103 años de lucidez y creación

Ayala: diez años sin el intelectual del siglo XX

  • El escritor falleció tal día como hoy dejando una amplia producción que lo ha consolidado como uno de los grandes narradores y ensayistas españoles

Francisco Ayala durante una de las últimas entrevistas que concedió Francisco Ayala durante una de las últimas entrevistas que concedió

Francisco Ayala durante una de las últimas entrevistas que concedió / Granada Hoy

Pese a su avanzada edad, la muerte de Francisco Ayala el mediodía del 3 de noviembre de 2009 fue casi sorpresiva. La bronquitis que sufrió en agosto y de la que no había logrado recuperarse del todo terminaba con la larga, intensa y fructífera vida de uno de los más grandes escritores e intelectuales españoles del siglo XX. El granadino fallecía en su casa de Madrid a los 103 años tal día como hoy de hace ya una década. En su última comparecencia pública cuentan las crónicas que aseguró: "He hecho lo que tenía que hacer y se acabó".

Por su expreso deseo, fue incinerado en la más estricta intimidad porque, a pesar de los numerosos actos de homenaje de los que disfrutó en sus últimos años de vida, no era amigo de la pompa. "Él mismo decía que estaba asistiendo a su propia posteridad", comentaba entonces Luis García Montero, impulsor de los actos de conmemoración del centenario de Ayala en 2006.

Ayala nació en Granada el 16 de marzo de 1906. Primogénito del matrimonio formado por Francisco Ayala Arroyo y Luz García-Duarte, su abuelo materno, el eminente médico Eduardo García Duarte, había sido rector de la Universidad de Granada.

Se trasladó a Madrid en su adolescencia. Allí completó sus estudios, entró en contacto con los grupos literarios de vanguardia y empezó a colaborar en importantes revistas del momento como La Gaceta Literaria y Revista de Occidente.

Francisco Ayala siendo aún niño Francisco Ayala siendo aún niño

Francisco Ayala siendo aún niño / G. H.

En esos primeros años ya publicó sus primeras novelas y dos volúmenes de relatos vanguardistas, El boxeador y un ángel y Cazador en el alba. También su primer texto teórico, Indagación del cinema.

Se marchó a Berlín a ampliar sus estudios, ganó las oposiciones a Letrado de las Cortes y, más tarde, a catedrático de Derecho Político.

Sirvió como funcionario de la República, entre otros destinos, estuvo en la embajada de España en Praga. Por eso, tras la contienda tuvo que exiliarse a Argentina. Allí recupero su faceta literaria y se relacionó con el círculo de la revista Sur, y fundó Realidad. Revista de Ideas.

En 1950 se trasladó a San Juan de Puerto Rico, en cuya universidad enseñó Sociología y creó la revista La Torre.

Las dos últimas décadas de su exilio transcurrieron en Estados Unidos, donde ejerció como profesor de Literatura en las universidades de Princeton, Chicago y Nueva York, entre otras, hasta su regreso definitivo a España en 1976.

Sólo tuvo una hija, Nina, junto a su primera esposa, Etelvina Silva, con las que viajó al nuevo continente. Después contrajo un segundo matrimonio con la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, quien lo acompañó hasta el final de sus días.

La vida nómada que vivió lo convirtió en un excelente traductor. Su obra ensayística destaca por sus textos de crítica literaria pero sin descartar otras preocupaciones humanísticas. Destacan Tratado de sociología, Razón del mundo, El escritor en su siglo o Las plumas del fénix.

Desde su despacho en el exilio Desde su despacho en el exilio

Desde su despacho en el exilio / G. H.

Además de sus asiduas colaboraciones en prensa escrita, es autor de los libros de relatos Los usurpadores, La cabeza del cordero y novelas como Muertes de perro y El fondo del vaso.

También cultivó las memorias, Recuerdos y olvidos, y obras singulares como El jardín de las delicias, por el que obtuvo el premio de la Crítica.

Eterno aspirante al Nobel –una candidatura que la Sociedad General de Autores presentaba de forma reiterativa a la Academia Sueca– obtuvo otros muchos premios y reconocimientos como el Nacional de Literatura, el Cervantes o el Príncipe de Asturias, entre otros. Además, en 1984 ingresó en la Real Academia de la Lengua Española.

La mayoría de las declaraciones de esos días coinciden en señalar, además de su calidad literaria e intelectual, su vitalismo. "Ayala amó la vida", aseguraba la directora del Instituto Cervantes por aquel entonces, Carmen Caffarel. "Era un apasionado de la vida", comentaba Garciano García, director de la Fundación Príncipe de Asturias.

Ayala junto a su mujer, Carolyn Richmond Ayala junto a su mujer, Carolyn Richmond

Ayala junto a su mujer, Carolyn Richmond / G. H.

Y eso que, como destacaba Vargas Llosa, "Ayala era un escritor que vivió prácticamente todo el siglo XX, en sus grandezas y en sus miserias, en sus ilusiones y en sus tragedias".

Como el peruano, todos coincidían en destacar el deslumbrante conocimiento de un intelectual que estuvo consagrado a la creación pero también a la investigación, la formación y la docencia universitaria. "Sabía lenguas, conocía otras culturas y fue un gran traductor, a parte de escritor", refería el Nobel.

Superventas como Antonio Gala señalaban que Ayala había sido "mucho menos leído de lo que merecía". Ese fue el motivo por el que en su ciudad natal se impulsó la creación de una fundación para que su figura y su obra recibieran el reconocimiento que habían usurpado muchos años de exilio.

Desde que se creó en 1996, no ha cesado de promover todo tipo de actos y múltiples premios con los que se recuerdan las múltiples facetas del narrador, ensayista y sociólogo granadino. El propio autor contribuyó con libros y documentos de valor extraordinario.

Pero si su vasta cultura es un obviedad, su lucidez y su mente preclara se desprenden de la lectura de sus textos, es necesario rescatar los testimonios de los conocieron íntimamente para destacar otro de los rasgos de su carácter: "Era una persona entrañable", en palabras de Miguel Ríos.

Poco antes de cumplir los 103 años confesaba en una entrevista que su secreto para hacerse querer era "no tratar de imponer nada: vivir y dejar vivir".

El propio autor achacaba su longevidad a una fórmula de whisky y miel

Cuentan que murió el único día que no leyó el periódico porque siempre quería estar al tanto de lo todas las cosas, lo nuevo, cualquier adelanto tecnológico. Posiblemente se convertiría en uno de los usuarios más longevos que contaba con perfil en Facebook.

"Doy gracias al mundo por haberme consentido seguir adelante y cumplir durante todos estos años lo que creía que era mi obligación de hombrey de ciudadano", escribía al día siguiente de su 103 cumpleaños en su perfil de esa red social.

El intelectual ante un retrato suyo El intelectual ante un retrato suyo

El intelectual ante un retrato suyo / G. H.

Allí se empezaron a recibir las primeras condolencias tras conocerse su fallecimiento, aunque los representantes de las más importantes instituciones culturales y políticas corrieron a manifestar públicamente su pesar, incluido el entonces presidente del Gobierno de España. Mariano Rajoy mostraba su "pésame por el fallecimiento de un ilustre académico de la Lengua que tanto ha significado para el mundo de la cultura y las letras del país".

Había mucha leyenda en torno al secreto de su longevidad. El propio Ayala lo achacaba a una fórmula que combinaba whisky y miel. Cada 16 de marzo recibía para su cumpleaños numerosas ofrendas en forma de estos dos productos como muestra de cortesía, sin embargo, la pócima no pudo imponerse a la bronquitis que terminó con la vida del escritor.

Un fallecimiento que al final pilló por sorpresa porque, en palabras del entonces director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, "nos habíamos hecho a la idea de que Ayala era inmortal".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios