El Premio Washington Irving, de Granada

Las jornadas 'Granada en cuento' premian la trayectoria de Juan Mata y Antonio Rodríguez Almodóvar

El escritor granadino Juan Mata.
El escritor granadino Juan Mata.

21 de junio 2011 - 05:00

Las jornadas de Granada en cuento, que dirige con eficacia e imaginación el poeta Pedro Enríquez, académico de Buenas Letras de Granada, se han iniciado con la entrega del premio Washington Irving, recién creado, al sevillano Antonio Rodríguez Almodóvar y al granadino Juan Mata, dos andaluces ilustres, reconocidas figuras del mundo literario, queridos colegas de la enseñanza, que se han destacado por su dedicación a propagar el amor por la literatura y la lectura.

Rodríguez Almodóvar y Juan Mata son dos personalidades de vidas paralelas en muchos aspectos y sentidos: gran coherencia ideológica de izquierda y progreso, compromiso político muy fructífero para el entorno de su acción, profesores de vocación y dedicación, militantes en la recuperación de la memoria histórica, los dos fuertemente atraídos por la literatura infantil y juvenil y por su proyección entre los lectores más jóvenes, poseen el don de la buena escritura ensayística, transparente, precisa y de finísimo estilo, además mantienen una importante presencia e influencia en el amplio espacio tan actual de los internautas, así como también me consta que se conocen bien y se admiran mutuamente, claros paralelismos que confluyen ahora en este premio que se les ha concedido en Granada.

En el caso de Antonio Rodríguez Almodóvar habría que añadir, a su buen oficio de filólogo, folklorista e investigador de altura en este campo, que es un escritor todo terreno, de múltiples registros, que se mueve con soltura, valores artísticos y mucho éxito en todos los géneros de la literatura (poesía, novela, cuento, teatro, ensayo) y que en el caso de su propia narrativa original, muy premiada, está revitalizando una de las grandes tradiciones hispánicas en la literatura y el arte: la gran tradición española de lo grotesco, un tanto olvidada en nuestro aire literario actual.

Pero, más importante, si cabe, es que Antonio ha sido decisivo dentro del ámbito español, y reconocido más allá de los Pirineos, en la investigación, durante un par de siglos relegada entre nosotros, de los cuentos populares españoles, y más en concreto de los llamados "cuentos maravillosos", y además con una metodología adecuadamente seleccionada de entre lo mejor del formalismo y estructuralismo contemporáneos. Él fue el primero en aplicar las mejores propuestas del sabio formalista ruso Wladimir Propp, fundador de la moderna narratología, a la materia narrativa popular española y en profundizar en el valor de ese método, y fue también el primero de los críticos españoles en entender que Propp, frente a las investigaciones positivistas y atomísticas del siglo XIX, venía a proporcionar un método auténticamente científico para el estudio de los textos populares, que resisten así una prueba definitiva y los sitúa a la altura de los textos producidos por las individualidades literarias, cuya historia era hasta el momento la verdaderamente prestigiada.

En lo referente al otro premiado, Juan Mata, hay que añadir a los paralelismos señalados, que desde hace varias décadas, gracias a lúcidos agitadores como él, destacado en nuestro contexto, se han elaborado infinidad de argumentos a favor de los muchos valores y virtudes que encierra comenzar pronto a desarrollar el ejercicio de la lectura, en cualquiera de los géneros literarios, y se ha despertado desde muy diversas instancias un verdadero movimiento militante que lucha por persuadir a niños y jóvenes (y a adultos rezagados) de la importancia de la lectura en su formación como personas y seres humanos.

Y en esta cuestión Juan Mata, Premio Andaluz de Fomento a la Lectura, entre otros galardones, doctor con una tesis brillante sobre este tema, que tuve la oportunidad y la alegría de juzgar y valorar muy positivamente, autor de importantes y cuantiosos trabajos sobre animación a la lectura, conferenciante sobre la cuestión en muchos y muy diversos ámbitos y gran lector él mismo (Borges se definía a sí mismo más por sus lecturas que por su escritura), ocupa uno de los primeros lugares en este necesaria actividad mediadora por su dedicación, por su conocimiento del tema, por su competencia, por su convencimiento, por su insistencia, por la riqueza de sus pruebas argumentales, y todo ello ejercitado con una prosa atrayente de palabra límpida y persuasiva siempre elaborada desde la discreción, detenido estudio y periodos de silencio muy reflexivos que dan su fruto en trabajos atinados, certeros y de gran repercusión. Un nuevo gran acierto, pues, de Granada en cuento, que con estos dos premiados ha puesto el listón muy alto para futuras ediciones.

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