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Tamara, un bello cisne en blanco y negro

Música: Piotr Ilich Chaikowsky, coreografía de Marius Petisa y Lev Ivanov. Conjunto: The Royal Ballet. Principales solistas: Tamara Rojo, Federico Bonelli, Marianela Núñez, Christopher Saunders, Thiago Soares. Directora artística: Monica Mason. Orquesta: Ciudad de Córdoba. Director: Valeriy Ovsyanikov. Lugar: Teatro del Generalife. Fecha: Martes, 7 de julio. Aforo: Lleno

Hemos visto tantos conjuntos, figuras e interpretaciones de El lago de los cisnes, en el Generalife, con exaltación de la belleza de este ballet universal, con mediocridades sin cuento -'naufragio en el lago', títulé alguna crítica- e, incluso, con divertidísima caricatura travestida -los chicos del Ballet Trockadero, de Montecarlo, convertidos en velludos cisnes del memorable paso a cuatro- que hay que situar a cada uno en su lugar. Y el Lago del Royal Ballet ocupa un meritorio puesto. Primero, porque se trata de un gran conjunto, muy ampliamente dotado, con un gran sentido de unidad, con una presentación escénica excelente y, sobre todo, con una gran elegancia que se impone en su idea de totalidad, no sólo en los actos donde los cisnes, blancos o negros, son protagonistas, sino en el resto del espectáculo. Esa elegancia se desarrolla sobre el signo de la perfección. Perfección que, recordando algún verso de lord Byron, puede resulta fría -Byron, decía insípida-, pero nos basta con ese primer concepto. Pero la perfección, si no llega a emocionar plenamente, admira. Y eso es lo que los espectadores sintieron en la primera representación del martes: una verdadera y, a veces, contenida admiración por la plenitud, el absoluto equilibrio, el funcionamiento sin fallos de un conjunto admirable en todos los sentidos en su especialidad.

Aparte de esa sensación de plenitud que se disfruta cuando las figuras evolucionan con tal rigor y belleza, hasta llenar el transcurrir de las casi tres horas de escena, hay que destacar las cualidades de los solistas, que en este ballet es importante, aunque prive en todo él ese ideal de elegancia y la perfección, sin lugar para exaltados divismos. Dentro de esa tónica, no hay más remedio que subrayar la calidez, la honda belleza, la precisión y hasta la emoción que Tamara Rojo puso en su doble papel de Odette-Odile. Sus movimientos eran tan armoniosos, tan serenos, de tanta plasticidad que casi nos olvidábamos que esa figura tan delicada y bella era capaz de moverse con tanto dinamismo y solvencia técnica y física, como en el famoso y dificilísimo, por su virtuosismo danzístico paso a dos del cuarto acto.

Junto a ella, admirable, perfecta, sin un fallo, pero también elocuente y expresiva, un seguro, pero no arriesgado, Federico Bonelli, en el Príncipe Siegfried. Los restantes pasos coloristas -la danza española, las Czardas, la Napolitana y la Mazurca- no dejaron de ser sólo discretos. En general, se impuso el criterio de la unidad y la perfección que caracteriza a este conjunto británico. Vestuario, escenografía, todo cuidado al detalle. Merece la pena este Lago de los cisnes, aunque a veces las aguas en la que se sumergen el cisne y la princesa para su final mortal, redimido para la eternidad, sean un poco frías.

Y la orquesta, al fin, en el foso. Tantas veces reclamada por este crítico. Era la Orquesta Ciudad de Córdoba, dirigida con maestría por Valeriy Ovsyanikov. Su versión fue correcta y hasta brillante en algunos momentos, pero no así la distribución de los micrófonos. A veces, no se escuchaban los solos de violín y había desequilibrios entre los instantes cálidos, poco audibles, y los despliegues sonoros, lo que iba en detrimento de la elocuencia general del espectáculo. Detalles mejorables. Pero siempre será mejor escuchar y ver a músicos y danzantes, en vivo y en directo, como se dice en el argot, que suportados con fondos grabados que desvirtúan la trascendencia del espectáculo que en ballet, como en la ópera, es eso mismo: un espectáculo como totalidad, donde la música no es, ni muchos menos, un elemento secundario, sino muy principal.

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