Jorge Fernández Bustos. Escritor

"Todavía soportamos, de alguna manera, la unión entre Iglesia y Estado"

  • El autor granadino presenta esta noche en la sala La Expositiva (22:00) su novela 'Septimio de Ilíberis'.

-¿Cómo era la ciudad de Granada, Ilíberis, en época visigoda? ¿Cómo se ha imaginado y cómo plasma la vida diaria?

-Ilíberis era un pequeño núcleo de población a orillas del río Darro que tenía cierta importancia pues tenía ceca propia y mantenía una estructura eclesiástica. Cerca de la ciudad se encontraban también un gran número de villas. Al ser la novela bastante fantástica, aunque situada en un periodo muy determinado y en lugares conocidos, la vida que imagino es igualmente fabulosa, aunque salpicada de realidades, como es el arrendamiento de las tierras por los señores principales, la vida entorno a los dos ríos o el funcionamiento de las termas.

-¿Cómo es el viaje que emprende el protagonista recorriendo Hispania de Norte a Sur? ¿Qué se encuentra a nivel material y emocional?

-Septimio, a la edad de catorce años, abandona su casa para buscar fortuna. En sus primeras andadas pierde la cabeza y se ve obligado a llevarla debajo del brazo, hallando así un sentido a su deambular. A saber, encontrar compuesto para su figura y de paso un amor, que quizá sea la causa de su descabezamiento. El descabezado llega a Mérida por la Vía de la Plata, donde conocerá la amistad incondicional de un monje y su burro, al que cree mozo encantado, como el Asno de Oro de Apuleyo. Con el fraile participará en el III Concilio de Toledo. Después, reemprenderán su búsqueda hasta Astorga. En la novela hay unos ciento veinte personajes, entre reales y ficticios. Todos tienen sus características y su razón de ser, interactuando poderosamente con el descabezado y sus tribulaciones.

-Centra la trama en el III Concilio Toledano, donde Recaredo abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo. ¿Qué razones ofrece en la novela para esa conversión?

-En este aspecto, como en casi todos los detalles históricos, no me invento nada. Sigo manuales de historia y escritos de la época. Igualmente he consultado las actas del Concilio y las Etimologías de San Isidoro. En dicho Sínodo, como dice, se renunció a la religión arriana a favor de la católica simplemente para lograr la unidad de España. De camino supuso el paso definitivo que unió Iglesia y Estado. Extremo que, en cierta manera, aún soportamos en la actualidad, aunque solapadamente.

-De alguna manera, con esta conversión, ¿este es el momento en el que nace esta España que defiende Aznar que fue derrotada por los extranjeros árabes en el 711?

-Pienso que no tiene nada que ver la España de aquella época con la de ahora. Pese a quien le pese, hoy somos la gloriosa descendencia de todas las civilizaciones que se han asentado en la piel de toro. Precisamente, con los árabes, la Península adquirió un avance que antes no tenía. Se puede decir que entramos de lleno en la Edad Media y fuimos un emporio cultural admirado por todas las naciones. Nuestro poso andalusí es innegable.

-¿Por qué la novela histórica ambientada en época visigoda es la hermana pobre en comparación con las ambientadas durante la época musulmana?

-Es verdad que hay mayor número de novela histórica a partir de los árabes. La razón estriba en que anterior a ellos hay poca documentación y la que hay es sesgada e hipotética, más cercana a la arqueología que a la historia en sí. De todas formas, para la recreación que propongo, me ha venido muy bien esta carencia, pues he podido fabular con holgura. La novela participa de un pasado hispanorromano, que todavía no se ha ido, y de un porvenir visigodo que no ha terminado de definirse. Por otra parte hay bizantinos en el sur y alanos en el norte, algún vándalo que otro y algunas comunidades de judíos. Con este caldo de cultivo, no tenía necesidad de asomarme si quiera a la media luna.

-¿Ha tenido que volver a aprender la temida lista de reyes godos?

-Nunca llegué a aprendérmelos. Ni siquiera ahora. Tengo la idea general y cientos de esquemas. Me he centrado simplemente en los reyes que tienen cierto protagonismo en la novela, que son Leovigildo, Hermenegildo, Recaredo, Liuva y Viterico.

-"Volvía grupas a septentrión y se dejaba empopar". De vez en cuando hay que echar mano al diccionario para leer su novela. ¿Quería ponérselo difícil al lector o simplemente ha buscado darle más verosimilitud al cronista?

-Empleo un lenguaje arcaico, sin llegar a ser castellano antiguo, cercano al que empleaba Álvaro Cunqueiro, quien me ha aportado el pulso narrativo. A veces, lo reconozco, es rebuscado y erudito, pero nada incomprensible. Cualquier palabra o giro se entiende perfectamente en el contexto. Destacaría, más que nada, la inclinación lírica de toda la obra. Es sonora y rica en calificativos. Por otro lado, Septimio de Ilíberis puede parecer un cuento grande o un cuento de cuentos en su forma. Es el lenguaje lo que hace traspasar este concepto hacia algo más real que entronca con la novela gótica y el viaje de aventuras, como puede ser el mismo Quijote.

-Nace Septimio y el padre lo coge en brazos para ver si es hijo suyo o del marqués de Dosaguas. Una forma sutil de introducir el derecho de pernada en la novela...

-Más que sutil es evidente. El señor de las tierras tenía poder sobre sus vasallos, tanto sexuales como de vida y muerte.

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