Antes de 1925 ya existía un Ateneo en Granada: un libro documenta su nacimiento en 1883

Antonio Conde fecha la existencia de un Ateneo granadino decimonónico surgido del impulso universitario, la burguesía de la Vega y la efervescencia cultural de la Restauración

Un nuevo libro revela los orígenes del flamenco en los cafés cantantes de Granada

Retrato del Albaicín del pintor Antonio Gomar y Gomar de mediados 1882. / Actual

Granada creyó durante décadas que su Ateneo había nacido en el primer tercio del siglo XX. Era una fecha asumida, repetida y, como tantas certezas históricas, razonable… hasta que alguien se detuvo a mirar más atrás. El investigador y crítico musical de este diario Antonio Conde acaba de publicar El Ateneo de Granada. El origen 1883, un volumen que sitúa el nacimiento de esta institución en pleno siglo XIX, cuando la ciudad empezaba a desperezarse hacia la modernidad entre aulas universitarias, debates ideológicos y un incipiente orgullo burgués.

Portada del libro. / G. H.

El punto de partida del libro es casi casual: un encuentro tras la presentación de otra obra y una conversación que llevó a revisar fechas, archivos y hemerotecas. A partir de ahí, la investigación se adentra en un periodo poco frecuentado por la memoria colectiva, pero decisivo para entender cómo Granada quiso organizar su vida cultural más allá de los márgenes oficiales.

El origen

La ciudad, en el último tercio del siglo XIX, era una ciudad en ebullición contenida. La capital nazarí comenzaba a transformarse al calor de una economía agraria modernizada —con el cultivo de la remolacha como motor— y del ascenso de una burguesía campesina que aspiraba a algo más que prosperidad material. Junto a ese impulso económico, crecía una necesidad de cultura organizada, de pensamiento compartido y de debate público que ayudara a la ciudad a superar un acusado provincianismo intelectual.

La Universidad fue el principal catalizador de ese proceso. En sus aulas se enfrentaban dos grandes corrientes de pensamiento —krausismo y tradicionalismo— que convertían el ambiente académico en un espacio de discusión permanente. Aquella tensión ideológica no quedó encerrada entre muros universitarios, sino que se proyectó sobre la ciudad y alentó la creación de sociedades culturales que buscaban extender el conocimiento más allá de lo estrictamente institucional. Como señala la introducción del libro, se trataba de responder a “la necesidad de una culturización que fuese más allá de lo institucional, limitada y coercitiva, que marcaban los organismos públicos”.

En ese contexto floreció un intenso asociacionismo intelectual. Antes de existir un Ateneo de Granada como entidad única, la ciudad fue un auténtico laboratorio de iniciativas: Ateneo Médico-Científico, Academia Cervantista, Academia Científico-Literaria, gabinetes científico-literarios, círculos jurídico-filosóficos y asociaciones filosófico-literarias. Eran proyectos especializados, a menudo breves, pero muy activos, que compartían miembros, inquietudes y objetivos. “Había pequeños movimientos que querían salir del ámbito estrictamente universitario y desarrollar la cultura en la ciudad”, explica Antonio Conde, “y la única forma de hacerlo era creando instituciones paralelas”.

La dispersión de esfuerzos acabó evidenciando sus límites. A finales de la década de 1870, muchos de esos colectivos comprendieron que solo una entidad fuerte y transversal podía tener verdadero peso social. Así nació en 1879 el Ateneo de la Juventud, concebido como un espacio de confluencia para socios procedentes de casi todas las asociaciones anteriores. Aquella experiencia fue decisiva. Cuatro años después, en 1883, el proyecto cristalizó oficialmente con la creación del Ateneo de Granada, que asumió e integró a los ateneos previos.

El nuevo Ateneo se planteó como una institución moderna y ambiciosa. Organizó conferencias públicas, debates, actos académicos y certámenes literarios como los premios Ilibérica de 1884 y 1885, con la intención de crear una tradición cultural estable. “Las intenciones eran muy claras: favorecer y apoyar la cultura a través de intelectuales, universitarios y personas bien posicionadas en la ciudad”, resume Conde. Entre sus miembros figuraron rectores universitarios, juristas, médicos y profesores, personalidades influyentes en la Granada de su tiempo como el rector López Argüeta, Antonio López Muñoz, presidente de la sociedad, o Luis Vinuesa y Molina, secretario y organizador de buena parte de la actividad.

Una de las decisiones más reveladoras del Ateneo decimonónico fue la exclusión consciente de la música de su programa. No por desinterés artístico, sino por una concepción cultural muy marcada. En una Granada donde el flamenco comenzaba a consolidarse como género popular ligado a cafés cantantes y ambientes considerados marginales, los ateneístas optaron por separar el arte culto de cualquier manifestación asociada al ocio. “Querían huir de todo lo que sonara a casino o a entretenimiento”, explica Conde. La actividad del Ateneo se mantuvo, con altibajos, hasta finales de la década de 1880. Las tensiones internas y el desgaste organizativo acabaron por diluir una experiencia que, sin embargo, dejó una huella profunda.

Antecedente ideológico

Ese primer Ateneo no fue un episodio aislado, sino un antecedente ideológico de experiencias posteriores. A comienzos del siglo XX, y especialmente en la década de 1920, la ciudad volvió a sentir la necesidad de articular un espacio cultural propio. El Ateneo surgido entonces respondió a un contexto distinto: la reacción intelectual tras el Concurso de Cante Jondo de 1922 y las tensiones internas del Centro Artístico y Literario. Poetas, músicos e intelectuales de proyección nacional como Manuel de Falla, Federico García Lorca, Fernando de los Ríos o Ginés de los Ríos, impulsaron una nueva etapa ateneísta, marcada por una mayor presencia de las artes, incluida ya la música.

El libro subraya que no existe una continuidad institucional directa con los ateneos del siglo XX o del XXI, pero sí una continuidad de intenciones. “No es una cuestión de herencia orgánica, sino de compartir una misma idea: la cultura como herramienta de transformación social”, apunta el autor.

Con esta investigación, Antonio Conde rescata una página olvidada de la historia cultural granadina y demuestra que el deseo de dotar a la ciudad de un Ateneo nació mucho antes de lo que se creía. Un proyecto breve, intenso y profundamente moderno que, durante unos años, intentó situar a Granada en el mapa intelectual de su tiempo.

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