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A los nietos del rock and roll

  • Cuatro mil personas celebran en el Palacio de Deportes la historia musical de la ciudad en los últimos 50 años

Hay conciertos que forman parte de la historia de la música granadina, como el de Miguel Ríos en Los Cármenes con El Rock de una noche de una verano, en 1982, el primer megaconcierto; las funciones del Estadio de la Juventud de comienzos de los ochenta, donde la ciudad comenzaba a desperezarse; el de despedida de los 091 en Maracena de 1996; o la presentación del Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick en la Feria de Muestras de Armilla en 1996. A estos se une el que ayer protagonizaron cien músicos de la ciudad en el Palacio de Deportes para festejar que En Granada es posible.

Las más de 4.000 personas que acudieron a la cita con la historia, la de las últimas cinco décadas y la que ayer mismo se escribió, no tuvieron que esperar ni un segundo para el primer disparo al corazón de la memoria sentimental, con Miguel Ríos y Carlos Tarque, con barbas nazarenas, cantando la inevitable Bienvenidos junto a los Niños Mutantes.

Y José Ignacio Lapido, que lleva casi 20 años contestando con infinita paciencia a la pregunta de si se van a volver a reunir los 091, permitió un guiño al público al unirse de nuevo con José Antonio García en el escenario para cantar Otros como yo. No fue una reunión de los Ceronoventayuno al completo pero, para los más fieles, fue como ver a Lennon y McCartney. Junto a los artistas, en un discreto segundo plano, todo el equipo de rodaje de las hermanas Cristina y María José Martín, Las delcine, las responsables de este encuentro de los embajadores del rock and roll que formará parte de un documental sobre el matrimonio civil entre la música y Granada que cumple sus bodas de oro. Tras este primer bloque, en el que también actuaron Royal Mail y Los Esclavos, llegó un nuevo tramo con Miss Cafeína, Pájaro Jack, Manu Ferrón y Los Ángeles, que cantaron Mónica y 98.6, canciones con más de 40 años pero que conservan su espíritu adolescente, más o menos como cualquier hijo de vecino. A estas alturas, el ambigú ya era el barómetro del concierto; con los grupos estelares pedir una cerveza era cuestión de segundos; con otras formaciones en escena, las colas en el bar se alargaban de manera interminable.

Y de ahí, sin solución de continuidad, a dos de los mayores exitazos de la historia de la música, Cuando brille el sol y Mil calles llevan hacia ti, con Manuel España al frente de La Guardia. Inconfundible, el líder de La Guardia parece que en todo este tiempo sólo ha cambiado el modelo de gafas de sol con las que sale al escenario. Napoleón Solo dio paso a otro de los grupos señalados en rojo por los espectadores, Niños Mutantes, que interpretaron Errante y Náufrago. Después abordó el escenario Antonio Arias con sus Lagartija Nick, que estas alturas son como un disparo a quemarropa. Eric Jiménez, el batería de la banda, acabó este tramo a solas ante el público para estrenar su Réquiem por Morente, un alarido de rabia por el amigo perdido.

A continuación, Carlos Tarque con sus M-Clan y Miguel Ríos fundieron sus imponentes voces en Santa Lucía, otro tema en el que el cantante puede quedarse afónico sin problema porque el público se la sabe a pies juntillas y, además, no duda en demostrarlo. En esas apareció José Ignacio Lapido para interpretar La antesala del dolor, uno de sus grandes hits y Cuando por fin, de su último disco, una nueva reivindicación de un artista que tiene un pasado pero que lucha por seguir escribiendo su futuro. Y al igual que en el concierto de despedida de Miguel Ríos de hace dos años, Lapido y el cantante del lunar en la mejilla interpretaron a dúo En el ángulo muerto. Miguel Ríos ya no se bajó del escenario hasta el final y cantó Boabdil antes de la foto de familia con todos los protagonistas de la noche sobre las tablas para entonar Vuelvo a Granada. La ciudad inmóvil que se mira el ombligo mostró ayer su otra cara, con chupa de cuero, gafas y un pasado que no impide seguir caminando.

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