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Valentín Albardíaz Entre litorales y Rimbaud

  • Se cumple un año del fallecimiento del artista granadino, un referente de la movida de los últimos 30 años con claras influencias en la música y la poesía

Hace un año que Valentín Albardíaz nos dejó un poco más huérfanos, en este mundo de la cultura y el arte. Cincuenta y un años nos brindó con su creación que no cesó hasta el último segundo de sus suspiros. Hoy, un año después, se hace necesario revisar un poco su trayectoria vital y su obra. Ha pasado un tiempo prudencial para apreciar en su dimensión la aportación al mundo de la plástica granadina de los últimos treinta años y, sobre todo, el método de pensamiento de un gran artista.

Valentín, nacido y formado en Granada, es un artista que se consolida durante los años ochenta, dentro de lo que se dio en denominar "la época de la movida", con todos sus movimientos contraculturales y la efervescencia creativa que se producía constantemente en ese periodo y en cualquier rincón del país; especialmente en Madrid y, muy de cerca, en Granada. Son momentos en los que se abandonó el blanco y negro de las calles por el color -como diría José Guerrero en unas mesas redondas en la Fundación March de Madrid- y que toda la generación de artistas granadinos de la época cumplió a rajatabla. Era un momento de redescubrimientos, la cartelería, los programas de mano, el diseño en general; desde la ropa a las portadas de discos, tomaron las calles y el núcleo granadino no fue ajeno a ello.

Albardíaz, no obstante, viajó y se formó en Nueva York a mediados de los ochenta, gracias a una beca. A su vuelta a España, continuó su formación en Cuenca en el entorno del Museo de Arte Abstracto, conociendo a la primera generación de abstractos nacionales y dando un cierto giro a su obra, haciéndola más lírica, con ecos figurativos que le permiten un amplio juego metafórico en el que las referencias musicales, poéticas o mitológicas suelen estar presentes. Obras como Mi gozo en este pozo (1995), El tapiz de Penélope (1998) o Narciso (1999), en el que la inclusión de unas tiras de espejo sobre el plano, otorgan volumen gracias a la profundidad del reflejo de nuestro propio yo.

En la obra de Valentín Albardíaz hay un poso literario importante, también lo hay musical: el universo punk al que perteneció, lo acompañó siempre. Pero su creación se sostenía en el pilar de la lectura. Era un gran lector, especialmente de poesía y un oyente abierto que sabía buscar las relaciones sinestésicas de las formas y los conceptos. En obras como la serie de El barquero (1990), el eco de Dante y su Divina Comedia están claramente presentes, así como la convivencia imposible del agua y el fuego, ecos de sensibilidad casi dadaísta que dejan al público en el último estadio de percepción sensorial, tal y como ocurre en su serie Lluvia dorada (1992), donde el apagado sonido del trueno retumba en el espectador, mientras se materializa el relámpago sobre el lienzo.

Una vertiente menos conocida de su trayectoria es la de editor de obra gráfica bajo el sello Mordiente, en el que la obra de artistas como Soledad Sevilla, Jordi Teixidor, Julio Juste, Chema Cobo, Luis Gordillo o Gonzalo Tena, pudieron acercarse al gran público, gracias al impecable trabajo del taller de serigrafía de Christian Walter. Son obras todas ellas de exquisito cuidado, en las que el recurso serigráfico se agota hasta sus últimas consecuencias, creando texturas y volúmenes de dificilísima resolución a través de la tinta plana.

Un capítulo aparte merecería su labor como diseñador gráfico: libros, carteles, programas, folletos, etc. han inundado las paredes, escaparates y librerías. Son piezas estas que pasan inadvertidas por el uso cotidiano, pero que cumplen una función fundamental en su atracción y poder comunicativo para que el evento triunfe. Son piezas que todos tenemos en casa y que a veces están presentes en los propios museos como piezas de uso. Es el caso de las hojas de sala del Museo de Bellas Artes de Granada, diseñadas por él mismo.

En los últimos años, Albardíaz, intensificó su trabajo en el montaje de exposiciones y fue durante el montaje de la exposición dedicada al gran poeta francés Arthur Rimbaud, en la Huerta de San Vicente (2008), cuando abrió una nueva etapa creativa con la serie Un Kilim para Rimbaud que vio la luz en el Instituto de América de Santa Fe un año después, bajo la comisaría de José María Rueda. En esta serie apareció la textura del tejido, la estructura textil de la alfombra ritual musulmana y la seriación repetitiva de ritmos cercanos a la acentuación poética y a la música de John Cage.

Aparecieron aquí otras series, como las Polinizaciones, las Vidrieras o los Litorales que, con pequeñas variaciones, pasarán a ser los Frágiles de 2011, tan sutil y frágil como el resto de su ya corta vida. Pero Valentín todavía tuvo tiempo de reinventarse con unos finísimos collages, construidos con fragmentos de sus propias pinturas sobre papel que desarrollaban una especie de grafías cercanas al lenguaje de la música, que fueron expuestos en 2012 en el Anticuario Ruiz Linares.

Valentín pasó entre nosotros y nos dejó todo lo que él era "como al pasar la mano sobre un cristal empañado, queda el paisaje. Y una gota que contuvo, durante un momento, todo." No se me ocurre mejor colofón que este verso del poeta Juan Carlos Friebe en el catálogo de Un kilim para Rimbaud y otras pinturas del añorado Valentín Albardíaz.

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