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La huella 'invisible' de Hermenegildo Lanz

  • Una muestra en Condes de Gabia reivindica la obra del creador de títeres, cuya trayectoria vital y artística se vio truncada injustamente por la dictadura

Hermenegildo Lanz no podía vivir "sin la sierra, sin la vega y sin el agua del Avellano". "Como a su paisano, el gran desesperado Ángel Ganivet, el ruiseñor de su corazón le cantaba: quiero vivir en Granada". Lo escribió el creador de títeres en la revista La Estafeta Literaria bajo el seudónimo de Covaleda, que recogía sus inquietudes y frustraciones en boca de una marioneta de payaso creada por él mismo en los años 40 -el famoso Totolín-. Sin embargo, Lanz no era feliz en aquella época. Le había arrebatado todo lo que vertebrada su existencia: su plaza de profesor de dibujo en La Normal, amigos como Lorca -asesinado en 1936-, bienes materiales, y hasta las ganas de vivir. La Guerra Civil y, años después, la dictadura, se encargaron de truncar la trayectoria vital y artística de un creador sin límites.

El Palacio de los Condes de Gabia acoge desde ayer -y hasta el 31 de mayo- la muestra Fulgor y Castigo de Hermenegildo Lanz, una reivindicación de su obra frente al olvido al que "fue injustamente castigada" y una denuncia de los métodos que usó la dictadura franquista para apagar los cerebros más inquietos. Enmarcada dentro de las jornadas de memoria histórica dedicadas a la posguerra que organiza la Diputación, la exposición trata de "mostrar a un creador en plenitud con un reconocimiento absoluto durante los años 20 y 30 y qué le ocurrió cuando se produce ese corte trágico, que fue la Guerra Civil", explicaba ayer el comisario, Alejandro Víctor García. La diputada de Memoria Histórica, Fátima Gómez Abad, se refirió a Lanz como "un ejemplo clarísimo de lo que significa para Granada la cultura" y que, además, "ha sido y es el gran desconocido frente a los demás autores de su época como Lorca y Falla".

Fulgor y Castigo de Hermenegildo Lanzreúne decenas de obras suyas, entre dibujos, aguafuertes, títeres, muñecos, cuadros y escritos, cedidos en su mayoría por la familia del artista. "Al llegar a la ciudad en 1917 se encuentra con aquella Granada cultural, que vivía su edad de plata con Ángeles Ortiz, de la Serna, Lorca, Falla, Juan Cristóbal y el grupo de El Rinconcillo, con la que conecta y se integra", relató García, que describió a Lanz como "un creador que tocaba todos los géneros: dibujo, pintura, grabado, arquitectura, escenografía, creación y puesta en escena de títeres, iluminación, y hasta diseño de interiores".

El visitante verá reflejada en la primera parte de la muestra el período más fértil y feliz del artista, donde elaboró las marionetas utilizadas por Lorca en la función de los Títeres de Cachiporra, así como los títeres para el estreno en 1923 de El Retablo de Maese Pedro, de Falla, en su estreno en el Palacio de la Princesa de Polignac en París.

En esos años, Lanz montó auto sacramentales; aprendió el arte de la seda y la cría del gusano -se muestra un mantón de seda elaborado por él mismo-; y cultivó su pasión por el arte, cuyo esfuerzo se ve reflejado en los 68 dibujos de rincones de Granada y su provincia en tinta y lápiz, que se exhiben en la exposición hasta el 31 de mayo. El artista también fundó el Ateneo en 1926, impulsó el Concurso de Cante Jondo de 1922, colaboró con las revistas Gallo y Pavo, alentó las Misiones Pedagógicas y acompañó en varias ocasiones a La Barraca -hay una fotografía que él hizo a Lorca y Eduardo Ugarte en la exposición-.

La muestra además tiene otros protagonistas como Lorca, Falla, Manuel Ángeles Ortiz e Ismael de la Serna. Fulgor y Castigo de Hermenegildo Lanz muestra tres dibujos y una primera edición de Impresiones y paisajes dedicados por el poeta granadino a Lanz en los años 20; varios retratos del titiritero elaborados por los pintores granadinos; y cartas enviadas entre el músico gaditano y Lanz.

En el verano de 1936 todo cambió. "La guerra le salió al paso o, más que la guerra, el desprecio reconcentrado de los mediocres que aguardaban la oportunidad en las cloacas. Y ya nada fue igual", se lee en una de las paredes de la exposición. En agosto de 1936, un mes después de la sublevación militar, ya le habían confiscados los bienes. Después, lo dejaron sin trabajo y lo deportaron a Logroño, donde le prometieron una plaza de maestro que nunca existió. Tres meses después volvió a su casa de Granada, donde se produjeron registros y hurtos, y ahí empezaron las denuncias infundadas, cuyas reproducciones y algunos originales están expuestos en la muestra.

"No sabemos por qué recibe ese castigo tan desmesurado. Sus exposiciones políticas estaban lejos de ser militantes. Los mayores señalamientos vienen de los vecinos", reprocha el comisario de la exposición donde se exhiben cartas de Falla al capitán José María Nestares para pedirle un mejor trato a Lanz. Se le acusó de fundar el Ateneo en la época de Azaña, de trasladar armas en cajas de La Normal, y hasta de construir una radio con la que se comunicaba con la URSS -era un cuadro de luces, que se encuentra en la muestra, utilizado para iluminar una versión de El gran teatro del mundo-.

Pobre y apartado de todo lo que amó, el artista siguió creando. Se dedicó a fabricar juguetes para subsistir y elaboró marionetas, esta vez con caras grotescas y tristes. Un día de mayo de 1949, Lanz, al regreso de un curso de adoctrinamiento, caía fulminado en la calle. Su corazón, cerrado por derribo, dejaba de latir. Granada perdía a uno de sus grandes creadores, cuya vida y obra se vieron truncadas por el Franquismo.

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