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De qué hablamos cuando hablamos de franquismo

  • La editorial Anagrama reedita el 'Diccionario del franquismo' de Manuel Vázquez Montalbán, acompañado de unas magníficas ilustraciones de Miguel Brieva

Ilustración de Miguel Brieva para el 'Diccionario' de Vázquez Montalbán. Ilustración de Miguel Brieva para el 'Diccionario' de Vázquez Montalbán.

Ilustración de Miguel Brieva para el 'Diccionario' de Vázquez Montalbán. / R.G.

El 20 de noviembre de 1975, el jefe del Gobierno Carlos Arias Navarro apareció con expresión blanquinegra y compungida en las pantallas de televisión para anunciar el fin del mundo: “Españoles, ¡Franco ha muerto!”. Algunos no dieron crédito a la noticia. En mi juventud conocí a un obrero en la construcción que juraba haber viajado a Madrid con el solo propósito de comprobar si era verdad lo que decían; aquel buen hombre temía que el Generalísimo hubiera vencido a la biología igual que había vencido a los enemigos de la patria. Franco había muerto, no cabía duda. No así el franquismo. Y hoy la pregunta es si conseguiremos arrancar esta mala hierba alguna vez… Esto viene a cuento de la recentísima reedición del Diccionario del franquismo (Anagrama), una obra coyuntural de Manuel Vázquez Montalbán, de rabiosa actualidad otra vez. La entrada en el ruedo político de un partido que usa el himno de la legión en sus mítines; que defiende los toros, las procesiones y la caza como señas de identidad nacional; y que pone en cuestión las conquistas civiles de las últimas décadas, todo ello bien regado en aguardiente y agua bendita, me lleva a invitar al lector curioso a abrir las páginas de este librito delicioso para que vea de qué polvos estos lodos.

Manuel Vázquez Montalbán no necesitaba recurrir al argumentario del antifranquismo para su denuncia de un régimen cutre y totalitario

Publicado originalmente en 1977, con el dictador sentado ya a la extrema derecha de Dios, este diccionario de urgencia responde a su premisa central: explicarnos los nombres propios y comunes del franquismo. Manuel Vázquez Montalbán no necesitaba recurrir al argumentario del antifranquismo para su denuncia de un régimen cutre y totalitario; el léxico franquista se basta y sobra él solito para poner en evidencia su indigencia íntima. Esta indigencia impregna sus acciones, terribles todas, así como su retórica, sus consignas, su simbología, desde la idea anacrónica de “Cruzada” empleada para hablar del golpe de estado que hundió al gobierno legítimo republicano -y hundió el país en una Guerra Civil- hasta los elogios que les dedicaron sus más leales súbditos, todos sonrojantes. Francis Franco Bahamonde fue “Caudillo de España por la gracia de Dios” -según rezaban las monedas de diez céntimos-, “Soldado Invicto” o… “La Espada más Limpia de Occidente”, un elogio equívoco y críptico. ¿La espada más limpia de Occidente? ¿Qué significa eso?

A pesar de sus afinidades con el fascismo de toda la vida -el autoritarismo, el nacionalismo a ultranza, la violencia como acción política-, el franquismo fue más que eso y, para nuestra desgracia, mostró una capacidad de adaptación a circunstancias diversas, incluso adversas, muy superior a los totalitarismos italiano y alemán. El franquismo fue fascista por los cuatro costados cuando Adolf Hitler iba a comerse el mundo, pero no dudó en cambiarse de piel cuando el führer se levantó la tapa de los sesos en un búnker berlinés, mientras boqueaba agónico el sueño de un imperio ario. (Entonces, el franquismo era imperialista). En la década de 1950, en cambio, luchó codo con codo en la gran cruzada contra el comunismo, lo que le granjeó las simpatías del presidente Dwight D. Eisenhower, y de ahí a poco dejó de ser aislacionista para abrazar con fervor la causa neocapitalista. Así pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de franquismo? De un inmovilismo retrógrado de signo político, social y religioso que si se lo propone (y se lo ha propuesto) puede jugar en el terreno democrático respetando aparentemente las reglas del juego. Por eso debemos estar alertas y vigilar de cerca los movimientos de esos que han hecho una palabra sucia de la palabra “nostalgia”. No doy nombres; el lector no los necesita.

En cuanto al Diccionario del franquismo, ¿qué puedo añadir? Que el tiempo no ha pasado por sus páginas, no sólo por la tristísima circunstancia ibérica, sino gracias a la lucidez y el talento de Manuel Vázquez Montalbán.

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