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De Niro es grande, el cine de hoy, pequeño

Comedia dramática, Estados Unidos, 2009, 104 min. Dirección: Barry Levinson. Guión: Art Linson. Montaje: Hank Corwin. Música: Marcelo Zarvos. Intérpretes: Robert De Niro, Sean Penn, Catherine Keener, Bruce Willis, John Turturro, Robin Wright Penn, Stanley Tucci, Kristen Stewart. Cines: Kinépolis, Madrigal.

El mejor retrato del caótico Hollywood actual (y actual alude a los últimos 20 años) no es el que compone Barry Levinson con esta película, inspirada en las memorias de un productor, sino el hecho de que Robert de Niro la interprete. Raramente, en la era de los estudios que agonizó en los años 50 y murió en los 60, se hubiera metido a tan gran actor en tan mediocre película. En una época de producción caótica en la que los antiguos estudios -tan orgullosos de su independencia y su poder- son colgajos que penden de gigantescos conglomerados financieros, en la que el talento creativo no halla marcos de producción estables que les permitan desplegarse (los antiguos estudios) ni influyentes y suficientes minorías que apoyen sus aventuras más arriesgadas (la cinefilia que soportó el cine de autor), en la que el público mayoritario ha sufrido una regresión descorazonadora y el minoritario se busca la vida regresando al pasado (los cineclubs domésticos nutridos por los DVD) o explorando las redes y comprando en tiendas virtuales especializadas, el talento es un huérfano dickensiano que vaga a la intemperie en un mercado y una sociedad hostiles a la reflexión y la creatividad.

No sólo la mera presencia del gran De Niro en esta mediana película es una crítica al estado actual del cine mucho más dura que la historia que en ella se cuenta; la deriva de su carrera en los últimos 25 años, por coincidir con el declive del cine hollywoodiense, es ilustrativa: entre 1973 y 1991 De Niro trabajó con Scorsese, Coppola, Cimino, Bertolucci, Kazan, Ritt, Joffé, Grosbard o De Palma en obras maestras (El Padrino II, Taxi Driver, El cazador), fallidas pero interesantes (El último magnate, Novecento, El cabo del miedo) o de gran cine comercial (La misión, Confesiones verdaderas, Cartas a Iris, Enamorarse, Los intocables). Desde entonces hasta hoy -y van 29 años- sólo ha brillado en tres películas (Casino, Heat, The Score) y en las dirigidas por él mismo (Una historia del Bronx y El buen pastor). No hace mucho la carrera de Meryl Streep nos servía para hacer un recorrido parecido.

En este caso De Niro (y sus estupendos o famosos compañeros de reparto -Sean Penn, Bruce Willis, John Turturro- que se entretienen en bromear sobre ellos mismos) está dirigido por un director correcto y pulcro pero muy inferior a su talento: Barry Levinson, un hombre que siempre maneja grandes repartos y apunta buenas maneras para al final acabar dando muletazos y mata mal. Así desde Dinner hasta El hombre del año, pasando por El mejor, Good Morning Vietnam, Bugsy, Rain Man, Avalon, Sleepers o La cortina de humo. El retrato irónico con ribetes cínicos de la industria cinematográfica, visto a través del declive de un productor devorado a partes iguales por sus errores y por sus colegas, hubiera requerido la afilada inteligencia de un Wilder para la comedia ácida o la tragedia grotesca. Carente de ella, más le hubiera valido a Levinson atenerse a sus sólidas y pesantes realizaciones serias que intentar demostrar talentos de los que carece.

De Niro, que hizo de Irving Thalberg revisado por Scott Fitzgerald en El último magnate de Elia Kazan, debía haberse contentando con aquella incursión en el cine en el cine. Y elegir mejor sus papeles y directores. O retirarse para, por lo menos, poder decir con la Norma Desmond de Sunset Boulevard: "Sigo siendo grande, es el cine el que se ha hecho pequeño".

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