el bailaor protagoniza las portadas celestes de la historia cultural del aquí y el ahora, como solo lo hacen aquellos que pueden por méritos propios.

'¡Viva!' en el Generalife fue una sobredosis de magia, una apología de la danza por la danza, una reivindicación de la belleza sin artificios, de la plástica, la destreza, el ingenio, la maestría, la libertad y la estética. Trazado con pericia, el espectáculo está perfectamente hilvanado, con una puesta en escena deslumbrante, dinámica, que articula a músicos y bailarines en ejes verticales y proporciona una incesante actividad, un ritmo exuberante, una constante tensión desde los primeros aires saeteros que aperturan la obra hasta la profusa coreografía de bata de cola que despidió la noche en clave de alegrías.

Todo, hasta las letras, se cuida en la factoría Liñán para conseguir el mensaje del poema dancístico, y así amanece el espectáculo con el bailaor ataviado con traje en tonos granates como preámbulo a la aparición de todo el cuerpo de baile, que irrumpe con jaleos corales, cantos, ritmos, la canción del Olé y la Canción del Mariquita de García Lorca, alternado con un pasaje de su Juego y teoría del duende. Miguel Heredia cobra un gracioso protagonismo con un cante paseado sobre los bancos que el cuerpo de baile va disponiendo en su camino.

A partir de ahí la poesía se multiplica, y los números cobran vida propia, bien acoplados y arropados por unos músicos de altura que salían airosos de los arduos juegos rítmico-armónicos de la composición musical. Es el momento en que Jonatán Miró aborda un eminente baile por soleá, con fandango de Antonio Campos incluido, y guiños iniciales a Carmen Amaya; Hugo López consigue momentos hermosos en un geométrico juego de pies dentro del cuadrado que forman con los bancos; y Manuel Betanzos resucitaría algunas piezas de profundo sabor trianero de las antiguas moradoras de la Cava. De diez.

Momento de la actuación Momento de la actuación

Momento de la actuación / Efe

Suenan arcaicos sones de fandangos en ritmo de tres por cuatro para un exquisito paso a dos en danza bolera ejecutado por Víctor Martín y Daniel Ramos. Humor, precisión, expresividad y una depuradísima técnica. Voy a perder la cabeza por tu amor nos trae a Bambino en la voz de David Carpio y el baile cargado de recursos de Miguel Heredia como exordio al Taranto que devuelve la gravedad al gesto de Manuel Liñán.

El granadino deslumbra por la musicalidad de sus pies en las escobillas que preceden a los tangos con reminiscencias morentianas y ecos de alboreá, en los que Francisco Vinuesa recordaría una breve falseta sacromontana de Juan 'El Ovejilla'. El violín de Víctor Guadiana aportaría una agradable sensación onírica a ciertos momentos de la obra, y la altura musical de Kike Terrón se puso de manifiesto en los periodos en que percusión y baile quedarían solos.

En aires gaditanos despide la noche una coreografía polifónica donde todo el cuerpo de baile movería la bata de cola con una asombrosa agilidad. Y la bata de cola como metáfora, como forma y prolongación del alma, como reliquia que se pasan de unos a otros mientras se van desvistiendo, desnudando el alma, despojando, desmaquillando. El público arropó con fervor aquel despliegue de ingenio y los despidió en pie con una larga ovación, mientras

Liñán, artífice de la magia, Baudelaire con peineta en pleno duelo alhambreño con la belleza, frente a frente con el alma esbelta del árbol lírico que se deshoja con generosidad poética y estival, agradecía emocionado la glorificación de su tierra.

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