Reviviscencia

Cantos barrocos | Crítica

Acantilado publica una hermosa antología bilingüe de Lucio Piccolo, primo hermano y confidente de Lampedusa, poeta tardío que recreó en sus versos una antigua forma de vida

Lucio Piccolo (1901-1969).

La ficha

Cantos barrocos y otros poemas. Lucio Piccolo. Prólogo de Eugenio Montale. Edición y traducción de José Ramón Monreal. Acantilado. Barcelona, 2026. 272 páginas. 18 euros

Sólo por haber incitado a Giuseppe Tomasi di Lampedusa a publicar por emulación, cuando vio que su íntimo confidente se estrenaba como poeta a los cincuenta y cinco años, merecería Lucio Piccolo la gratitud de los lectores de El Gatopardo, pero lo cierto es que tanto su obra como su mundo, igualmente personales, brillan con luz propia y a la vez complementaria, remitiendo a un mismo impulso que desde la periferia dejó una huella perdurable en la literatura italiana del siglo XX. Conocíamos su nombre y el de su hermano Casimiro, los famosos primos Piccolo, por la correspondencia y otros escritos del príncipe –la misma editorial Acantilado ha publicado las cartas reunidas en Viaje a Europa y el reciente ensayo Lampedusa y España de Gioacchino Lanza Tomasi– donde queda clara la intimidad que los unía. A falta de obligaciones laborales, tanto Giuseppe como Lucio eran lectores empedernidos que competían en saberes inútiles y gustaban de compartir sus descubrimientos en varias lenguas y literaturas. Durante décadas, se limitaron a leer y comentar entre bromas, como eruditos autodidactas, toda clase de materias, con el genuino entusiasmo de quienes carecen de otra motivación que la curiosidad y el placer. Ambos se habían iniciado en la escritura muy tardíamente, pero si Lampedusa no llegó a tener noticia del éxito póstumo de su novela (1958), Piccolo sí pudo disfrutar, sobre todo al principio, del reconocimiento de sus poemas, avalado por una figura de peso como Eugenio Montale.

El mundo perdido de Lucio Piccolo adopta en sus versos una cualidad intemporal

Impecablemente editada y traducida por José Ramón Monreal, esta antología bilingüe ofrece una amplia muestra de la poesía de Lucio Piccolo, incluidas las entregas que aparecieron después de su muerte, acompañada del prólogo que escribió Montale para los Canti barocchi e altre liriche (1956) y de un completo apéndice donde se incluyen otros escritos y pasajes de sus cartas, una exacta Noticia biográfica y una completa bibliografía. En ese prólogo recuerda el futuro premio Nobel su sorpresa cuando comprobó que el supuesto joven prometedor que le había enviado un par de años antes el cuaderno Nueve poemas, publicado a sus expensas, era en realidad un hombre maduro, casi de su misma generación, versado en literatura, música y filosofía y todo un barón de Calanovella. La intención del poeta, según le confesaba a Montale en la carta que acompañaba el envío, había sido “evocar y fijar un mundo singular siciliano, más concretamente palermitano, que está ahora en trance de desaparición sin haber tenido la fortuna de encontrar expresión artística”, un mundo que remitía a su propia infancia pero adoptaba en sus versos una cualidad intemporal, pues de hecho, como explicaría el mismo Piccolo en un discurso posterior, aquí transcrito, “cuando descendemos muy al fondo de nosotros mismos diría que casi superamos el tiempo y revivimos, en el presente, hechos pasados”, de un modo casi visionario que logra inspirar en el lector el mismo proceso.

Ahora bien, frente a lo que podría deducirse de sus palabras, la poesía de Piccolo no es pintoresca ni local en un sentido estrecho –“nosotros los sicilianos somos españoles”– sino densa y casi abstracta, aunque él siempre insistió en su carácter concreto, ligado a los paisajes familiares. La ciudad de Palermo, por los años de su esplendor cosmopolita, y sobre todo la mítica villa de Capo d’Orlando, en el campo de Mesina, “no ya morada sino templo”, dice Monreal en su excelente semblanza, son los dos centros físicos y emocionales en los que se mueve el poeta, religado a ellos de un modo que trasciende –la huella de sus antepasados en el lugar se remonta hasta el siglo XVI– la mera idea de pertenencia. Montale, que define al poeta como “un hombre a quien la crisis de nuestro tiempo ha arrojado fuera del tiempo”, habla de su “lengua primordial, recién descubierta”, y es verdad que la reviviscencia transmite la ilusión de un presente continuo. Al final de su vida, Piccolo se quejaba de que la súbita e inesperada celebridad de Lampedusa había opacado su incipiente fama, pero también puede decirse que esta se vio reforzada. Al cabo de los años, ambos nombres han quedado hermanados también en el territorio del espíritu.

Lucio Piccolo y Lampedusa en Capo d’Orlando.

Poesía es memoria

Por analogía con el Celtic Twilight, Lucio Piccolo habla de un “crepúsculo siciliano” que recogería la memoria ancestral sin dejar de lado sus manifestaciones esotéricas, no en vano tanto él, temprano devoto de Yeats, como su hermano Casimiro, pintor, fotógrafo y medio mago, eran asiduos a las sesiones de espiritismo y convivían en un entorno de ensueño donde lo fantástico formaba parte de la vida cotidiana. En el país de la luz, los Piccolo, grandes noctámbulos, sentían predilección por la penumbra. Las cuatro composiciones que integran los Cantos barrocos, en realidad una sola en cuatro movimientos, ejemplifican bien el modo en que las experiencias acumuladas –“para mí verdaderamente la poesía, la vida es memoria: nosotros somos memoria”– adquieren una cualidad casi metafísica. Aunque muy atento a los ciclos, el poeta no practica el mero retrato del natural. Sus recreaciones, estilizadas y a veces oscuras, están llenas de imágenes que siendo muy reales adquieren fuerza de símbolos, como sugería Montale cuando citaba el orfismo de Dino Campana y explicó el mismo Piccolo a propósito de los Cantos. La inclinación a un cierto misticismo la atribuía el poeta a la herencia española, dejando constancia de una predilección –los clásicos de los siglos de oro le eran especialmente queridos– que iba más allá de la boutade y expresaba no distancia sino arraigo en la identidad de la isla.

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