Cómic

Vivir, amar, luchar, morir

  • Planeta Cómic ha publicado los dos primeros volúmenes de Conan el bárbaro, edición integral de la serie gráfica publicada por Marvel

Viñeta de Conan. Viñeta de Conan.

Viñeta de Conan. / R.G.

Si somos lo que hacemos, debemos ser el resultado de todo cuanto leemos o hemos leído. No hay vuelta de hoja. Estoy convencido de que las muchas horas asomado a un tebeo en mi niñez y adolescencia han hecho mella en mí, espero que para bien, aunque si fuera para mal nada puede hacerse ya, y nada haría, ¿para qué? Las artimañas y los artificios de la ficción siguen llenándome como pocas cosas en este mundo. Me fascina la ficción en todas sus expresiones -cine, literatura, cómic- y no puedo sino rendirme ante esos personajes que saltan de una forma a otra sin perder su ímpetu icónico. Ahí está Conan el Cimmerio, que nació en las páginas de Robert E. Howard, y lleva dando tajos en el mundo de la viñeta desde hace más de cuatro décadas, primero en la escudería Marvel, luego bajo los estandartes de Dark Horse, y en el ínterin ha protagonizado alguna buena película con el rostro de Arnold Schwarzenegger y alguna otra mediocre con el de Jason Momoa. El caso es que ninguna novedad editorial me ha entusiasmado tanto como la publicación de los dos primeros volúmenes de Conan el bárbaro (Planeta Cómic), edición integral de su primera serie gráfica.

Conan sería un brote tardío de la Edad de los Héroes, injertado en el tronco de un Romanticismo a destiempo y a contracorriente

La historia de cómo Conan se pasó al cómic nos trasporta medio siglo atrás. A finales de la década de 1960, la editorial Marvel atravesaba un período de excepcional bonanza gracias a un amplio bestiario que parecía satisfacer las inquietudes de lectores de toda clase y condición. O casi. En el ingente correo que llegaba semanalmente a la redacción se oía repetir con insistencia una pregunta: ¿Por qué no dedicar una serie a la Espada y Brujería? La fantasía heroica contaba con un público numeroso y deseoso de ver en viñetas El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, las historias brutales de Robert E. Howard, u otros similares. El guionista Roy Thomas se encargó de las gestiones; los herederos de Tolkien -aunque hoy pueda resultar sorprendente- no quisieron saber nada del asunto, no así los gestores del legado de Howard. La serie Conan el bárbaro estuvo publicándose desde 1970 hasta 1993, alcanzando la nada despreciable cifra de 275 números; La espada salvaje de Conan alcanzó 235 entregas entre 1974 y 1995, y Conan Rey sumó 55 números entre 1980 y 1989. Por no contar otras series de menor recorrido o álbumes sueltos.

Barry Windsor-Smith ideó un Conan apolíneo, esbelto, capaz de algún gesto delicado, incluso elegante

Thomas firmó más de 200 guiones en las distintas series, además de asesorar a John Milius en la película de 1982 y colaborar en el guión de la película de 1984. El guionista se identificó íntimamente con la épica primaria y apasionada de Howard y no se contentó con darle una nueva vida a su héroe más carismático. También hizo los debidos honores a Howard; no dudó en adaptar sus relatos, se llevó a la edad Hiboria otras historias no pertenecientes al ciclo Conan -por ejemplo, El crepúsculo del dios gris- y se sirvió de diversos poemas como inspiración para las suyas propias, como en La hija de Zukala, en cuya primera viñeta leemos “El sol fallece en un charco de su propia sangre”, en referencia al crepúsculo; en Los guardianes de la cripta se dice: “El dios de la luna guiña su ojo bueno” para hablar de una noche cerrada. (Éstos fueron los primeros versos que muchos leímos). Conan sería un brote tardío de la Edad de los Héroes, injertado en el tronco de un Romanticismo a destiempo y a contracorriente, que se cimienta en el rechazo a la civilización y un individualismo exacerbado. Conan es un guerrero con los músculos en tensión permanente y la mano siempre sobre la empuñadura de la espada, o cerca de ella, que se lanza a la batalla sin importarle demasiado si la suerte está de su lado. Su filosofía es simple: Vivir, amar, luchar, morir.

A Roy Thomas le habría gustado contar con el dibujante John Buscema desde el principio, pero tuvo que contentarse con Barry Windsor-Smith; no estaba claro si la serie cuajaría y había que economizar, pero lo cierto es que este último hizo un trabajo notable. Barry Windsor-Smith ideó un Conan apolíneo, esbelto, capaz de algún gesto delicado, incluso elegante. Por su parte, John Buscema, que se incorporo a la serie a partir del número 25, dibujó un Conan dionisíaco, obscuro, animalesco, más acorde con su condición de bárbaro. La diferencia entre ambos artistas es abisal: si Windsor Smith estimula el proceso de identificación con el personaje, Buscema le niega este último agarradero al lector. De niño, leí tebeos de uno y otro y me gustaban por igual, aunque guardo un recuerdo especialmente intenso de las dos primeras historias firmadas por John Buscema. Me refiero a Los espejos de Kharam Akkad y su continuación La hora del grifo. Varias viñetas se quedaron impresas en mi memoria con la tinta indeleble de la revelación. No exagero.

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