Arte hoy

El pintor que nunca quiso irse de Granada

  • El Museo Arqueológico homenajea a Rafael Latorre en el cincuenta aniversario de su muerte con una exposición que repasa su vida a lo largo de 62 obras

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Rafael Latorre nació en el número 14 de la calle Elvira un 11 de diciembre de 1872. Esa calle forjaría su personalidad. Granada marcaría su destino porque aquel pintor respetado, admirado y reconocido, coétaneo de otros pintores como Sorolla o Beruete, nunca hubiera sacrificado su vida en la ciudad de la Alhambra por la fama como artista fuera de ella. Como él mismo escribiría en una carta al crítico de arte Bernardino de Pantorba: "Permanezco aquí en Granada donde he podido crearme una situación independiente, sin problemas (...) Prefiero sacrificar el éxito a perder la tranquilidad y el sosiego de mi carmen albaicinero".

Una exposición en el Museo Arqueológico -la casa donde murió el 11 de febrero de 1960- recuerda no sólo al pintor, sino también al anticuario, al restaurador, al maestro, al amigo y al hombre que fue Rafael Latorre a través de 62 obras cedidas de colecciones particulares o instituciones como el propio museo, Bellas Artes, la Casa de los Tiros o la Capilla Real y una serie de fotografías que lo muestran en su casa con sus alumnos y sus modelos. Con Rafael Latorre vuelve a su casa la Asociación de Vecinos del Bajo-Albaizín y Granada Artística homenajean al pintor, como ya hicieran con Fortuny o Morcillo, en el cincuenta aniversario de su muerte.

Su granadinismo "era su principal virtud pero también su defecto". Juan Manuel Segura, presidente de Granada Artística y promotor del diseño general de la muestra, explica que su tierra le servía de escenario y modelo en sus cuadros de corte costumbristas. La tierra y sus habitantes, puesto que no faltan en sus obras las lavanderas, las vendedoras de chucherías, las ancianas echando de comer a las gallinas...

Este cincuentenario ofrece la posibilidad de recordar a un artista granadino clave en la vida artística de la ciudad. "Sin embargo, ese ambiente local limitó enormemente su capacidad artística, haciendo cuadros por encargo, la mayoría de ellos copias de otros autores antiguos, temas religiosos o bodegones; a veces en el taller de Latorre había cuarenta o cincuenta cuadros al sol para envejecerlos al gusto de sus clientes". Muchos de ellos, dice Segura, que sólo vendía por cincuenta pesetas.

La mayoría de sus grandes cuadros, sin embargo, viajarían fuera de Granada. Las Lavanderas, en Málaga; San Cayetano, en Canarias; La Casa de Plaza de los Naranjos, en Argentina; Vendedora de chucherías, en Barcelona...

Cuenta el presidente de Granada Artística que, a pesar de su gran aportación artística a la ciudad y de que fuera nombrado académico de Bellas Artes, aquel nombramiento le llegaría siendo tan anciano que no tomaría nunca posesión. Como cuenta Segura en el completo catálogo de la exposición. "Tan sólo un año antes de morir recibió el nombramiento de académico, le molestó tanto al pintor que tiró el documento a la lumbre comentando: 'Estos lo que quieren es que les regale un cuadro'.

Su trayectoria no fue prolífica sólo en lo referente a la pintura. Rafael Latorre desarrolló un importante trabajo como anticuario, ofreciendo cualquier obra de calidad que descubría a Manuel Gómez Moreno; como conservador de la Alhambra; y, sobre todo, como maestro en su casa-taller de la Carrera del Darro de dibujo y pintura para futuros pintores como Eduardo Cuesta, Suárez Peregrín, Manuel López Vázquez, Emilio Olalla, Villa Yebra, Mariano Bertuchi, Joaquín Urbano Mingorance y muchos otros. No les cobraba nada, sino que los empleaba en que le ayudaran en la imprimación de los lienzos, la confección de marcos, empastes para restauraciones y lavado de pinceles. Aprendían por tanto no sólo de pintura sino también todas las artimañas para limpiar y restaurar cuadros viejos, recetas para barnizar, técnicas del dorado con pan de oro... Todo lo relacionado con el arte y el diseño.

Su taller, cuenta la doctora en Historia del Arte María Dolores Santos, "estaba lleno de antigüedades". No es difícil imaginárselo siempre acompañado, a pesar de su soltería, puesto que era también un lugar de encuentro de artistas y amigos como Arturo Cerdá y Martínez de Victoria, los pintores Ismael de la Serna y Manuel Ángeles Ortiz o el escritor José Fernández de Castro.

Santos explica que Latorre se haría famoso en Granada gracias a sus cuadros de género, retratos, bodegones y de asunto religioso. De su faceta como decorador, se perdieron sus pinturas murales del palacio de los Condes de Gabia y las que hizo para un chalet en la calle Gran Capitán. Sólo han sobrevivido una pintura decorativa en el techo del portal de la casa Nº 12 de la Gran Vía y su intervención en la decoración del Carmen de los Cipreses del Albaicín.

En su obra de carácter costumbrista, en sus primeras obras, muestra escenas donde las mujeres se dedican a labores de la vida cotidiana como lavar, hilar o ir a por agua a la fuente o a algún pilar. Como explica la doctora en Historia del Arte, en estos cuadros las mujeres "siempre están acompañadas por algún hombre que no hace nada, o mejor dicho, que se dedica a enhebrar la hebra con ellas, a pretenderlas, a darles conversación echando algún piropo o contándoles algo gracioso". Prosigue Santos, "son escenas con intención pícara y maliciosa, y los títulos son bien significativos pues La madeja se enreda alude a la distracción que puede tener la hilandera por atender a su pretendiente, ¡Qué salpica! se refiere a la lavandera que interrumpe su labor para escuchar las ocurrencias del joven que le habla sentado en una silla y Quítate del sol que te quemas a los aguadores que están de palique con las vecinas del Pilar del Toro".

En estas escenas aprovecha el pintor para reproducir casas y rincones antiguos de Granada donde se admira el empedrado típico granadino del patio, la puerta de cuarterones, las zapatas y vigas de madera, la jaula del pajarito, el lebrillo de cerámica de Fajaluza, la tabla de lavar, el cubo de hojalata...

Con el paso de los años, Latorre "acabó abandonando las escenas galantes de su primera época para dedicarse a la reproducciónde rincones granadinos que interesan por sí solos.

Junto a los cuadros de Rafael Latorre, se muestra también la obra de sus compañeros ilustradores del Libro de Granada, 1889, Isidoro Martín, José Ruiz de Almodóvar, y el cordobés de Priego Adolfo Lozano Sidro, con textos de Ángel Ganivet, Gabriel Ruiz de Almodóvar, Nicolás María López y Matías Mendez Vellido.

Esta exposición recuerda, por tanto, no sólo a un hombre de una excepcional sabiduría y promoción del arte en Granada, sino de "una gran sensibilidad", dice Segura. Un hombre que no quiso sacrificar nunca su apacible vida a pesar del arte. Sobre todo, por encima de la fama.

No se aventuró nunca a instalarse en Madrid como hicieron otros compañeros. En 1933 confesaba: "... he podido crearme una situación independiente, sin ambiciones". En 1957 añadía: "preferí apañarme con lo que ganaba aquí y no correr esa aventura".

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