Ocio para la cuarentena | Reseña de 'La Peste' de Albert Camus El año de la peste

  • En estos días de pandemia y confinamiento obligatorio, la novela de Camus sobre una enfermedad letal y la expansión del nazismo por Europa ha cobrado una inesperada actualidad

El escritor francés Albert Camus. El escritor francés Albert  Camus.

El escritor francés Albert Camus. / G. H.

Albert Camus empezó a trabajar en La peste en 1941. El enfoque era alegórico: a través de la imparable propagación de una enfermedad letal, el escritor hablaba de la expansión del nazismo por toda Europa. De haberla publicado entonces, La peste habría sido una obra eminentemente política; sin embargo, la redacción se prolongó varios años (el autor temió en algún momento no lograr terminarla) y la narración vio potenciados sus aspectos más abstractos. En cualquier caso, las primeras reseñas críticas tuvieron en cuenta las circunstancias que habían alimentado la ficción: la guerra, la ocupación alemana de Francia y las atrocidades cometidas por el fascismo (que es sin duda una ideología purulenta, infecciosa, pestilente).

El público también interpretó la alegoría en estos términos y la convirtió en un éxito de ventas; en su documentadísima biografía de Camus, Herbert R. Lottman dice que vendió más de 100.000 ejemplares entre el verano y el otoño de 1947. Hoy, sin embargo, La peste ha perdido ese carácter abstracto. Hoy, en medio de una pandemia global, la novela deviene una crónica sorprendentemente exacta de lo que ha pasado, de lo que está pasando.

Portada de 'La peste' de Camus. Portada de 'La peste' de Camus.

Portada de 'La peste' de Camus. / G. H.

La peste está ambientada en Orán, cuando era "una prefectura francesa en la costa argelina y nada más", apostilla el narrador. Todo empieza con un suceso intrascendente: el doctor Bernard Rieux descubre una rata muerta en el rellano del edificio donde vive; Rieux se lo comenta al portero del inmueble; éste, escandalizado, niega tal posibilidad: en el edificio no hay ratas. Es una reacción normal. Solemos negar los primeros signos del desastre porque, desde un punto de vista racional, unos pocos signos son insuficientes para revelar el desastre. En pocos días, las ratas aparecen muertas por centenares; luego, por miles. Y tras los roedores, empiezan a morir personas; la primera muerte es justamente la del portero que negaba la existencia de ratas en el inmueble.

"Pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas"

Los síntomas de la enfermedad son inconfundibles: fiebre alta, vómitos, manchas en la piel, ganglios inflamados, etc. Todo apunta a un inaudito brote de peste, pero la negación sigue formando parte de nuestros mecanismos de defensa: "Las plagas […] son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerra y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas", escribe Camus.

Las autoridades de Orán adoptan las oportunas medidas de profilaxis: la desinfección sistemática de la ciudad, el aislamiento del enfermo, la cuarentena de los familiares, etc. Hay una primera respuesta muy humana, muy egoísta. A la mayoría, la enfermedad no le preocupa en exceso; lo que le preocupa es el trastorno ocasionado en su vida diaria. (La peste es solo una idea vaga en tanto no aparezca ningún bubón en tu axila).

Algunos afrontan el parón obligatorio de las actividades como si de unas vacaciones se tratara. Otros quieren escapar de allí de inmediato. El periodista Raymond Rambert, de París, pide ayuda al doctor Rieux para abandonar Orán; necesita un certificado de buena salud. El doctor Rieux no puede complacerle; la peste está en todas partes y nada le asegura que Rambert no contrae el mal en ese lapso de tiempo que media entre la expedición del certificado y su presentación a las autoridades pertinentes: "Esta historia es estúpida, ya lo sé, pero nos concierne a todos. Hay que tomarla tal cual es", explica Rieux. "¡Pero yo no soy de aquí!", insiste Rambert. La réplica del médico es irrebatible: "A partir de ahora, por desgracia, será usted de aquí como todo el mundo".

Otra imagen del novelista, filósofo y dramaturgo. Otra imagen del novelista, filósofo y dramaturgo.

Otra imagen del novelista, filósofo y dramaturgo. / G. H.

La evolución el personaje de Raymond Rambert es especialmente interesante (y Camus la traza con una delicadeza admirable). No es mala persona; ahora bien, podía ser mejor persona. Rambert decide arrimar el hombro en tanto se presenta la oportunidad de escapar de Orán, pero poco a poco empieza a entender que la felicidad no puede conseguirse de espaldas a los demás; una verdad como un puño que nos está golpeando en estos días extraños que nos ha tocado vivir. "Los hombres no se pueden pasar sin los hombres", leemos en La peste, y el actual confinamiento nos está resultando duro precisamente por esto: el ser humano necesita al ser humano para serlo.

Lo difícil es mantener la serenidad: la pandemia actual facilita argumentos muy sólidos a los afectos al miedo, que los hay. El equilibrio es también difícil de lograr: no podemos vivir en el temor a que ese maldito coronavirus lo impregne todo, pero tampoco descartar la posibilidad de que el foco de infección está ahí, justo ahí, en donde menos lo imaginábamos. La propuesta ética de Albert Camus no ha perdido vigencia, al contrario: se trata de hacer el menor mal posible y, si estuviera en nuestra mano, intentar hacer un poco el bien. E insistir por enésima vez en esa hermosa idea que cierra la novela: "hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".

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