novedades

Una pequeña comunidad de resistencia

  • La escritora granadina Cristina Morales indaga en su nuevo libro, Terroristas modernos, en una conspiración real que aconteció en España con el objetivo de que Fernando VII jurara la Pepa

La nueva novela de Cristina Morales (Granada, 1985), Terroristas modernos (Ed. Candaya, 2017), tiene su origen en una conversación que mantuvo la escritora con un militar hace bastantes años. Sí, sí, han leído bien. Un militar. Aquel hombre le habló de un capítulo de la historia de España desconocido seguro para la mayoría que alcance a leer este brillante artefacto híbrido que combina documentación histórica, ojo de cronista y ágil lenguaje. Hablamos de la Conspiración del Triángulo. "Me puse a buscar y me di cuenta de que había muy poca información. Eso me llamó la atención. Sólo pude encontrar una tesis doctoral de una tal Pilar Ramos Rodríguez de la Universidad de Sevilla en los 70", señala.

Hace más de 200 años, un grupo de españoles tramaron un complot de raíz masónico con el objetivo de cambiar a los ministros absolutistas -la camarilla del rey- por los liberales y obligar a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. "Me pareció interesante porque es un momento en el que se está pasando del antiguo Régimen al estado moderno. Me interesa mucho todo lo que tiene que ver con la formación del estado porque parece, nunca mejor dicho, el estado natural de las cosas. Pero el estado es un producto histórico", señala con picardía. Imaginen ese momento, con España hecha un barrizal tras la invasión napoleónica.

La escritora aumenta más aún las expectativas del lector poniendo una reveladora cita de Enrique Tierno Galván al principio del libro: "Hay una situación política especial que suele darse cuando están acabando las dictaduras personales [...] En estas situaciones conspirar y vivir son casi lo mismo. La conspiración tiende a ser un quehacer literario popular en el que se ejercita la imaginación. Si no se conspira se dice que se conspira y prácticamente es igual". La acción arranca en el momento que Juan Antonio Yandiola, exsecretario de Hacienda antes de la Guerra de la Independencia, recibe una carta de un militar destituido tras la vuelta al trono de Fernando VII llamado Francisco Espoz. Es él quien le propone unirse a lo que es "no un pronunciamiento, sino una conspiración, y conspirar es un arte, y como arte que es nace tanto del talento natural del artista como de su afán de superación".

Entre los urdidores del plan maquiavélico se encuentra algún prohombre de la resistencia contra los franceses y algún líder de la guerrilla, pero la mayoría son militares degradados sin más muda de ropa que el uniforme, exguerrilleros vueltos mendigos, sastras cuyas confecciones eran censuradas por la iglesia y poetas cansados del neoclasicismo y por ello ninguneados en las imprentas ilustradas. Personas sin filiación política necesitadas de dinero, digamos. "Añadiría otro grupo de personas que lo hacen por diversión. Los más honestos o al menos a los que yo querría parecerme", reconoce la escritora, que opina que la política también debe ser divertida. "Debe romper la línea continua de la vida y quebrar la rutina", sentencia. Algo que se tiene que tomar "muy en serio", al igual que la conspiración de la que habla en su novela, porque no es otra cosa que no permitirse el aburrimiento, "una lacra en la política".

El lenguaje de Morales se ve influido por la documentación histórica a la que tiene acceso, pero aún así ella juega con él. No se ciñe al copipega. Lo adapta a su propio registro, un sello ya inconfundible en la literatura de la granadina -no hay más que leer el anterior, Malas palabras-. "Me dejo influir cuando estoy motivada, pero lo justo y necesario", afirma. Uno se encuentra con algunas palabrejas, propias de la época, durante la lectura que le hacen querer ahondar más en el relato. "Me informé mucho a nivel etimológico. Miré bastantes diccionarios. No quería que sonara anacrónico, pero tampoco quería que sonara como una novela de Galdós. Las novelas de Galdós tienen más de literatura que de crónica. Tenía una intención por momentos de cronista, por eso al final del libro se pueden leer los careos. Esas son las actas casi literales. Para mí lo que me motiva de escribir es la indagación en el lenguaje, de cómo decir las cosas más allá de lo que se dicen. Podríamos no decir nada en absoluto pero estar jugando con el lenguaje toda la vida", medita.

La intención de Morales con su nueva novela es en esencia hacer una indagación literaria e histórica que le permitiera hablar de las nociones de terrorismo, modernidad, burguesía y democracia en el tránsito de los siglos XVIII a XIX. "Quería hacerme eco de aquella conciencia romántica que se tenía de la democracia. La constitución traerá la felicidad", decían. La política entonces era una cosa de artistas. Grandes literatos que eran diputados, senadores. Había un optimismo con respecto a una utopía. Se vivían tiempos de lo que ellos llamarían revolucionarios. Pensaban que el cambio iba a ser absoluto, no sólo en la política sino en todo los ámbitos de la vida", reflexiona. "Parece que hablarás del 15-M", le digo. Ella ríe al otro lado del teléfono. Empezamos a debatir. Morales no cree que la sociedad sienta en la actualidad cierta desafección política. "La gente sigue votando y sigue creyendo en la representación. El estado está más reforzado. Es sólo una apariencia de crisis", señala rápida.

El título de la novela nace del concepto Terror de la revolución francesa. "¿Quiénes son hoy día los terroristas modernos?", le pregunto. Ella contesta en seguida: "Los estados nacionales en los que vivimos, por supuesto". Tiraba mucho de etimología. La palabra terrorismo nace para hablar de Robespierre. Hace una purga sistemática. Sus opositores cuando llegan al poder hacen un nuevo diccionario francés. Crean la palabra terrorista para referirse al anterior gobierno. Terrorista es el partidario de Robespierre, el régimen del terror. Durante mucho tiempo la palabra terrorista se refería a un estado criminal asesino, criminal. Los estados son muy listos". Inevitablemente sale los GAL en la conversación. "Los GAL fue una cosa muy sonada. Deberíamos entender que eso no fue un momento puntual de la historia, que esas herramientas el estado español no las usa excepcionalmente. Son la norma. No les hace falta pegarte un tiro en la frente y meterme en una fosa con cal viva. Ya no les hace falta. Los métodos de destrucción, liquidamiento son mucho más refinados", comenta algo tensa.

A la hora de elaborar Terroristas modernos, Morales habla de un proyecto de 10 años que ha sido sustentado por una beca de creación literaria Hans Nefkens-UPF. "No sé lo que es tener un sueldo estable con 31 años. También te digo que no tengo ningún interés en trabajar en una oficina, o de camarera. Aunque estoy deseando tener algo más de dinero", comenta entre risas. Morales dice que escribe "con libertad, como Santa Teresa, pero siendo consciente de donde están las censuras y siendo capaz de revertirlas". Sabe que no es objeto de miradas, pero piensa que si vendiera masivamente el modo de escribir sería otro, "para las mayorías". Pero ella no es de mayorías, es de minorías. Las mismas que protagonizan sus libros: pequeñas comunidades de resistencia. "No suele haber un protagonista que camine en solitario. Mis novelas tienen sentido por cómo se relaciona los unos con los otros", concluye. Pequeñas comunidades de resistencia, como la de la conspiración, muy necesarias hoy día.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios