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El cine en la sangre

  • Con motivo del centenario de su nacimiento, la editorial T&B ha publicado una completa monografía dedicada al realizador italiano, un creador injustamente olvidado que hay que reivindicar

El pasado 31 de julio se conmemoró el centenario del nacimiento de Mario Bava. No obstante, pocos medios de comunicación, por no decir ninguno, ni en Italia ni en España, se hicieron eco de dicha efémeride. Esta circunstancia refleja de manera cruel otra anterior, la de su muerte, el 26 de abril de 1980, a causa de un infarto. Entonces como ahora, pocos, por no decir nadie, ni allí ni aquí, le dedicaron unas líneas de agradecimiento o de adiós. Para más inri, la muerte de Alfred Hitchcock, tres días después, acaparó la atención de periodistas y críticos y abortó cualquier ínfima posibilidad de un homenaje tardío. A Mario Bava no se le hizo ni acaba de hacérsele justicia, de ahí que la obligación de insistir a fin de evitar que el nombre o el ejemplo caigan en el olvido. Esto no supone investirlo de unas dotes excepcionales o colocar su obra bajo palio; el apasionamiento no tiene por qué estar reñido con el sentido común. Me remito a lo escrito en Mario Bava. El cine de las tinieblas (Editorial T&B): el cineasta cuenta con media docena de películas notables (algunas rozan lo magistral por momentos), una docena de títulos muy dignos, y cuatro o cinco bodrios que no hay por dónde cogerlos.

En su descargo habría que decir que Bava rodó en unas condiciones de precariedad (en ocasiones de indigencia) en las cuales muchos cineastas habrían sido incapaces de sacar nada en claro. Bava se jactaba de haber rodado Operazione paura (1966) en sólo doce días; probablemente fueran algunos más, lo que no impide aplaudir el excelente partido que extrajo de un presupuesto paupérrimo, un plan de rodaje ajustadísimo y un equipo reducido a su mínima expresión. No fue una excepción, sino la norma en su carrera. Bava trabajó en un período de bonanza en la industria italiana -durante el llamado 'milagro económico'-, pero lo hizo dentro del cine popular y jamás contó con el respaldo crítico que tuvieron un Luchino Visconti, un Federico Fellini o incluso un Sergio Leone. Sus películas estaban destinadas a los cines de barrio o de pueblo, no a las salas de serie A donde estrenaban Visconti, Fellini o Leone; varias películas suyas cosecharon un considerable éxito en Estados Unidos, en salas de segunda categoría, cines de programa doble, autocines y demás. Una realidad antediluviana, quizás incomprensible para la Generación Internet, habituada a ver películas en la pantalla del ordenador o del móvil.

Bava era un profesional y jamás hizo ascos a ningún género: péplum, western, thriller, ciencia ficción o comedia se suceden en su filmografía, si bien se sintió especialmente cómodo entre los caserones en ruinas y los jardines a medianoche y en sombras, habitados o recorridos por seres hermosos y malditos, del relato gótico. En el cine de terror entregó un ramillete de títulos osados para la época, temerarios, kamikazes incluso, según la acepción del término empleada en A tumba abierta. El cine kamikaze (Macnulti Editores); es decir, un cine inspirado por musas insolentes e insubordinadas que no duda en hacerle un corte de mangas a la industria o al público. Sus películas tuvieron que vérselas a menudo con la censura. La máscara del demonio (1960), una original historia de vampirismo y brujería que lanzó al estrellato a Barbara Steele, fue prohibida en Inglaterra por su extrema violencia, mientras El cuerpo y el látigo (1963), que jamás se estrenó en España, se retiró de la circulación por el cariz abiertamente sadomasoquista de la relación entre sus protagonistas. Esa actitud desalmada alienta su singular concepción del thriller, el giallo, una veta descubierta en La muchacha que sabía demasiado (1962), conjugada de manera radical en Seis mujeres para el asesino (1964), y conducida a un callejón sin salida en Bahía de sangre (1971), una obra políticamente incorrecta, tan violenta como desesperanzada.

Esta querencia por lo obscuro, su seña de identidad más acusada, Bava se la llevó a otros territorios genéricos. En Hércules en el centro de la tierra (1961), el héroe de Tebas se enfrenta a un hechicero con algo de Príncipe de las Tinieblas, interpretado a la sazón por Christopher Lee. En el westernCamino de Fort Alamo (1964) aprovechó cada mínima ocasión para abandonar los grandes espacios del Lejano Oeste y refugiarse en grutas ahítas de emanaciones sulfúricas. En Terror en el espacio (1965), ambientada en una galaxia lejana, muy lejana, Bava sacó un extraordinario rendimiento a la noche tenaz y obtusa del cosmos (hoy, esta película goza de cierto predicamento entre los aficionados por haber sido musa oblicua de Alien, el octavo pasajero). Personalmente, si tuviera que decantarme por una película suya, me quedaría con Operazione paura, un relato tejido con el hilo con que están tramados los sueños, que empuja al espectador por entre los meandros de la pesadilla; Operazione paura, una historia de miedo de las de toda la vida, nada ha de envidiar a propuestas similares de Luis Buñuel o David Lynch. Si quieren saber más, ahí está Mario Bava. El cine de las tinieblas.

A pesar de la indiferencia general, la de antaño y la de hogaño, la de propios y extraños, debemos considerar a Mario Bava un hombre afortunado. Poco dado a las entrevistas, siempre tuvo palabras de gratitud hacia su padre, Eugenio Bava, también él cineasta en los tiempos en que el cine todavía era un espectáculo de barraca de feria. Su padre despertó su pasión por el medio siendo niño, a su lado aprendió el oficio y de su mano entró en el mundillo. Luego tuvo que ganarse a pulso un lugar en la industria italiana. Seguramente no habría podido ni querido dedicarse a otra cosa. Mario Bava tenía el cine en la sangre y consagró su existencia a este arte subyugante e ingrato. Cualquier cinéfilo le envidiaría esto.

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