Joan Margarit | Poeta

“Un poema que no consuela sólo es un juego de palabras”

  • Presenta en Granada ‘Para tener casa hay que ganar la guerra’, prosa escrita con claves poéticas que desentraña su niñez y primera juventud en un país gris y mediocre

“Un poema que no consuela sólo es un juego de palabras” “Un poema que no consuela sólo es un juego de palabras”

“Un poema que no consuela sólo es un juego de palabras” / Álex Cámara

Pablo Pou, profesor de Literatura en Santa Cruz de Tenerife, “bajito y delgado, con autoridad y al mismo tiempo calidez” fue el primero en abrir a los ojos de un jovencísimo Joan Margarit (Sanaüja, 1938) a la poesía. “Nos habla de Antonio Machado”. Hasta aquel momento, autores y versos habían aparecido ante el Margarit alumno como una infumable ristra de nombres que debían aprenderse, sin ton ni son, de memoria. Un desierto del que Pou, en 1954, sacó al joven Margarit.

"Dentro de mí veo toneladas de cosas que no valen nada.De repente brilla una. Ese es el trabajo del artista”

Antes, Bartomeu Grimalt le enseñó métrica, aunque ni alumno ni profesor probablemente lo supieran.“Nos ponía en corro. Escribía una palabra, por ejemplo máquina” sin tilde. Grimalt hacía cantar a los chiquillos aquella palabra con todos los acentos posibles. Máquina, maquina, maquiná.

La tercera persona a la que Margarit cita como uno de sus referentes es José Antonio Coderch, arquitecto. A él le atribuye “el mejor consejo que cualquier maestro diera alguna vez al poeta que yo intentaba ser”. Coderch hablaba de arquitectura. Margarit lo aplica a los versos. “No debe ser ni independiente, ni hecha en vano, ni original, ni suntuosa”.

Esta sentencia abre el último trabajo del autor catalán, Para tener casa hay que ganar guerra. Prosa escrita por un poeta que recurre a su infancia y años de juventud para responder a una única pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué ha escrito Margarit los poemas que ha escrito y no otros? Para contestar, el autor confiesa que “he seguido el camino de la poesía”. Ha mirado “dentro” y ha encontrado escenas que derrama en 21 capítulos en los que aparecen su familia, la violencia –desde la guerra al del patio del colegio–, el despertar al sexo, la grisura y mediocridad de la posguerra que vivió.

Dos plumas en el bolsillo de la camisa, donde también se aloja en teléfono móvil. Margarit está en Granada, donde participa en la lectura poética en cuatro lenguas junto con Manuel Rivas, Bernardo Atxaga y Ernesto Pérez Zúñiga. También presenta su libro, en el que invirtió cuatro años de trabajo y donde exprime recuerdos como el descubrimiento del miedo, el golpe que se llevó por hablar catalán siendo un chiquillo o cuando un fraile intentó manosearle. También reveses vitales como la experiencia de aprender a nadar con su padre. En este recorrido le acompañan los paisajes urbanos, un viaje desde su Cataluña natal a las Canarias. Las mudanzas que marcan tajos en su existencia. Y el descubrimiento de la belleza.

“Dentro de mí veo toneladas de cosas que no valen nada, toneladas de mierda.De repente, brilla una. Ese es el artista, el que sabe encontrar”. “Así de sencillo”. Esa es la originalidad para el autor catalán. Saber encontrar. “Si soy un artista, lo saco”. En esta etapa del proceso “no hay todavía pinceles” ni lápices ni papel. “Es buscar dentro de ti, aunque mires fuera”. Empieza el trabajo poético, en el que se recurre al lenguaje para dar forma a un mensaje que llega al lector. “Ves este lenguaje y si todo el proceso lo he acertado, cuando leas dices ‘pero si soy yo’. Y en este reconocerse como en un espejo en un poema o en un cuadro, misteriosamente, consuela.Y ya está. Aquí acaba todo”. Así, la poesía tiene un poder sanador para el autor catalán.“Un poema que no consuele, qué coño es. Es un juego de palabras”.

Una mujer le detuvo en la calle y le dijo: "Señor Margarit, el año pasado me salvó la vida"

El autor catalán aplica a la música el mismo poder. “Si te coge en el momento adecuado, lloras. Lo mismo pasa con la poesía, incluso con alguna novela”. Este criterio, el de emocionarse hasta el punto de que afloren las lágrimas, es el que el poeta sigue para determinar su interés por una obra. “Intuitivamente, me digo si en el momento oportuno me haría llorar. Si digo ‘en absoluto’, ese cuadro no me interesa”.

Así, para Margarit las artes son “consuelos delante de la intemperie que es la vida”. Un recurso que ofrece a sus lectores. Asegura que una lectora le reconoció por la calle. Le detuvo y le dijo: “señor Margarit, el año pasado me salvó la vida”. “Para eso escribo”, reconoce el escritor. “Para que alguien lea y diga ‘ese soy yo’”.

El poeta es, además, arquitecto. Rechaza la idea de ser una figura dual. “Esa es una idea del romanticismo”. Durante 40 años ejerció, además, de profesor de Arquitectura. Para el poeta, el momento “más brillante de la humanidad” fue cuando los humanos pasan de vivir en cuevas a hacer casas. Ese tránsito propició la creación de ciudades, de normas y, al cabo de los siglos, de leyes. “En el código de Hammurabi se menciona a los médicos y a los arquitectos”.

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