Un poeta ha vuelto anacer y vivir

La editorial Bartleby publica el próximo 6 de abril el primer tomo de las 'Obras completas' de Javier Egea, uno de los poetas que impulsaron el movimiento de 'La otra sentimentalidad' y agitaron con su obra los años ochenta

1. Javier Egea, junto a Rafael Alberti y el poeta Luis Muñoz, a comienzos de los años ochenta.  2. Egea, con Mario Benedetti en una visita a Granada del escritor uruguayo. 3. Javier Egea, en la piscina del pintor Juan Vida en el verano de 1985, en una de las épocas más prolíficas del poeta. 4. El poeta, en una lectura, junto a Mariano Maresca y Luis García Montero. 5. Javier Egea y Luis García Montero, dos de los precursores de 'La otra sentimentalidad'.
1. Javier Egea, junto a Rafael Alberti y el poeta Luis Muñoz, a comienzos de los años ochenta. 2. Egea, con Mario Benedetti en una visita a Granada del escritor uruguayo. 3. Javier Egea, en la piscina del pintor Juan Vida en el verano de 1985, en una de las épocas más prolíficas del poeta. 4. El poeta, en una lectura, junto a Mariano Maresca y Luis García Montero. 5. Javier Egea y Luis García Montero, dos de los precursores de 'La otra sentimentalidad'.
Jesús Arias / Granada

03 de abril 2011 - 05:00

Poliédrico, genial, tremendo improvisador. Poeta, ante todo. Once años después de su muerte, la obra de Javier Egea(Granada, 1952-1999) ve por fin la luz con la edición, por parte de la editorial Bartleby, de sus Obras completas después de años de litigio entre la familia y los amigos del autor y la novia de éste, su heredera. Manuel Rico ha sido el encargado de preparar la edición y prologar el libro, que se presentará el próximo 6 de abril. Regresa así a primera línea uno de los propulsores indispensables, junto a Luis García Montero y Álvaro Salvador, de lo que se conocería como La otra sentimentalidad. Sus amigos aprovechan para recordarlo.

Javier Egea se descerrajó un tiro en la cabeza en el verano de 1999 provocado por la tremenda depresión a la que lo había llevado el alcoholismo, una enfermedad que padeció desde su juventud. Dejó perfectamente ordenados todos sus escritos para que fuesen publicados tras su muerte. Ha hecho falta más de una década para que su último deseo se haya cumplido.

"Yo tengo los recuerdos de alguien con quien tuve una amistad muy estrecha, con momentos de todo tipo", recuerda el profesor de Filosofía del Derecho Mariano Maresca, en cierto modo, el impulsor a la sombra de aquel movimiento poético que se fraguó en Granada a comienzos de los años ochenta y testigo de primer orden de todo lo que pasó.

"Ahora, a veces experimento una sensación extraña cuando oigo hablar de Quisquete [como era conocido entre sus allegados] a gente que nunca mostró interés ni por su persona ni por su obra. Me duele la instrumentación que se ha hecho para utilizarlo, después de muerto, contra personas como Luis García Montero. Pero no quiero hablar de eso".

Maresca recuerda la impresión que en su momento provocaba la poesía de Egea entre quienes la escuchaban de sus labios. "Era una poesía desbordante. Tenía una capacidad brutal para manejar las imágenes y las metáforas. En eso era un maestro. Recuerdo que cuando volvió de la Isleta del Moro, en Cabo de Gata (Almería)[adonde el poeta había acudido para desintoxicarse del alcohol] me leyó en un banco de la Fuente de las Batallas el libro que había escrito allí, Troppo mare. Me quedé absolutamente anonadado."

Maresca fue el que puso en contacto a Javier Egea con un jovencísimo y prometedor poeta llamado Luis García Montero. "Ese momento fue muy importante, porque se juntaron tres poetas como Quisquete, Luis y Álvaro Salvador, que había sido profesor de Luis".

Los tres tenían unas referencias similares y compartían una idea: la filosofía de Antonio Machado de buscar una nueva forma de poesía. Querían que la cotidianeidad, la vida diaria, fuese material para sus versos. Así nació La otra sentimentalidad, un movimiento que reivindica los taxis, las camas de hotel, un paseo o una manifestación contra la guerra como motivo de un poema.

"Muchas de aquellas cosas se gestaron en La Tertulia", recuerda ahora Mariano Maresca. Pero también en casa de Javier. Recuerdo haber acompañado muchas veces a Luis García Montero a casa de Quisquete. Allí los dos leían mutuamente sus versos, se corregían en uno al otro o se sugerían cosas. También recuerdo cómo Egea, Álvaro Salvador y García Montero redactaron el Manifiesto albertista la tarde antes de que se leyera en La Tertulia".

No eran sólo los tres: en Granada entonces había un grupo considerable de creadores que estaba continuamente en contacto. "Una cosa frecuente era que el pintor Juan Vida venía a recogerme a la facultad, luego íbamos a por Antonio Muñoz Molina, y después íbamos a por Luis García Montero y Javier Egea. Era nuestra manera de pasar los días".

"La impresión que yo tuve cuando lo conocí", rememora por su parte Juan Vida, "era la de estar delante de un artista, por su forma de ser y por su forma de estar y de vestir. Luego, cuando nos hicimos amigos, era entrañable, cariñoso, muy colega. En la época en que tenía que hospitalizarse era como todos, un coñazo, caprichoso, receloso y, sobre todo, autodestructivo. Tenía esa inclinación autodestructiva que fue la que acabó con él".

"Pero era, ante todo, entrañable. Muy ingenuo a veces, muy cándido. Una vez se compró un piso en una quinta planta sin ascensor. Cuando le preguntamos por qué había hecho eso dijo: 'El ascensor es una trampa del capitalismo'. Tenía que aferrarse a esas consignas".

"Su poesía", añade el pintor, "es transcendente. Siempre pretende decir la verdad y eso es lo que necesita el arte. Cuando él ya no tuvo nada más que contar, para Quisquete se acabó todo. Nunca utilizó ni la impostura ni el oficio para escribir. Ahora, por fin, se hace justicia con él".

"Lo conocí cuando éramos muy jóvenes, con 17 años", dice por su parte el poeta José Carlos Rosales, otro de los miembros de aquella cuadrilla creadora. "La primera impresión que tuve de él fue la que se ha mantenido siempre: me pareció un poeta precoz, con un tremendo dominio de la poesía y de todo lo que subyace a ella. Aunque teníamos la misma edad, lo consideraba un poeta mayor que yo. Él, además, frecuentaba a los poetas mayores, como Rafael Guillén. Tenía una experiencia tremenda. Recuerdo que cuando regresó de la Isleta del Moro venía con Tropo mare: era algo impresionante desde el punto de vista humano. Él estaba muy contento con ese libro en aquella tarde de mucho sol".

"Como poeta tenía muchísimo oficio y una tremenda capacidad de envolver al lector en el mundo del propio poeta. Su poesía continúa estando muy próxima al lector, incluso ya al lector de otro tiempo, que es lo que lo hace grande y genial".

"Somos lo que leemos y los escritores son lo que escriben", dice el escritor y catedrático José Luis Serrano. "Así que Javier Egea es sobre todo -para mi yo lector- el autor de un libro, Paseo de los Tristes y de un poema, Troppo mare." "Luego está 'er Quisquete', un amigo que se fue. Mi yo biográfico tiene muchos recuerdos de él. Destacaré sólo uno: Viernes por la tarde, años ochenta, librería al-Andalus, plaza de la Universidad, salíamos de la Facultad y allí estaba Quisquete como siempre, con las gafas en la punta de la nariz, ojeando libros. Te miraba muy serio y decía: '¡Lunes que es hoy!'. Sólo un granadino entiende que 'lunes-que-es-hoy', dicho un viernes por la tarde, es una forma agradable de saludarte y de provocarte una sonrisa. Cualquier forastero a quien le digas un viernes '¡lunes-que-es-hoy!' te corregiría diciendo 'No. Hoy no es lunes, es viernes por la tarde".

"Sus conocimientos de todas las tradiciones poéticas como si fuesen la palma de su propia mano fueron las que hicieron posible que saltase de La otra sentimentalidad al surrealismo con total facilidad o a la poesía popular", señala Mariano Maresca. "Tenía un dominio increíble de las imágenes e improvisando era espectacular. Las lecturas poéticas en su casa eran increíbles. Me alegro muchísimo de que por fin se edite su obra después de tanto tiempo".

"Era un encanto en sus periodos de abstinencia", añade Maresca. "Al final de su vida se sacó el carné de conducir. Tenía una perra de caza y solía decir que se había sacado el carné para que la perra tuviera coche. Una noche me llevó en su coche a mi casa. Recuerdo su rostro de felicidad mientras conducía. És es un recuerdo imborrable".

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