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Shostakovich, del cálido violín al canto revolucionario

  • El virtuosismo de Khachatryan, el esplendor de la Sinfónica del Teatro Mariinsky y la maestría de Gergiev, broche a dos noches rusas

Orquesta y director lograron arrancar todos los matices a la partitura. Orquesta y director lograron arrancar todos los matices a la partitura.

Orquesta y director lograron arrancar todos los matices a la partitura. / Alex Cámaral

Valery Gergiev y la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo se despidieron del Festival, culminando su retablo de música rusa que iniciaron, de forma más popular, con el regusto de la inspiración española de Glinka, resultado de su viaje por España, y el orientalismo convencional de Rimsky Korsakov y su famosa Sheherezade, mientras en el segundo concierto abordaron obras de distinto calado con los nombres de Prokofiev y, sobre todo, de Shostakovich. Un Prokofiev menor, en su concepción sinfónica que llamó 'clásica', por utilizar una orquesta reducida y elementos básicos de los grandes maestros de la época, pero con sus ribetes de ironía y cierto sentido del pastiche, resueltos con finura y elegancia por esta gran orquesta y su director.

Amable pórtico para adentrarnos, con el virtuosismo y expresividad del violín de Sergey Khachatryan, la fuerza de la Sinfónica del Mariinsky y la maestría de Valery Gergiev, en el universo ampuloso y desigual de Shostakovich, como muchos otros compositores que vivieron en el corazón de la Unión Soviética, con una obra que estuvo demasiado pendiente de lo que exigían las normas musicales de los dictadores, muchas veces en contradicción con su propia idea creadora. Ora exaltado y otra severamente desprestigiado por el régimen, el tiempo ha logrado establecer los límites existentes entre música propagandística -el convencionalismo revolucionario está demasiado presente y repetido- y la sólida creación que ha superado los prejuicios. Ahí está el ejemplo del Concierto núm. 1 para violín y orquesta que estrenó, en 1955, la Filarmónica de Leningrado, bajo la dirección de Mravinsky -orquesta y director 'anti-mito' que nos deslumbraron en este escenario el 22 de junio de 1982, muestra de la importancia que en la historia del certamen han tenido los ciclos sinfónicos- y, con el violinista a que está dedicada la partitura: el genial David Oistrakh. Obra que, además de sus logros orquestales, tiene una escritura endiablada para un violinista que supere cualquier mediocridad, técnica e interpretativa. Por eso pocos se atreven con esa escritura, entre otras cosas, porque hay grabaciones de los mejores de todos los tiempos.

Brilló especialmente la firme dirección, magistral en su serenidad de Gergiev

El joven armenio Sergey Kachatryan, cautivó desde el primer momento con el Nocturno doliente, en el que mostró la belleza y calidez de su sonido, intimista y profundamente expresivo, seguido en un endiablado diálogo con la orquesta, lleno de humor negro, en un laberinto de habilidades, pasando por el Passacaglia, el andante, con una honda reflexión en la que también hay una pasión rebelde, expuesta con exquisitez y perfección. La larga cadenza es una prueba infernal para un violín desnudo que tiene que mostrar, en su soledad, todas las posibilidades técnicas y expresivas del solista, quizá por lo cual sólo los grandes violinistas son capaces de enfrentarse con la diabólica escritura, sobre todo con la rotundidad, fuerza y calidad de un sonido casi milagroso que surgía rotundo la noche del domingo en el difícil escenario para un violín. La burlesque del allegro con brío es un frenético diálogo entre violín y orquesta, en su plenitud. Kachatryan no sólo es un dominador técnico, un virtuoso, como se dice, del instrumento, superando con vehemencia todas las dificultades que puso el autor, sino ahondando, con su bello y profundo sonido, en las extrañas más sensibles de la partitura. Esa perfección y emotividad tuvo el natural refrendo de una orquesta brillante, bajo la firme dirección, magistral en su serenidad, de Valery Gergiev. El violinista escuchó los justos bravos de un público que gozó de una interpretación excepcional. Y ante los repetidos aplausos obsequió con una bella pieza armenia, su tierra, con su sentido poético e intimista revelado en muchos instantes del concierto.

Director y orquesta nos dieron una lección de sinfonismo cuando se sumergieron en el torbellino de la Sinfonía en la que el Shostakovich canta -con esos acentos convencionales referidos- la Revolución soviética. Quince sinfonías escribió el compositor ruso, algunas de marcada exaltación del régimen, las últimas un tanto repetitivas, formalistas y sin aportar demasiado a la gran tradición sinfónica rusa. Si la Séptima,Leningrado, es un bello y vibrante canto a una batalla heroica del pueblo ruso contra el invasor nazi , la número 12 (el año 1917) es un homenaje a Lenin, aunque también se ha pretendido buscar el lado crítico, basándose en aquellas palabras del propio autor cuando decía que algunas de sus creaciones estaban creadas "para tomarle el pelo a los gansos". Hacía falta una orquesta de calidad, como la del Mariinsky, donde la cuerda bellísima -los violines, por ejemplo, dirigidos por la gentil concertino-, el viento, con la potencia y perfección de sus metales, sobre todo, y una poderosa y amplia percusión que en la partitura tiene momentos espectaculares , y un director más pendiente, como los grandes maestros rusos, entre ellos el recordado Mravinsky , en este escenario, de extraer todos los matices de su poderosa orquesta que de ningún molesto divismo personal. Así transcurrió una versión impecable, desde el primer movimiento La revolucionaria ciudad de Petrogrado -Moderato-allegro- que intercala canciones revolucionarias con temas populares, mientras Raziv (adagio), cita el cuartel general de Lenin, con inclusión de una marcha funeral por las víctimas de la Revolución. El tercer movimiento Aurora, es un allegro vibrante, en forma de scherzo, con abundante percusión, en recuerdo del buque Aurora que bombardeó el Palacio de Invierno. Finaliza con El amanecer de la Humanidad (allegro-L´istesso tempo) que describe la vida en la URSS tras la Revolución. Un canto patriótico que convierte la marcha fúnebre del segundo movimiento en una marcha jubilosa para desembocar en una apoteosis final, con el despliegue de toda la orquesta, en un estruendo fenomenal que subrayó la fuerza y el poder comunicador del conjunto sinfónico del Mariinsky y la personalidad de Gergiev. Un concierto que puso broche de oro a la marca rusa que ha prevalecido, durante dos días, en el Palacio de Carlos V, que ellos sí que lo tomaron, aunque fuese en una noche de verano, con la fuerza revolucionaria de las grandes veladas. Un acierto incluir a un Shostakovich no frecuente en estas noches festivaleras. Al fin, el crítico puede ponerle cinco estrellas, a su personal valoración, por un violinista excepcional, un conjunto orquestal poderoso y un director sobrio y firme para modelar un trabajo muy bien hecho que se suma a la amplísima historia del ciclo sinfónico en el Festival, con las mejores orquestas europeas y los directores más importantes de cada momento. Cosa que la nueva dirección no debe olvidar.

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