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Un maleficio daliniano que no expira

  • Hace unos días se cumplió el 25 aniversario de su muerte, un final que sigue generando interrogantes

Hace unos días se cumplió el 40 aniversario de la apertura del Teatro-Museo Dalí en Figueres (Girona). Lástima que esta celebración, que coincide también con el 25 aniversario del fallecimiento del pintor, siga arrastrando una suerte de maleficio que no deja tranquilo al cadáver. Porque desde que murió el artista no se callan las voces que piden aclaraciones de por qué un alcalde decidió sin testigos, testamento ni pruebas, enterrarle allí y no en Púbol junto a Gala en una cripta que cualquier turista puede visitar hoy y donde Dalí ya había construido su propia sepultura al lado de su musa.

Según la versión oficial del entonces alcalde de Figueres, el convergente Marià Lorca, Dalí le comentó su voluntad de yacer en su museo de Figueres el 1 de diciembre de 1988 a solas en la Clínica Quirón de Barcelona, donde desde el 28 de noviembre el pintor estaba internado por "insuficiencia cardiorrespiratoria aguda por infección y tromboembolismo pulmonar" según el parte médico. Dalí siguió en este centro hasta el 14 de diciembre por su deseo de trasladarse a su domicilio, pero el 22 de diciembre tuvo que volver a ser ingresado esta vez en el Hospital Comarcal figuerense, donde, según los partes médicos, su situación era "estacionaria" y seguía "tratamiento de insuficiencia respiratoria, neumonía e insuficiencia cardiaca con pronóstico muy grave".

Así siguió Dalí en el hospital, apagándose día tras día hasta el 23 de enero de 1989, cuando expiró. Dos días antes, el 21 de enero, el alcalde de Figueres hizo público el supuesto deseo de Dalí. Sucedía un día después de que se le hubiera administrado la extremaunción. A muchos sorprendió la noticia por cuanto Gala seguiría solitaria en la tumba de Púbol, pero no hubo tiempo de cuestionar nada. El alcalde impuso su política de hechos consumados y llamó a los paletas para que abrieran el suelo donde se depositaría el túmulo bajo la cúpula geodésica del museo. Seguramente por las prisas, porque las crónicas estaban más pendientes de la herencia -¿a España o a Cataluña?- y porque Gala no fue precisamente una mujer querida en el Empurdà, tampoco se cuestionó este enterramiento express.

A los neo-románticos, a quienes este tipo de insignificancias nos afectan, nos sigue perturbando un interrogante: ¿Cómo es posible que durante 52 días, es decir, desde el 1 de diciembre de 1988, fecha de la supuesta declaración de Dalí al alcalde sin testigos y en cuidados intensivos, hasta el 21 de enero de 1989 cuando éste hace pública la supuesta conversación, el alcalde no fuera capaz de llamar a un notario para levantar acta pública de la voluntad del pintor de cambiar su sepultura?

Digamos de paso que la conversación entre ambos en la UVI (donde estuvo hasta el 4 de diciembre) debió de ser muy daliniana. Las imágenes captadas esos días cuestionan por sí mismas la veracidad de la versión oficial y muestran claramente el precario estado físico del pintor, un anciano de 85 años gravemente enfermo, que desde 1980 padecía Parkinson según su médico neurólogo el Dr. Manuel Subirana, que había sufrido quemaduras en parte del cuerpo al incendiarse su cama en Púbol en 1984, y que se apagaba lentamente conforme avanzaban los años.

Es muy posible que el alcalde quisiera evitar llamar al notario para no entorpecer su política de hechos consumados. Que el matrimonio Caminada que había atendido el servicio doméstico de Dalí durante nada menos que 42 años no protestara, que tampoco el secretario del pintor Robert Descharnes tuviera margen de maniobra ni la hermana de Dalí, muy enferma entonces.

Artur Caminada cuestionó tarde la alcaldada, atribulado como estaba ante tanto copete y tanta autoridad. Murió al poco, pero antes dejó grabada una entrevista televisiva donde sin matiz alguno rechaza el lugar del sepulcro. Beatriz de Moura también objetó sobre las formas y el fondo: ("¿Desde cuándo la palabra de un alcalde ha pasado a ser dogma?"). Más enfadado se mostró el otro alcalde Benjamin Artigas, ("Marià Lorca nos ha engañado a todos, porque Dalí quiso siempre ser enterrado aquí, en Púbol"). Yo mismo abrí entonces un apartado de correos pidiendo firmas contra lo mismo, con poco éxito, la verdad.

Luego se han ido sumando más personas a esta causa post mortem, como la cineasta Silvia Munt, que mostró sus dudas sobre el entierro en el documental "Gala" estrenado en 2003; el fotógrafo de la musa Marc Lacroix; o el ex secretario de Dalí y enemigo público número uno de la Fundación de Figueres, Robert Descharnes, que en 2004 remitió al Rey Juan Carlos 700 firmas en contra de la tumba actual ("Algún día tendrá que cumplirse la verdadera voluntad del artista que él mismo había expresado ante notario. Si se busca en los archivos, seguro que se encontrará el acta en la que expresamente pidió estar con Gala").

Sólo ahora, 25 años después de la alcaldada y 40 años de la apertura de este museo, los parientes lejanos de Dalí (con quienes ya se sabe que el pintor no tenía una relación muy estrecha) empiezan a criticar en voz alta a la todopoderosa Fundación que administra la herencia del pintor. "No se nos consultó dónde enterrarle", me ha confesado recientemente la sobrina Lali Bas Dalí, decepcionada de que la Fundación no haya favorecido a la familia comprándoles recuerdos.

Conviene recordar aquí que Dalí estuvo unido a Gala toda su vida desde que se conocieron en 1929, con ella contrajo matrimonio civil en 1934 y eclesiástico en 1958. Ambos siguieron juntos llevando una vida poco común para la España de la época hasta que ella falleció siete años antes que él, en 1982.

Después de morir Gala el Rey Juan Carlos nombró a Dalí marqués de Púbol (y no de Figueres) en agradecimiento a que el pintor donó al Estado español el retrato "Los tres enigmas gloriosos de Gala". También el artista decidió irse a vivir a Púbol para seguir espiritualmente cerca de su musa hasta 1984 en que se incendió el castillo. Es también en esos años cuando el pintor cambia el nombre de su Fundación, que pasa a llamarse y por este orden Gala-Dalí. Igualmente con Gala ya fallecida el pintor decidió modificar el nombre de la torre Gorgot de su museo de Figueres por torre Galatea. Incluso un mes antes de morir y ya hospitalizado, el 5 de diciembre de 1988, Dalí regaló al Rey Juan Carlos la obra Elegías a Gala cuando éste le visitó en la clínica.

Y también conviene recordar que para Dalí el tema de la muerte no era una cuestión baladí. El hecho mismo de que construyera la doble sepultura para Gala y él mismo en la cripta de Púbol indica sobradamente que este asunto le preocupaba. Y no era una ocurrencia más. Es conocida la obsesión que tuvo por levantar su mausoleo copiando la Tumba de los Carmelitas que se encuentra en la catedral de Nantes, labrada por el escultor Michel Colombe para el duque Francisco II y Margarita de Foix. Dalí quería hacer un molde de la misma y transformar algunos elementos, sobre todo introducir las figuras que dibujó en 1942 para la fosa de Julieta en el ballet Romeo y Julieta. El deán de la catedral finalmente no autorizó hacer el vaciado en escayola que pedía Dalí.

Es obvio que para Figueres enterrar a Dalí en esta ciudad ha sido una operación mercantil de primer orden con el objetivo de convertir el museo en la meca del surrealismo con cadáver incluido. En 2013 la Fundación facturó 4,4 millones de euros y recibió 1,5 millones de turistas. Los números van bien, pero el maleficio persiste. Gala continúa solitaria en Púbol y Dalí junto a las letrinas del museo. Francamente, no creo que a Dalí, por muy escatológico que fuera, le hubiera gustado que los de su Fundación le metieran en un nicho junto a tanto orín.

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