Juan Francisco Fuentes: “Me sentí poseído por esa alegría de vivir que transmiten los protagonistas del libro”
Recibió el Premio Nacional de Historia 2025 por ‘Bienvenido, Mr. Chaplin’ (Taurus), sobre la americanización del ocio en la España de entreguerras
El maestro ha elegido con precisión el lugar del encuentro, el Círculo de Bellas Artes, que se estableció en la calle Alcalá a finales de los años 20 del siglo pasado. Se entiende aquí por qué escribió esto Iliá Ehrenburg al llegar a la capital en 1931: “¡Ya estamos en Madrid! Gran Vía. Rascacielos”. Como el escritor ruso-judío corresponsal en la Guerra Civil española, Juan Francisco Fuentes, barcelonés de 70 años, se dejó también seducir por lo americano y acaba de recibir por ello el Premio Nacional de Historia 2025. Su obra sobre la americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras se llama Bienvenido, Mr. Chaplin (Taurus, 2024), y el título se le ocurrió, a lo académico griego, en el gimnasio.
Estamos pues en el escenario del crimen de un libro de casi 500 páginas donde late el “sentido dionisiaco de la vida” de una generación de españoles que cayó “rendida al encanto de Yanquilandia” en unamuniana expresión. La obra surgió de lo que él llama “el efecto dominó” de una escritura anterior –una encuesta que el diario El Sol hizo a un grupo de jóvenes de los años 20 y que desembocó en La generación perdida (Taurus, 2022)– así como de la idea de buena editora y de ciertos recuerdos de su familia gallega: “Mi padre me hablaba de su abuelo materno, que hizo la mili en Cuba y le contaba cosas extraordinarias, como lo exótico del sitio, la abundancia de frutas desconocidas en España, y también de parientes suyos que emigraron a Estados Unidos en los años 10 y 20, y que mandaban cartas, fotos. A algunos de ellos los conocí yo de mayor, y eran personajes completamente americanizados. En el libro cuento el caso de un asturiano que emigra a EEUU y que al despedirse de su familia en una carta firma como Manolo y entre paréntesis añade aquí me llaman Robert.
Llama la atención en este minucioso trabajo de investigación que el embrujo americano sedujera por igual a izquierda y derecha, algo que que Fuentes comenzó a percibir en la mencionada encuesta: “Eran chicos muy jóvenes, de izquierdas, y con fascinación incluso por la Unión Soviética. Pero su gran referencia para entender el mundo moderno era EEUU, y sobre todo aquello que conectaba mejor con su idea hedonista de la vida. Lo fácil es entender cuándo la izquierda se hizo antiamericana, lo difícil es entender que hubo una izquierda proamericana”. Cita a Matilde Ucelay, una de las jóvenes entrevistadas y primera mujer en España Premio Nacional de Arquitectura en 2004: “Para mí gozar es vivir y vivir es gozar”. El historiador se contagió de este espíritu: “Me sentí poseído por esa alegría de vivir que transmiten los protagonistas del libro. Lo podría haber tomado por el lado fáctico, sabiendo que esta historia acaba muy mal. Pero el proceso de escribirlo concuerda con esa alegría de vivir, con ese movimiento de un mundo nuevo, la parte divertida de la modernidad, las costumbres. Todo fetichismo ligado al siglo XX, los rascacielos, los anuncios de marcas americanas, de Coca Cola, de Kodak, la penetración de toda esa cultura de masas en España. Cada descubrimiento era como un chispazo de placer”. Tras esa joie de vivre que lo apartó de los “caminos historiográficos al uso”, mucho ha cambiado su vida en apenas dos años: se ha jubilado como catedrático, se ha convertido en excelentísimo señor tras entrar en la Real Academia de la Historia y es una presencia permanente en prestigiosas fundaciones y foros. Lo mejor de Fuentessu –su ausencia de vanidad– se convierte en la pesadilla de cualquier entrevistador: “Odio la exposición pública. No siento ninguna obligación, ningún deseo y ninguna necesidad. He dejado en mis libros algún destello de eso que ahora se llama egohistoria, la historia explicada a través de uno mismo, una de las últimas modas historiográficas. Pero si me sintiera obligado a contar mi vida, dejaría de escribir. No me compensa”.
Se sabe poco de él. Hijo de militar, el Derecho fue su primera opción y la Historia llegó por azar. En 1981, recién casado con una compañera de la Universidad de Barcelona, Pilar Garí, geógrafa de formación y traductora de oficio, se estableció un año en París para investigar a un “tipo muy poco conocido”: el político, escritor y traductor andaluz José Marchena y Ruiz de Cueto (1768-1821), el llamado abate Marchena, “uno de los primeros revolucionarios que hay en España”. A él dedicó cuatro años de tesis doctoral: “Era muy excéntrico, genialoide, un perdedor vocacional. Siempre se equivocó de bando. Incluso cuando, quizá forzado por los años, quiso jugar a oportunista y se hizo afrancesado. Incluso entonces le salió mal”. En París, el joven doctorando fue muy feliz. El abate fake cambió su vida. Encontró las fuentes necesarias “para convertir esa historia de un personaje más bien estrafalario en un discurso coherente en términos historiográficos” hasta superar a Menéndez Pidal en José Marchena. Biografía política e intelectual (Crítica, 1989). A su regreso a España, el azar confabulado con la necesidad dio un nuevo giro a su vida intelectual cuando ya daba clases de historia contemporánea en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense: “Necesitaba saber cómo acababa esa historia. Quería saber cómo acababa la película. Era como una serie con varias temporadas”. Así llegó a su actual campo de habilidad: los años 30 del siglo pasado, la Guerra Civil, el socialismo, la Transición, la monarquía. Hubo recuerdos familiares, pero aquí no se mencionan: “Sabía muy bien todo lo que había pasado. Era un tema sabido y había más bien un rechazo a una experiencia traumática. El impulso psicológico que lleva a la Transición es la Guerra Civil entendida como una guerra de los padres y de los abuelos que había que superar”. Mientras los nuevos planes de estudio borraban al siglo XIX del mapa académico, el pasaba horas investigando en el Archivo Nacional. Un día, “curioseando”, dio con el archivo personal Luis Araquistáin, otro gran desconocido a pesar de su papel como periodista, escritor, embajador y político socialista durante la II República: “Me di cuenta de que su epistolario era la documentación soñada para una biografía. La verdad de la historia está en los epistolarios”. El resultado fue el libro Luis Araquistáin y el socialismo español en el exilio (1939-1959) (Biblioteca Nueva, 2002). Tres años más tarde le siguió Largo Caballero. El Lenin español (Síntesis), la biografía del sindicalista marxista que llegó a presidente del Gobierno en la II República. En 2011 publicó su último semblanza: Adolfo Suárez. Biografía política (Planeta). ¿Otro perdedor como el falso abate? “En general podemos decir que sí. Creo que la historia de un triunfador es mucho menos interesante que la de un perdedor. Creo además que las biografías siempre acaban mal, y no solo porque el personaje muere, sino porque al final, cuando el biografiado echa la vista atrás y evalúa el coste que ha tenido para él ese papel y compara las ilusiones que lo pusieron en marcha con lo que finalmente ha conseguido, la sensación en general es de fracaso. Churchill, por ejemplo. La derrota de 1945 no se la podía haber imaginado ni él ni nadie. La política tiene esa lado un poco cruel. Ahí se pone de manifiesto que el destino sigue jugando con la vida de la gente”.
De sus cuatro historias de vida se queda con la de Suárez, “aunque sería un poco injusto porque a la que más debo es a la de Marchena”. Apenas ha posado su mirada biográfica sobre una mujer, aunque destaca la biografía colectiva que firmó junto a su propia esposa en 2014: Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII (Marcial Pons). “Entre las 1.500 investigadas recuerdo a María del Carmen Sardi, una mujer prácticamente desconocida que ayudó a los presos liberales. La seguimos a través de varios archivos europeos, entre ellos el de Wellington en Southampton”. Admite que al investigar a Araquistáin le hubiera gustado biografiar más a su esposa, la suiza Trudy Graa, “un personaje fascinante, guapísima, culta, políticamente comprometida, implicada en el asociacionismo femenino de los años 20 y 30. Pero esa biografía sí que era imposible por falta de fuentes”. Ante un intelectual de su talla, el público hace presentismo y exige conocer su opinión sobre la actualidad: “Lo entiendo, pero es un gran error. Los historiadores nos relacionamos muy mal con el futuro y casi con el presente. En general, los intelectuales se equivocan más cuando hablan del futuro que el común de los normales. Es tremendo”. ¿Por qué? “Eso es una buena pregunta que creo que no se ha hecho nadie. A menudo por un exceso de ideología, a menudo por un afán de protagonismo y a menudo por una sobrevaloración de la capacidad racional del ser humano en el mundo moderno. Si has leído un número determinado de libros y has reflexionado por esos temas y pasas por un intelectual tienes que saber lo que va a pasar. Eso no solo no es así, sino que a menudo ocurre lo contrario”. Pone de ejemplo al efímero presidente Calvo Sotelo, que dejó una biblioteca con 10.600 libros: “Él dijo que para ser político es mejor no leer y se comparaba con Suárez, que llegó a decirle a Landelino Lavilla: Vosotros sabéis más que yo, pero yo veo más lejos que vosotros. Y Landelino me dijo a mí: Tenía razón. Los libros te marcan el umbral de lo posible. Una persona que no ha leído muchos cree que todo es posible. Ese fue el papel de Suárez en la Transición. Pensar que había ciertas cosas que todo el mundo pensaba que eran imposibles y hacerlas realidad”. De modo que en un mundo contemporáneo “que vive bajo un completo adanismo y con una sensación de ruptura permanente”, su labor es “distinguir la continuidad de la ruptura”. En los medios de comunicación no hay rasgos de continuidad ningunos porque carecen de perspectiva y por tanto “hoy vivimos bajo la sensación de que la tecnología manda sobre la voluntad de las sociedades, de los políticos, de los líderes”. ¿Cuáles son pues esos factores de continuidad. “La monarquía es un buen ejemplo. Creo mucho también en las humanidades clásicas. El ser humano, y más en el mundo contemporáneo, tiene horror al vacío. Las tradiciones históricas permiten compensar el vértigo de la modernidad. Ir al museo del Prado de vez en cuando, buenas exposiciones, buenos libros, buenas películas”. El maestro –así lo llamamos ex alumnos y doctorandos– ha despedido 2025 escribiendo en la revista Letras Libres sobre el rey emérito: “Tras la publicación de sus memorias, la biografía de Juan Carlos I es tierra quemada”.
Un artesano de la biografía y de la historia
Gracias a la tecnología, este biógrafo y contemporaneísta de reconocida excelencia puede hacer ya lo que más le gusta: trabajar en silencio sin salir de casa. Alaba a España por una “digitalización hemerográfica”, que la sitúa por delante de Francia y del Reino Unido. Lejos quedan esos días de 1981 cuando en París llegó a copiar a mano un tomo entero de La Spectateur Français para su biografía de Marchena. El 24 de noviembre de 2024, la Real Academia de la Historia premió toda una vida de trabajo callado: “La historia al final es un oficio, como todo. Es una mezcla de saberes, adquiridos, heredados, buscados, de experiencia y de algo muy importante que no se enseña pero se puede aprender que es el amor al trabajo bien hecho. Yo tengo una concepción muy artesanal de mi trabajo. Y esa concepción de mi trabajo pasa por disfrutar haciendo lo que hago. Y pasa por tener un oficio que resulta muy creativo, que requiere una serie de herramientas, como la de los viejos artesanos, y al final es un trabajo bastante solitario. Tiene mucho que ver con una cierta idea de la vida, y la cuestión al final es muy sencilla: ¿te gusta o no te gusta lo que haces? Si te gusta a ti y les gusta a algunos digamos que te ha ido razonablemente bien. El problema es transmitir todo esto: tú puedes enseñar a que te guste la historia contemporánea pero es muy difícil enseñar a ser historiador. Hay cosas que se pueden aprender pero no se pueden enseñar”.
Ha escrito 22 libros a lo largo de estos 40 años dando clases de Historia en la Universidad Complutense. Suficientes quizá para describir el “proceso complicado” por el que transitan los aspirantes a biógrafos: “El primer paso es meterte en el personaje. La admiración es más bien un peligro porque tienes que saber exactamente cómo era, qué pensaba, qué hubiera dicho en tal o cual situación, tienes que conocerlo lo suficiente como para rellenar los huecos y explicarte comportamientos que a simple vista pueden parecer absurdos. Primero tienes que convertirte un poco en él, y luego tienes que salirte de su cuerpo y tomar la distancia suficiente para no dejarte llevar por los sentimientos, la simpatía o una serie de factores contaminantes”.
¿Y dónde queda el autor? “La personalidad del biógrafo está en el biografiado. La forma en la que tú escribes tus biografías estás contando mucho sobre ti mismo. Para poner al descubierto la vida y la personalidad de otro tienes que esconder la tuya propia y si no, no funciona. Al lector le interesa el personaje, no el autor”.
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