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Los miedos que surgieron del frío

  • Se cumplen dos siglos de la reunión en Villa Diodati que vio surgir al modelo actual de vampiro y al monstruo de Frankenstein

La anécdota es una de las más famosas de la historia. En el verano (astronómico, al menos) de 1816, un lord Byron aclamado por su genialidad y vilezas recalaba en una finca suiza en compañía (entre otros) de su colega y sin embargo amigo, Percey Shelley; su mujer, Mary, y un médico de dudosa reputación, John William Polidori. Recluidos dentro de la finca e incapacitados para realizar cualquiera de las actividades al aire libre que se les suponían a los ingleses al uso (recorridos en bote por el lago, paseos a pie por los bosques, posar con glaciares al fondo, en fin), el clan de Byron se dedicó a hacer lo que hacían los ingleses al uso recluidos en torno al fuego del hogar: contar historias de miedo. El grupo leía los cuentos recogidos en una antología alemana, Fantasmagoriana, cuando se les ocurrió, para matar el tiempo, la idea de escribir ellos mismos distintas historias de terror.

No se sabe muy bien cuántas pudieron fabularse y cuántas llegaron a buen fin: existen ciertas dudas en torno a cuánto del relato de Polidori le corresponde a él realmente y se cree que Shelley inició un cuento sobre un fantasma hecho de cenizas que iba a estar dedicado a su hijo William. En principio, sólo dos de ellos consiguieron acabar sus propuestas: el médico y Mary Shelley.

El clima, desde luego, era literalmente propicio para la tarea. En abril de 1815, el volcán Tambora protagonizó una de las erupciones más violentas registradas en el planeta desde la Edad de Hielo, más incluso que la del volcán Santorini, que se dice pudo haber originado la leyenda de la Atlántida. Las cenizas de polvo volcánico quedaron suspendidas durante años en la estratosfera. Como señala Brian Fagan en La pequeña edad de hielo: "Las navidades blancas fueron frecuentes después de 1812. La niñez de Charles Dickens, que nació en ese año, transcurrió durante los años más fríos que vivió Inglaterra desde 1690. En el verano de 1816, las temperaturas fueron entre 2,3 y 4,6 grados más bajas de lo normal. El norte de Inglaterra tuvo el verano más frío en 192 años. Las granizadas y las tormentas eléctricas acabaron con los cultivos".

La temperatura media de ese verano en Ginebra fue la más baja desde 1753. Los selectos habitantes de Villa Diodati estaban rodeados de gente que pasaba hambre. El precio de los cereales y las patatas se había triplicado. "En 1817 -continúa Fagan- las calles de Zurich se poblaron de adultos y niños que vivían de la caridad ajena, hasta el extremo de que ese año se conoció como 'el año de los mendigos'. Tres mujeres culpables de infanticidio fueron ejecutadas y los suicidios crecieron rápidamente". Y no eran extraños, desde luego, los oráculos y las profecías apocalípticas.

Qué extraordinario acontecimiento, por otra parte, para un espíritu frívolo y romántico. ¿Y si...? -se podía llegar a pensar, en la seguridad tibia de Villa Diodati-. ¿Y si era cierto? ¿Y si el desenfreno de ese cambio de siglo, libre de corsés y caducas tradiciones, que cargaba con los horrores y anatemas de la Revolución Francesa y con las ansias de los modernos Prometeos, resultaba demasiado para el Señor de los Cielos? Pues si había algo allí arriba parecía, desde luego, enfadado. Dispuesto a demostrar hasta qué punto eran ciertos los atavismos que le hablaban al hombre primitivo -tan caro a los ojos de los modernos de entonces, de los modernos de ahora- de una noche eterna. Allí estaba el Señor de los Cielos, sin duda, demostrando a toda la creación que era suya y que podía ensañarse en su consunción en cuanto le viniera en gana. Y allí, a más colmo, precisamente allí abajo, bajo un techo arañado a relámpagos, tenían con ellos a Lucifer encarnado. Brillante, hermoso y perverso. Mad, bad and dangerous to know.

Las creaciones de Polidori y Mary Shelley inauguraron los miedos modernos. Esa es su primera y principal característica. El mito del vampiro existía, desde luego, mucho antes de que a Polidori se le ocurriera hacerlo protagonista de su relato. Vampiro era Lillith, vampiros eran los demonios diversos que mataban en el sueño a los lactantes. Los fantasmas de Homero, que lamían la sangre, tenían ínfulas de nosferatus. Los vampiros eslavos, levantándose de sus tumbas, añadían la condición humana, de muerto viviente, al mito del chupóptero. En su relato, Polidori lo incluyó de lleno en la condición de vampiro mental, existencial, de destructor psíquico a la par que físico. Un protagonista, en fin, cercano al actual concepto de vampiro emocional: "Su desdén hacia las adúlteras -explica, por ejemplo, en su texto- no tenía su origen en el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas -los compañeros de la culpa- fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación".

El vampiro de Polidori es más que un chupasangre: es un seductor. Inaugura y sublima el mito del héroe byroniano a partir de Byron mismo, con quien se dice que Polidori estaba obsesionado. Es un seductor aristócrata, poderoso y terrible, como Valmont, y como luego lo sería Dorian Grey.

Por otro lado, Mary Shelley confeccionó un monstruo a remiendos, con los pedazos que flotaban en aquella atmósfera eléctrica. Estaban los experimentos con electricidad en los músculos de Luigi Galvani. Estaban los muchos temores que escondía la reciente (y creciente) modernidad -precisamente, entre 1811 y 1813, proliferaron los ataques del movimiento ludita contra las manufactureras textiles-. Y, desde luego, estaba la visita, un par de años atrás, al castillo Frankenstein, donde Mary Shelley había quedado tremendamente impresionada por la historia de uno de sus habitantes, el científico Konrad Dippel y sus intentos de devolver la vida a los cadáveres.

El Frankenstein de Shelley retomó el antiguo mito del gólem más allá de lo límbico, de la pura bestialidad y la reacción primigenea, otorgándole humanidad e introduciendo un concepto muy común en el terror contemporáneo pero que, hace dos siglos, era novedoso: el monstruo está más cercano a nosotros de lo que creemos. Con un poco de mala suerte, el monstruo podemos ser nosotros mismos.

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