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En el disco bulle la audacia y las ansias de experimentar

  • Enrique Morente era un iconoclasta. Los puristas lo miraron con desconfianza.

En 1979, cuando se publicó La Leyenda del Tiempo, el disco más audaz de Camarón de la Isla, se cuenta que el público habituado al cantaor de San Fernando, volvía a la sección de discos de los grandes almacenes poco después de haberlo adquirido exigiendo la devolución del dinero, "porque aquello no era un disco de Camarón".

Efectivamente, con aquel paso el de la Isla decidió romper su conocimiento del flamenco en pedacitos para divertirse recomponiéndolos, y abrir así un nuevo sendero a la tradición. Pero si La Leyenda del Tiempo dinamitó el flamenco desde dentro, Omega hizo algo parecido desde los márgenes, tomando más impulso para llegar más al fondo, estirando aún más sus hechuras y llevando más lejos una idea rupturista y expansionista. Sencillamente porque fue pensado con la cabeza de Morente y no sentido con el corazón de Camarón. Y en la cabeza del Ronco del Albayzín bullían las ideas audaces y el ansia de experimentación que siempre hizo que los puristas lo miraran con desconfianza desde sus inicios. No solo era un heterodoxo sino también un iconoclasta. Las casualidades cósmicas quisieron que con esa pulsión se cruzara la valentía de un grupo, Lagartija Nick, que no solo atravesaba su mejor momento creativo, sino que había alcanzado su cénit como banda, con dos alquimias en perfecta conjunción funcionando a pleno rendimiento, por un lado el mercurio en ebullición de las guitarras abrasivas de Juan Codorniú y de Miguel Ángel Rodríguez Pareja, y por otro la base rítmica imparable de Eric Jiménez y Antonio Arias, probablemente, la más incendiaria que ha dado el rock granadino.

Esa conjunción inspiradora resultaba tan atrevida que no cabía la medianía. De allí se saldría por la enfermería o por la puerta grande. El tiempo ha dictaminado que iba a ser esto último, pero en su día no estuvo nada claro. Flamencos, rockeros, críticos, intelectuales y aficionados en general se vieron impelidos a tomar partido. Y los detractores encontraron amparo en la humildad de una edición que no contó con el apoyo de ninguna gran compañía, y que a nivel masivo pasó inadvertida, lejos de los focos reservados a los productos de impacto comercial. Pero incluso ese hándicap fue superado, casi por el sistema de riego por goteo, pues la obra crecía y sorprendía a cada escucha y hasta los más recalcitrantes hubieron de transigir con él profundísimo poso flamenco de la obra, que busca, y encuentra, el punto de conexión entre la voz telúrica y ancestral del flamenco más jondo y el grito desgarrado de la distorsión. En eso consiste la vanguardia, en adentrarse en territorios inexplorados, llegar al corazón de las tinieblas y allí, explotar. Veinte años después su onda expansiva aún se puede percibir, si se pega la oreja al suelo como un rastreador comanche, y continúa cambiando el mundo del flamenco, como lo cambió para siempre aquel año 1996 en el que Enrique vivió intensamente un carrusel de sentimientos encontrados, de hallazgos y de pérdidas, de penas ahogadas en whisky on the rocks durante largas noches que no acababan con la aurora. Mucho se ha escrito desde entonces y decenas de implicados han dejado sus pareceres en sesudos libros. A nadie se le ocurrió preguntar al camarero, ese confesor laico, que llenaba la copa del maestro después de las sesiones, a puerta cerrada, y al que hoy reclaman su impresión sobre una obra irrepetible.

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