Bonnie y Clyde con costurones

Christian Bale y Jessie Buckley encabezan el reparto.

La ficha

(*) '¡La novia!'. Terror fantástico. Dirección y guion: Maggie Gyllenhaal. Fotografía: Lawrence Sher. Música: Hildur Guðnadóttir. Intérpretes: Jessie Buckley, Christian Bale, Peter Sarsgaard, Penélope Cruz, Annette Bening.

Dicen que esto es un remake de La novia de Frankenstein (1935). Que James Whale, el creador de aquella obra maestra, les perdone. Y de paso que les perdonen Jack Pierce, el genio que creó el maquillaje, y Elsa Lanchester. Porque esta presunta reescritura modernísima de aquel clásico que no deja de crecer con el tiempo es un fatigoso y ruidoso (visual y sonoramente) ejercicio de extravagancia por la extravagancia y ocurrencia por la ocurrencia, sin otra base que un desesperado intento de que todo parezca rompedor, original, excesivo, desmadrado, feminista… Lográndose algo -quizás esto sea lo más frankensteiniano de la película- parecido a un mal cosido entre trozos de The Rocky Horror Picture Show, Freaks, El demonio de las armas, Corazón salvaje, Bonnie and Clyde, El gran Gatsby de Luhrman y las revisiones 'rompedoras' de clásicos de la literatura o del cine (reciente está el éxito del mamarracho Cumbres borrascosas).

Hubo otro intento -también llamada La prometida (The Bride, pero sin signo de exclamación)- de modernizar la película de Whale allá por 1985. Casi nada de lo que se entonces se entendía por moderno se dejó en el bote: la dirigió Frank Roddan, el de Quadrophenia, y la interpretaron Sting, una Jennifer Beals recién lanzada al estrellato por Flashdance y la top model Verushka del Blow Up de Antonioni o la Salomé de Carmelo Bene. Que no falte de nada. Era mala con avaricia. Y ha envejecido tan mal como lo hace todo lo superficialmente moderno. Pero esta es peor.

La actriz Maggie Gylenhaal, que debutó como directora adaptando con éxito crítico la novela de Elena Ferrante La hija oscura, se ha lanzado sobre Mary Shelley, James Whale y Frank Roddan, además de sobre todas las referencias citadas, con unas ambiciones de originalidad y de trasgresión, de mezcla de géneros (además de los citados hasta con números musicales) y ensalada de ideas (la novia monstrua como lideresa del empoderamiento) para las que le faltan fuerzas creativas.

Una desencadenada y encumbrada por Hamnet Jessey Buckley, que ya trabajó en la primera película de Gylenhaal, es la gran baza explosiva, dramática, desaforada, de la directora. Lo da todo interpretando a esta nueva novia del monstruo (y a la desdichada Mary Shelley, de paso). Se come a Christan Bale (el monstruo, aquí Frank), a Anette Benning (la doctora Euphronious, digo yo que porque el creador de la novia en la película de 1935 se llamaba Pretorius), a Jake Gyllenhaal (la estrella Ronnie Reed) y a Peter Sasgaard y Penélope Cruz (el detective Wiles y su asistente Malloy). ¿Un detective y su ayudante sacados del cine negro y metidos en el universo de Frankenstein? Sí. Y también gánsteres, y la mafia, y polis, y canciones del arqueólogo del jazz de los años 20 y 30 Vince Giordano y su Nighthawks Orchestra, y fiestas de los años locos… Porque Gylenhaal se ha llevado la acción a los años 30 de las bandas de jazz y de mafiosos, de la locura de los felices 20 exasperada por la Depresión para que Ida y Frank sean, además de muchas otras cosas, Bonnie y Clyde con costurones. Eso sí, a quien le guste el ruido sonoro y visual, y el carísimo y muy costeado tuneo gótico, barroco, decó, pospunk y noir, le encantará.

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