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En los alambiques del sueño

  • El granadino Ángel Olgoso ha recopilado los relatos de sus primeros quince años de entrega al género. 'Los líquenes del sueño' (editorial Tropo) es una antología indispensable

Un hombre va perdiendo una a una las partes del cuerpo y aún se siente con ánimo suficiente para hacer algunas aclaraciones al respecto; una montaña evoca cómo sucumbió a la acción de los constructores de túneles; una cucaracha exhorta al nido a avanzar estoica, heroicamente, hacia el bufido del insecticida; un hombre compra un libro y descubre, al leerlo, que habla de él y de asuntos que, aunque ignora, le tocan muy de cerca; un farero descuida sus obligaciones para entregarse a la redacción de una carta de amor que causará un número no especificado, presumimos que alto, de naufragios y víctimas… A Ángel Olgoso le atraen las historias tortuosas y las perspectivas insólitas. Le fascina lo extraordinario, la anomalía. No la línea recta de la cotidianidad, no el gris de jornadas tercamente empeñadas en copiarse a sí mismas, sino la línea quebrada del prodigio y el espectro de colores de noches laboriosas destilando experiencias irrepetibles en los alambiques del sueño.

Una tribu huye del mundo refugiándose en las profundidades del mar; un buen hombre abre la puerta a un extranjero que ha hecho un larguísimo camino en busca de su cabeza; un naturalista es abandonado en una isla donde sobreviven los últimos especímenes de especies que se creían perdidas; un campesino chino se reencarna en una doncella de excepcional belleza que, a su vez, se reencarna en un monje taoísta que, a su vez, se reencarna en un búfalo acuático que, a su vez, se reencarna en un fantasma tonto del capirote… A Olgoso no le seduce la foto frontal, tamaño carnet, de una normalidad que se refugia en las trincheras del orden aparente para no sucumbir a los avances del adversario; él se decanta por los picados y contrapicados, los zooms de acercamiento y retroceso al corazón de las cosas, los fundidos en negro, ¡ah, los fundidos en negro!, y esos cortes en el plano que te abofetean primero una mejilla y luego la otra sin aguardar a que tú se la ofrezcas. A lo insulso de la norma, este grandísimo escritor -el superlativo es obligatorio- opone lo sabroso del portento.

A Olgoso no le interesa la arenilla minúscula que atraviesa el cuello de la clepsidra, unas veces en una dirección, otras en otra, un día y otro, sino el polvillo de oro esparcido en la brisa por esas mariposas que al batir las alas en un jardín recoleto de Shangai redoblan la intensidad del aguacero en las calles de Nueva York. Y esto es así desde siempre. En Bárbaro solo (1980), un relato escrito a los diecinueve años, Olgoso ya bordea el abismo: la historia es la de una huida desquiciada por un paisaje cuasi apocalíptico; nada es lo que parece ni se parece a nada de lo que es. El maestro en ciernes ensaya ya un estilo ferozmente poético con una meta fija: contar cada historia de la manera más intensa posible. Olgoso es así desde que se puso manos a la obra, hace ya tres décadas, y escribió los cuentos hoy reunidos en Los líquenes del sueño (Relatos 1980-1995), una antología indispensable que conocíamos por una edición anterior, Granada, año 2019 y otros relatos (Comares, 1999), un libro al que tengo especial cariño pues me descubrió la esgrima singular de este autor.

Un viajero que ha seguido los pasos de Stevenson y Gauguin hasta los Mares del Sur se levanta la tapadera de los sesos mientras afuera, en la playa, llueve y llueve; un vampiro con maneras de torero se ceba en una doncella con algo de res sacrificial; un astronauta en busca de vida inteligente llega a un planeta instalado en una fiesta de cumpleaños perpetua; un hombre se enamora de una nube y posiblemente la nube también se enamore de él… De la mano de Olgoso nos despeñamos por torrenteras de pasmo y vértigo; nos precipitamos en pozos de brocales semejantes a aullidos; volvemos a la placenta, ora acogedora, ora inquietante, de cuando el mundo era inexplicable. Lo fantástico puede ser una meta: nos permite descubrir y hollar esos mares de arena al otro lado de la luna que la luz del sol jamás ha acariciado, pero es sobre todo una cuestión de mirada: lo fantástico nos invita a cotejar el revés y el envés de la moneda. Los sueños y lo imposible, lo queramos o no, forman parte de la esfera de la realidad; por ende, autores como Ángel Olgoso son imprescindibles.

David Wellington Timunmas, Barcelona

David Wellington Minotauro, Barcelona

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