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A medio camino entre lo divino y lo humano

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Director artístico: Nacho Duato. Programa: 'O Domina Nostra', coreografía de N. Duato y música de Henry Górecki; 'De paso', coreografía de Gentian Duda, sobre músicas de Segade, Nichols, Borodin, Fleetwood Marc y otros collages; 'Gnawa', coregrafía de Nacho Duato, música de Hassan Hakmoun y otros. Lugar:Teatro del Generalife. Fecha: martes, 30 de junio de 2009. Aforo: lleno.

Nacho Duato ha impregnado, en estos veinte años que lleva de director artístico de la Compañía Nacional, su concepción y hasta estilo personal de la danza contemporánea. Ha logrado un conjunto disciplinado de bailarines y bailarinas, de gran calidad técnica y profesional, capaces de abordar con solvencia las coreografías. Ha arriesgado, en loor de una concepción intimista y un tanto hermética de la danza, los logros del espectáculo, demasiado necesitado de explicaciones sobre los fundamentos e ideas que quieren transmitirse, lo que siempre es un problema de comunicación.

Además, como ocurrió en el programa presentado en el Generalife, ofrece un ambiguo camino entre lo divino y lo humano, no siempre del mismo interés ni capaz de entusiasmar a los auditorios de hoy, por mucha atención que merezcan las nuevas aportaciones. En ese lado espiritual hay que destacar la belleza formal de O Domina Nostra, cuya protagonista es la Virgen María, mujer sobre todo, dolorida ante los hombres que asesinan a su hijo. La bella música para soprano y órgano de Górecki, inspirada en la venerada Virgen Negra de Jesna Gova, sirve de guión para la reiterada expresión corporal de los varones y un mensaje que, en la soledad del escenario lo llena de emotividad. ¡Cómo echamos de menos la apertura total del teatro, con sólo cipreses y luna como fondo!

No podemos decir lo mismo sobre de paso, coreografía de Gentian Dote y una mezcolanza de músicas, donde, entre chirridos horribles, lo mejor es cuando se raya el disco y los personajes se mueven o se inmovilizan como objetos mecanizados. Una estación de tren, donde la gente se cruza y hasta se saluda, con prisas para no llegar a ninguna parte, tiene esa relevancia apuntada de la capacidad técnica de unos bailarines de alta escuela, concentración y disciplina. Pero los buenos profesionales, por sí mismos, no pueden lograr el interés y la atención de los 30 minutos que dura la representación.

Tras la vuelta del espacio humano, cotidiano y vulgar, regresamos con Nacho Duato a su idea mística, pero esta vez con la luminosidad mediterránea, de la que es un enamorado, como ha demostrado en tantas otras creaciones. Gnawa, con músicas africanas -Hassan Hakmoun, Rudolf, Alberche, Pasariño, Abou-Kahali, Velez, Kusor y Saskissian- nos envuelve en unos aromas que nos recuerdan a los descendientes de los esclavos negros y su sentido religioso en el que la danza y la música constituyen liturgia. Sobre tal concepción y música, Duato realiza la apuesta más clásica, donde los pasos a dos se suceden, se busca la idea plástica del conjunto como ballet -utiliza a la totalidad de la compañía- y saca al público de su modorra. Consigue excelentes momentos e, incluso, hace valer el poder comunicativo de sus bailarines, como es el caso de Tamako Akyiyama y Dilmo Kirilov, o de Francisco Lorenzo y África Guzmán. Es una estampa coreográfica brillante y comunicativa, cosa que el público que asiste masivamente a las sesiones de danza le agradece. Porque la danza de hoy -y eso lo sabían muy bien Martha Graham o Maurice Béjart- no es sólo experimentos corporales, más o menos sorprendentes, sino que esos cuerpos -sobre una técnica, en muchos casos notable- sean capaces de transmitir las emociones que esperan los espectadores del siglo XXI.

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