Novedad editorial

20.000 leguas de viaje submarino

  • Se cumplen 150 años de la publicación de la famosa novela de Jules Verne

  • La editorial Cátedra ha publicado una edición crítica a cargo de Miguel Ángel Navarrete en su colección Letras Populares

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20.000 leguas de viaje submarino / R. G.

La literatura de Julio Verne está concebida bajo el signo del viaje; el mundo es ancho y ajeno, se dijo el francés, y lo recorrió por tierra, mar y aire a bordo de las máquinas más revolucionarias y estrafalarias que quepa imaginar, si bien ninguna tanto como el Nautilus, el ingenio submarino del capitán Nemo, uno de sus vástagos más intrigantes, sino el que más.

Suele decirse equivocadamente que la imaginación de Verne inspiraría los sumergibles del futuro. (De su futuro). No es verdad. O sí, pero tal como se cuenta parece una mentira. Cuando Verne escribió Veinte mil leguas de viaje submarino existían ya numerosos prototipos que él estudió con sumo detenimiento; uno de estos aparatos submarinos, construido por el ingeniero norteamericano Robert Fulton en 1800, fue bautizado precisamente con el nombre de Nautilus. La suma de aquellos artefactos dio como resultado su apoteosis fantástica, una nave entre cuyas paredes metálicas han quedado atrapadas generaciones enteras de lectores.

Veinte mil leguas de viaje submarino empezó a publicarse por entregas en el Magasin ilustré d’éducation et de récréation, y toda ella está recorrida por un afán divulgativo muy característico. (De Verne podría decirse lo que Chesterton dijo de Robert Louis Stevenson: que se pasó la vida enseñándole al mundo lo que de él había aprendido). La primera parte de la novela apareció en volumen en octubre de 1869, ahora se cumplen la friolera de 150 años; la segunda parte, en junio de 1870; y no tardó en convertirse en una de las obras más señaladas de su autor.

Verne, con su habitual savoir faire, empieza arrojando las redes de la ficción en los caladeros del misterio: las primeras noticias hablan del avistamiento de una bestia de las profundidades en lugares distantes entre sí; se habla de una nueva Moby Dick o de un nuevo Kraken. La verdad, siendo más prosaica, no deja de ser poética. El monstruo avistado es obra humana -obra sobrehumana, en verdad- y su gran artífice es un héroe muy shakesperiano.

Al igual que Próspero en La tempestad, el capitán Nemo ha dado la espalda al mundo. Tras embarcar en el Nautilus, ha prometido no volver a poner un pie en tierra firme; no quiere saber nada del resto de los hombres ni que ellos sepan de él. El capitán Nemo, representante de un Romanticismo tardío, se enfrenta a los paladines del Positivismo en su propio terreno y les advierte de que el progreso dejará al hombre todavía más solo.

La narración se pone en labios de uno de aquellos positivistas, el insigne Pierre Aronnax, profesor adjunto del Museo de Historia Natural de París, y huésped en la fragata norteamericana Abraham Lincoln, que zarpa con la misión de dar caza a esta nueva Moby Dick, este nuevo Kraken, que está sembrando el terror en los mares. Cuando intentan capturarlo, el profesor Aronnax, su ayudante Conseil y el arponero Ned Land caen a las aguas, y son rescatados por Nemo.

El capitán les abre las puertas de su nave, que es al mismo tiempo hogar, laboratorio, biblioteca y museo. (En el Nautilus no falta nada de cuanto Verne estimaba provechoso para el ser humano). A lo largo de veinte mil leguas y de un extremo a otro del planeta, los protagonistas vivirán toda suerte de peripecias: serán atacados por tribus caníbales, descenderán al abismo para visitar los restos de la Atlántida, lucharán contra una docena de pulpos gigantes, quedarán atrapados bajo el hielo antártico, etc. Y no solo: esta larga travesía bajo el mar le consiente hacer un recorrido por la flora y fauna marina y submarina conocida entonces. Como he dicho, para Verne, la aventura siempre fue una forma de conocimiento y el conocimiento, una forma de aventura.

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