Una amistad inquebrantable

José Vallejo publica el epistolario entre Manuel de Falla e Ignacio Zuloaga, un diálogo entre la música y la pintura que rescata la profunda conexión artística y personal entre ambos artistas durante más de tres décadas

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Manuel de Falla e Ignacio de Zuloaga.
Manuel de Falla e Ignacio de Zuloaga. / Archivo
Gonzalo Roldán Herencia

Granada, 23 de enero 2026 - 13:52

La apertura del año académico ha contado con un hito cultural de primer orden: la presentación del libro Epistolario Manuel de Falla - Ignacio Zuloaga por José Vallejo Prieto. El acto tuvo lugar este mien la sala de prensa del Hospital Real, y reunió a las principales instituciones culturales de la ciudad, fue presentado por María Isabel Cabrera García, en representación de la Universidad de Granada, quien ejerció como anfitriona y moderadora. En su intervención, Cabrera definió la obra de José Vallejo como la culminación de una década de estudios del autor –que en 2015 comisarió la exposición Zuloaga-Falla: Historia de una amistad– y contextualizó el epistolario dentro de una sólida colaboración entre la editorial universitaria y el Archivo Manuel de Falla, destacando la importancia de recuperar el rico ambiente cultural de finales del siglo XIX y principios del XX. Subrayó cómo este libro revela una conexión "maravillosa" entre las artes, donde la música y la pintura se entrelazaban de forma natural, personificada en la figura de Falla, quien siempre ha sido una figura de referencia para la institución.

La presentación contó con la presencia de las instituciones responsables de la publicación, que se enmarca en un proyecto de investigación muy ambicioso, tal como resaltó Elena García de Paredes, presidenta del Archivo Manuel de Falla. En su intervención resaltó el valor emocional e institucional de esta publicación, que calificó no solo de un logro académico, sino que supone también un acto de justicia hacia dos figuras inmensas que compartieron una visión única del arte y de España. En su elogio del autor puso en valor la minuciosidad del estudio de esta correspondencia, que ha conseguido transformar documentos antiguos en una "conversación viva" accesible para el lector contemporáneo. Además, celebró que la obra se presente en un doble formato, papel y digital, asegurando que el legado de Falla se difunda con la máxima rigurosidad y alcance posibles en la era actual.

Por su parte, Álvaro Flores Coleto, en su calidad de director de proyectos del Archivo Manuel de Falla, ofreció una perspectiva centrada en la complejidad de la gestión documental y la importancia de la cooperación. Flores describió el proceso como un reto fascinante que ha permitido desvelar la "trastienda" de la creación artística, mostrando cómo se gestaban las ideas y el apoyo mutuo entre el pintor y el músico. Su intervención subrayó que cada carta es un tesoro cuya organización coherente en este volumen es la mayor recompensa al trabajo diario de conservación del archivo.

Foto de familia de la presentación del volumen este miércoles.
Foto de familia de la presentación del volumen este miércoles. / G. H.

En el acto estuvo también el catedrático de Historia y Ciencias de la Música Antonio Martín Moreno, responsable inicial del proyecto de investigación que lleva casi dos décadas trabajando el epistolario de Falla. En una docta intervención, situó este epistolario en el marco de la "Edad de Plata" de la cultura española, una labor que continua activa con proyectos futuros centrados en la relación entre Manuel de Falla y Felipe Pedrell o Higinio Anglés, entre otros. Martín Moreno definió la relación entre Falla y Zuloaga como un diálogo paradigmático entre disciplinas que ayudó a construir la modernidad en España. Destacó que las cartas revelan a un Falla profundamente humano, con inquietudes éticas y vitales, cuya rectitud moral era admirada por Zuloaga. En su valoración científica de la obra destacó el inmenso aparato crítico que acompaña a las cartas editadas por José Vallejo, que permite al lector no perderse en las referencias de hace un siglo y comprender la excelencia que alcanzaron estos dos genios.

La dimensión científica y técnica del volumen fue destacada también por Joaquín López González, profesor de Historia y Ciencias de la Música y responsable del proyecto de investigación del epistolario Falla en la actualidad. Explicó que la obra publicada es el resultado de un proyecto de I+D financiado por el Ministerio, lo que garantiza su rigor científico y su valor como herramienta de consulta obligatoria para estudiosos de la musicología y el arte. Alabó la labor hercúlea de José Vallejo al anotar y contextualizar más de un centenar de documentos, permitiendo seguir la evolución de una amistad que fue determinante para la gestación de muchas obras de Falla. Para López González, este libro representa una transferencia de conocimiento esencial desde la universidad hacia la sociedad, rescatando una relación que definió la identidad artística de una época.

Finalmente, la intervención de José Vallejo Prieto hizo las delicias de los asistentes, pues con su docta oratoria y su cariño hacia la obra de Falla y Zuloaga acercó el contenido de su epistolario a los asistentes, desvelando algunos hitos de esta bella amistad a través de las palabras inmortalizadas en su correspondencia.

Un viaje a través de la investigación

Durante su intervención, José Vallejo subrayó que, para los amantes de la investigación, el extenso aparato de notas al pie que acompaña al libro es una "pieza fundamental". Según el autor, este soporte no es mero adorno, sino lo que permite "ampliar nuestra curiosidad" y motiva al lector a emprender sus propias indagaciones, ya que amplía el contenido de las cartas con referencias a personas, publicaciones y eventos de la época con un aparato crítico excepcional.

El libro nace de un esfuerzo colectivo y de una riqueza documental apabullante de la que el autor tomó conciencia hace quince años, cuando comisariaba una exposición sobre el títere español en la música para el Archivo Manuel de Falla. En su investigación ha consultado no sólo las doscientas cincuenta cartas del epistolario, sino además otras correspondencias y borradores de Falla, la prensa nacional e internacional de la época, material gráfico y vestuario asociado a las producciones referidas, así como anotaciones manuscritas en otras fuentes. Vallejo destacó que este trabajo no habría sido posible sin el Archivo Manuel de Falla y a su personal, al que describió como un "archivo histórico de talla mundial" y una pieza clave del patrimonio granadino y europeo.

"Que la ópera de París huela a ajo"

Uno de los momentos más curiosos de la charla fue la mención a una anécdota compartida con el investigador Leopoldo Pardo. Vallejo rescató una declaración de intenciones de Zuloaga que resume la esencia de la colaboración entre ambos artistas, que le escribía "vamos a hacer algo inconcebible, vamos a conseguir que la ópera cómica de París huela a ajo". Esta frase, extraída de una carta, simboliza el deseo de ambos de llevar la identidad española más pura y "pegada a la tierra" a los escenarios internacionales más sofisticados.

Ya en estos momentos incipientes de la relación entre ambos artistas se establecía lo que para José Vallejo es "un viaje paralelo entre las dos carreras", analizando cómo las vidas de Manuel de Falla e Ignacio Zuloaga se entrelazaron desde su encuentro en Francia en 1913 hasta sus últimos días. A través del epistolario, se reconstruye una relación que fue mucho más allá de lo profesional, sobreviviendo a fracasos artísticos y tensiones creativas.

Una relación creativa muy fructífera

Uno de los momentos iniciales de esta cronología afectiva se sitúa en 1917, con la inauguración de las escuelas de Fuendetodos, en la casa natal de Goya, adquirida por Zuloaga. El pintor logró convocar a la intelectualidad hispana y francesa en una "fiesta de intelectuales" donde Falla tuvo un papel protagonista. Vallejo relató con viveza cómo el compositor tocó el armonio en la iglesia durante la misa de bendición. Más tarde una soprano, acompañando a Falla, salía al balcón con Zuloaga a cantar la jota de Falla, ante una multitud llegada desde Zaragoza.

No todo fueron éxitos. Vallejo detalló el complejo intento de convertir La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta, en una ópera. Zuloaga, que había pintado un retrato magistral del escritor, actuó como mediador en un proyecto en el que ambos artistas trabajaron intensamente. Sin embargo, las diferencias creativas entre el autor y el compositor terminaron por hacer naufragar la obra. En este punto, Vallejo destaca la solidez del vínculo entre el músico y el pintor: a pesar de que se deshace el proyecto, la amistad entre ambos "seguirá manteniendo su hilo hasta el último día de existencia de ambos", demostrando que su unión era inmune a los reveses profesionales.

El secreto del Cante Jondo y la "invasión" de Granada

El año 1922 marcó otro hito de su amistad, con la celebración del Concurso de Cante Jondo. Vallejo desveló que Falla, en un principio, comunicó sus planes a Zuloaga de manera "bastante escondida", temiendo que la verbalización del proyecto por carta pudiera comprometer el proyecto. Cuando finalmente Zuloaga conoció el proyecto, no solo se volcó en el concurso, sino que intentó organizar una gran exposición para jóvenes pintores granadinos en el Carmen de los Mártires, similar a la que impulsó para los artistas aragoneses. Aunque por cuestiones administrativas no resultó como se planeó originalmente, derivó en una monumental exposición monográfica de Zuloaga que situó a Granada en el centro del mapa artístico nacional.

Los "animales de escenario" y el retrato de Falla

Vallejo calificó a ambos como "animales de escenario", destacando su capacidad para entender el espacio dramático, lo que culminó en la puesta en escena de El retablo de Maese Pedro en 1928, con escenografía del propio Zuloaga. También mencionó la colaboración con José María Sert para el proyecto de Atlántida y su posible – aunque poco realista – estreno en San Sebastián. Fue éste un periodo de intensa actividad para ambos artistas, que al verse en la ciudad de “La Concha” dio la oportunidad a Zuloaga de tomar los primeros apuntes para realizar su famoso retrato del compositor, del que se conserva una primera versión en negro (hoy en el Instituto Cervantes de París) y el retrato definitivo que daría lugar a la imagen más difundida de Falla, inmortalizado en el billete de cien pesetas que todos conocen. Un final simbólico para una historia que comenzó con cartas manuscritas y terminó grabada en la moneda y la memoria de todo un país.

Inquietudes compartidas en una España convulsa

El epistolario subraya, según el autor, el contraste entre las personalidades de ambos genios durante los años 30. Mientras Manuel de Falla expresaba su profunda preocupación con el momento político de España por razones relacionadas con su fe cristiana —algo para él "fundamental y troncal"—, Zuloaga vivía casi aislado en el norte de España, volcado en una creación artística desbordada como vía de escape ante las huelgas y la represión. Vallejo destaca la angustia de Falla tras incidentes como el incendio de la Iglesia de San Nicolás, un trauma absoluto para el músico, quien tenía una conexión emocional muy fuerte con ese entorno desde el Concurso de Cante Jondo. Esta "angustia compartida" se refleja en cartas donde Zuloaga confiesa pintar para "hacer algo que merezca la pena, aunque sea solo para nosotros".

El adiós que Zuloaga no supo leer

Uno de los momentos más emotivos de la intervención fue el análisis de la última carta de despedida de Manuel de Falla antes de partir hacia Argentina. Vallejo describe este documento como una pieza "básica y troncal", donde el compositor, de manera inusualmente clara, se despide sugiriendo que no volverá.

Sin embargo, en un giro casi trágico, Zuloaga no llega a captar la gravedad del mensaje, respondiendo con un optimista "ya nos veremos". Falla se estaba despidiendo y Zuloaga no percibe en ese momento, desentrañando la compleja psicología de estos dos personajes en momentos críticos.

"Fue tan breve": El resumen de una vida

José Vallejo cerraba su intervención haciendo alusión a cómo Manuel de Falla describió su amistad de toda una vida con Ignacio Zuloaga como un breve momento. En la carta de despedida de Falla, éste se despide diciendo: "Qué pena que fuera tan breve el momento en que nos vimos". Vallejo aclaró que esta expresión no se refiere a un encuentro físico reciente en Madrid o San Sebastián, sino que es una metáfora de toda su relación. Para Vallejo, estas palabras destilan el dolor de Falla al comprender que su partida era un viaje sin retorno, dejando atrás al que había sido su gran aliado en la búsqueda de la belleza y la identidad española. Con este análisis sobre el peso de los silencios y la profundidad de los vínculos humanos, José Vallejo Prieto cerró una intervención que no solo nos acercó al epistolario que ha editado, sino que rescató la humanidad de dos figuras fundamentales de la cultura europea.

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