El dulce encanto de una voz narcótica
Fecha: Miércoles, 21 de julio. Lugar: Parque del Majuelo (Almuñécar). Aforo: 1000 personas.
Con el papel agotado de antemano, la noche del miércoles presentó a simple vista la mejor entrada de lo que llevamos de festival. Y para ver a una artista que difícilmente puede ser encuadrada dentro del jazz. Al menos en exclusiva, pues Peyroux se apoya en el jazz tanto como lo hace en el blues, el folk, el country o cualquiera de los géneros que dan carta de naturaleza a la canción de autor norteamericana. Su voz cálida y sugerente, siempre lejos de la exuberancia y la rotundidad de las cantantes clásicas de jazz, nos dio desde el primer acorde la pista de por donde iban a ir los tiros. La mostró como quien enseña la patita por debajo de la puerta. Un concierto susurrado y sin alardes que hizo farfullar a los puristas sus primeras quejas: esta chica desafina, se escuchó decir, y yo recordé a Joao Gilberto cantando la letra de Desafinado con su irrefutable declaración de intenciones. Con unos arreglos sencillos, ligeros y espaciados, la banda acompañó impecablemente la voz esquiva y maravillosa de Madeleine Peyroux que, como suele hacer en sus discos, alternó temas de su cosecha con algunas versiones que la definen tanto como los propios. Y así llegó la muy esperada La javanaise del siempre efectivo Serge Gainsbourg, recuerdo de sus andanzas parisinas cuando experimentó la vida bohemia antes de decidirse a grabar, ya de vuelta en los Estados Unidos. Para interpretarla Darren Beckett cambió momentáneamente la batería por un cajón que acariciaba con las escobillas, y Gary Versace abandonó órgano y piano para soplar una melódica que aportó la sonoridad del Sena. También fueron cayendo Dylan, Leonard Cohen -muy celebrado el vals arrastrado de Dance me to the end of love- o la magnífica But not for me, que nos envolvió en ese mundo parsimonioso y opiáceo, en ese estado de quietud ideal que se alcanza con ciertas sustancias que se inyectan en vena. Tal y como lo hubiera hecho un Chet Baker feliz y en paz con el mundo y consigo mismo. Entre unas y otras, fue picando algunas de sus más logradas melodías: Bare bones, A little bit, This is heaven to me o Instead, hasta acabar con Reckless blues, aquella pieza triste que cerraba su debut de 1996. En el camino logró con su voz frágil y vulnerable aunque seductora, heredera de la sensualidad felina de Billie Holiday, sumir a un auditorio repleto en una especie de narcolepsia hipnótica, reflejo de una vida turbulenta en la que las pasiones, incluida la musical, dejan huella y cicatrices que se asumen sin rebelarse contra ellas. Como un yonqui abandonado a su adicción.
También te puede interesar
Lo último