El 'Cascanueces' nos visita desde Kiev
Crítica
El Palacio de Congresos presenta, dentro de su programación, una de las joyas del repertorio dancístico de la mano del Ballet de Kiev, dirigido por Viktor Ishchuk
Este fin de semana el Palacio de Congresos de Granada ofreció una cita imprescindible con la danza: El Cascanueces, unos de los ballets más emblemáticos del repertorio, llegaba al escenario de la Sala Federico García Lorca de la mano de Viktor Ishchuk y el Ballet de Kiev, una compañía de enorme excelencia que trajo a Granada algunas de las figuras más emblemáticas de la danza en Ucrania.
El regreso del Ballet de Kiev a los escenarios españoles no es un hecho neutro ni meramente artístico. Desde aquella primera gira de 2022, inevitablemente teñida por el contexto bélico que atraviesa Ucrania, cada aparición de la compañía fundada por Viktor Ishchuk adquiere una dimensión simbólica que trasciende el espectáculo. En esta ocasión, la formación vuelve a apostar por uno de los títulos más populares del gran repertorio clásico, El Cascanueces, una reivindicación explícita de la tradición, la belleza y la emoción a través de la preclara dirección de Ishchuk.
La versión ofrecida se inscribe en la estela del clasicismo más ortodoxo, al recuperar la coreografía original que diseñaran en 1892 Marius Petipa y Lev Ivanov para la partitura compuesta por Piotr Illich Chaikovski, quien se basó en el libreto escrito por Vladímir Beghíchev y Vasili Geletzer a partir de un cuento de E.T.A Hoffmann. En su propuesta, el Ballet de Kiev apostó por una puesta en escena colorista y narrativa, fiel al espíritu del ballet decimonónico. El resultado fue un espectáculo concebido como una “fiesta para los sentidos”, donde la claridad dramática y la espectacularidad visual ocuparon un lugar central, sin pretensión de renovación estética, pero con una voluntad clara de fidelidad al canon.
Desde el punto de vista coreográfico, la compañía hizo gala de uno de sus rasgos más reconocibles: el cuidado extremo de las líneas y la homogeneidad del cuerpo de baile. El trabajo colectivo destacó por su disciplina y cohesión, cualidades imprescindibles en un ballet de estas características, donde la arquitectura escénica depende en gran medida del equilibrio entre grupos y solistas. Desde la fiesta de Navidad inicial a la danza de los copos de nieve, se caracterizó por una ejecución pulcra y respetuosa, que gustó por su solidez y concepción estética. En este marco, el virtuosismo de los solistas Elena Germanovich y Evgen Lagunov emergió sin estridencias, integrado de manera orgánica en el conjunto, evitando exhibicionismos que desvirtúen la continuidad dramática.
Ballet: El Cascanueces
Programa: El Cascanueces, de Piotr Ilich Chaikovski
Coreografía: Marius Petipa y Lev Ivanov Director y coreógrafo: Viktor Ishchuk
Bailarines solistas: Elena Germanovich y Evgen Lagunov
Lugar y fecha: Palacio de Congresos de Granada, 01 de febrero de 2026
Clasificación: 4 estrellas
El desarrollo dramático del ballet permite, además, apreciar con claridad el papel de Chaikovski como auténtico dramaturgo musical. Lejos de limitarse a acompañar la acción, su partitura articula el relato con una precisión casi teatral, asignando a cada número una función expresiva concreta. En el primer acto, la escena de la fiesta navideña encuentra en la música un motor narrativo fundamental, capaz de diferenciar ambientes, personajes y estados emocionales con notable eficacia. Las danzas infantiles, bien resueltas por la compañía, se benefician de ese pulso rítmico ágil que sostiene la acción sin sobrecargarla. Así mismo, la batalla entre el Cascanueces y el Rey Ratón fue dinámica y narrativamente bien resuelta.
En el segundo acto, el Divertimento del viaje al reino de los dulces funciona como un ejercicio de teatralidad musical en miniatura. Chaikovski construye una serie de danzas de carácter asociadas a lugares exóticos, y la coreografía responde con inteligencia a esa variedad de registros. Las danzas española, árabe, china y rusa evitan el trazo grueso y la caricatura, apostando por una estilización coherente con el tono general de la propuesta. Especialmente eficaz resultó el Trepak, resuelto acrobáticamente con energía y precisión, mientras que la danza árabe encontró su fuerza en la flexible amplitud del movimiento y en la atmósfera suspendida que impone la música. La célebre Danza del hada de azúcar, sustentada en el timbre inconfundible de la celesta —instrumento prácticamente desconocido hasta que Chaikovski lo incorpora a esta partitura—, se presentó como delicioso pas de deux de corte clásico. Aquí la coreografía apostó por la contención y la elegancia, dejando que fuera la música la que marcara el carácter etéreo de la escena, con un fraseo coreográfico limpio y sin afectación.
El Vals de las flores, uno de los grandes hitos sinfónicos del ballet, se erigió como culminación del trabajo coral del cuerpo de baile, con grandes planos escénicos, desplazamientos amplios y bien organizados, reforzados por una disposición espacial que aprovechó con acierto la amplitud del escenario del Palacio de Congresos. El Grand pas de deux final se abordó desde una concepción netamente clásica, priorizando la musicalidad y la estabilidad técnica frente a la espectacularidad acrobática.
Especial mención merece el aspecto visual del espectáculo. Si bien los decorados fue un discreto telón de fondo animado por la iluminación, el vestuario, diseñado en exclusiva por los talleres de Kiev, aportó una sensación de grandeza y refinamiento que conecta directamente con la tradición del gran ballet narrativo. Su función no fue meramente ornamental, sino estructural, ayudando a articular los distintos espacios dramáticos y caracterizar a los personajes dentro de una atmósfera de fantasía sin caer en el exceso.
La respuesta del público granadino, que ocupó tres cuartas partes del auditorio y acompañó la función con una atención sostenida y prolongados aplausos finales, confirma la eficacia de una propuesta que no aspira a redefinir el repertorio, sino a ofrecerlo con honestidad y solvencia. Así mismo, este Cascanueces evidencia el acierto de apostar por el ballet como una forma artística de belleza serena que, sin necesidad de subrayados, mantiene hoy en día un valor especialmente elocuente.
La próxima cita con el ballet en el Palacio de Congresos será el próximo 28 de febrero, con El lago de los cisnes de Chaikovski en versión escenográfica del Classic Stage
También te puede interesar
Lo último