Alberto Conejero | Dramaturgo "Creo en la potencia radical del teatro"

  • El creador jienense presentará 'La geometría del trigo', una de sus últimas obras reconocida con el Premio Nacional de Literatura Dramática, el fin de semana en el Alhambra

El dramaturgo y poeta Alberto Conejero (Vilches, Jaén, 1978), en una imagen de archivo.

El dramaturgo y poeta Alberto Conejero (Vilches, Jaén, 1978), en una imagen de archivo. / RTVE

Alberto Conejero (Vilches, Jaén, 1978) atiende al teléfono a las nueve de la mañana tras tomarse su primer café del día. Su agenda es apretada, pero guarda un generoso hueco antes del ensayo con el elenco de La geometría del trigo. El dramaturgo, uno de los más importantes del llamado teatro poético español, presentará esta obra en el Teatro Alhambra el fin de semana -hoy a las 21:00 y mañana a la misma hora-.

Conejero, reconocido con el Premio Nacional de Literatura Dramática 2019 por esta pieza, refleja en ella la realidad española a través de tres generaciones, y reflexiona sobre la educación sentimental en el franquismo y, como consecuencia, la incapacidad para hablar sobre aquello que nos duele, que nos traumatiza. Poeta, director de escena y autor teatral excepcional, el jienense no para de cosechar triunfos. Y los que les queda en 2020.

-La geometría del trigo la inspira una historia que le contó su madre. ¿Por qué le impactó tanto?

-Mi madre me contó hace muchos años, cuando era un adolescente y en un momento de búsqueda de la propia identidad, una historia protagonizada por su mejor amiga del pueblo (Vilches, Jaén) en la adolescencia de ella. De una pareja de amigos a los que les ocurre más o menos lo que cuenta La geometría del trigo. Ese recuerdo se me queda en algún lugar y con el tiempo éste empieza a pedir ficción, teatro. Intuyo porque mi madre me contó esa historia. Es una historia que le ocurre a una pareja de amigos de mi madre siendo muy jóvenes que tiene que ver con las identidades sexuales, y con las formas de amor. Entiendo que en el gesto de mi madre había una intención muy poderosa. Quizá ella no era consciente. Tenía que ver con la idea de asumir la propia identidad, con el empuje de ser abiertamente lo que uno es. Ella no quería que cometiera los errores que su generación había cometido.

Conejero recibió el Premio La Barraca de artes escénicas de la Universidad Menéndez Pelayo. Conejero recibió el Premio La Barraca de artes escénicas de la Universidad Menéndez Pelayo.

Conejero recibió el Premio La Barraca de artes escénicas de la Universidad Menéndez Pelayo. / Pedro Puente Hoyos / EFE

-El tema fundamental de la obra, dijo en una entrevista, es "la educación sentimental en una época como el franquismo; una educación que no permitía hablar de muchas cosas". Sobre todo a las mujeres.

-Creo en el personaje de Beatriz, que ahora tendría unos 60 años. Las mujeres jóvenes en la Transición estaban con un pie en cada mundo. Por un lado, hablamos de una educación sentimental franquista, donde el papel de la mujer estaba subordinado al del hombre, y en la cultura del no decir, del no dar que hablar, de falta de autonomía; y por otro lado, asomadas a la modernidad, a los movimientos feministas. Beatriz es el personaje central de la pieza. Una mujer que a menudo tuvo que asumir gestos traumáticos para desembarazarse de un mundo y adquirir otra identidad. Es una generación que tuvo que asumir la quiebra, dar portazos, abandonar las casas en las que ya no eran felices. Intentaban desprenderse de una determinada educación y adquirir una nueva identidad con muchas dificultades. El sistema no estaba dispuesto a eso. Hay algo de esta obra en lo que creo poderosamente y que también es el teatro. Nadie es verdaderamente libre hasta que le puede contar a otra persona la verdad de sí mismo. Si uno no puede compartir con nadie, no puede hacer pública la verdad íntima de sí mismo, de sus anhelos, de sus sueños, no es libre. Todos necesitamos contar nuestra historia para ser libres. La geometría del trigo es el compartir una historia que durante mucho tiempo estuvo en silencio. Las cosas que no se dicen, que están bajo las alfombras, que se callan las familias, son muy elocuentes. Gritan sordamente. Esta obra es un intento de disipar esos silencios que nos han construido como país. El no decir, el no hablar en voz alta, el silencio como una forma reaccionaria. La palabra libre, la palabra poética, la palabra compartida. Eso también es La geometría del trigo.

-Me gustó mucho una definición suya sobre la palabra país: "permanecer juntos en el futuro". Esto se podría extender al Congreso.

-Sí. La geometría del trigo es un viaje de norte a sur, del presente al pasado. La historia comienza cuando Joan, nacido en Barcelona pero hijo de andaluces, regresa al sur para asistir al entierro del padre que no ha conocido. Así empieza la obra. Él viene acompañado de su novia, Laia. Ellos son catalanes. Esta obra también presenta textos en catalán. Lo digo por lo del relato compartido y lo que está pasando en el Congreso. Hay una presencia de esas otras identidades estatales, españolas. Un país es un relato compartido, un estado emocional y un relato que queremos compartir en el futuro para otros. Toda generación necesita cierta idea del pasado para construir su futuro. Las cosas no resueltas del pasado ciegan un futuro más amplio. El pasado tiene que ser una brújula luminosa para el futuro. Por eso hay que romper esos silencios, esos fantasmas. La pieza recoge una cuestión que nos interpela a todos: las identidades de este país. Un país se quiebra cuando la siguiente generación no comparte del relato de la anterior. Toda generación necesita un relato del pasado para construir su futuro.

-El problema es que no se ponen de acuerdo con uno.

-No podemos pretender imponer un relato único, pero sí al menos ciertos mínimos compartidos sobre de dónde venimos. Es un deber de vigilancia. El recuerdo o la memoria deben funcionar como una figura de vigilancia y no repetir los mismos errores. Para eso hay que hablar de ello. Aquello que no se habla no desaparece. Hablamos del derecho de memoria, no del deber de memoria. Todos tenemos derecho a la memoria. Yo miro atrás y comprendo las consecuencias de ese pasado, y comprendo las heridas y el dolor. También comprendo lo que el pasado nos ha regalado. Hablo de derechos y libertades. Hay que compartir un mínimo democrático del pasado que tiene que ver con la memoria histórica, los desaparecidos, la persecución. La gente de este país no pudo amar en libertad durante muchas décadas. La educación sentimental franquista era otra. Muchos deben comprender que dejar de amar no es una catástrofe, que el amor tiene sus ciclos y que cuando el amor se extingue la otra persona no es una pertenencia nuestra. Todo eso proviene de una determinada educación.

-En su obra también se habla de la crisis económica. A veces siento que mis padres no comprenden mi realidad laboral y material.¿Cómo llegamos al entendimientos entre distintas generaciones?

-Joan es un arquitecto en paro. Se le prometió un mundo donde las cosas presuntamente iban a ser más fáciles que para las generaciones anteriores. Y eso se ha demostrado que es mentira. Es paradójico. Vivimos una época de mayores libertades sociales aunque precarias pero el sistema económico es muy fiero. La crisis económica nos ha explotado en la cara. Somos una generación cuyas raíces están semienterradas. Para Joan el pasado como el futuro es un enigma. Son dos lugares imprecisos. Esta obra hace que tres generaciones distintas compartan espacio. Se miren los unos a los otros para entenderse. Para nuestros padres es muy difícil entender que nuestro presente sea muy movedizo. Todo por lo que ellos lucharon y nos iban a dejar nos lo ha arrebatado el sistema. La cuestión es, y eso lo hace el teatro, ponernos juntos en un mismo espacio a intentar compartir con otros quienes somos. Tenemos muy pocos espacios de intimidad. Me refiero a compartir algo profundo y verdadero, y a la vez frágil, con otro ser humano. Ahora todo es virtual, pero creo en la potencial radical del teatro.

-"El vínculo nunca desaparece, y siempre estamos a tiempo de protegerlo", dice en su obra.

-Esta frase es del personaje de Emilia. El pasado siempre está sucediéndonos. No es una realidad clausurada, ni un animal disecado. Siempre podemos proteger nuestro vínculo con el pasado. Lo hacemos a través de la memoria, el perdón, la escucha, la vigilancia para no volver a cometer los errores del pasado. Podemos cuidar el vínculo con los que nos han precedido. Tratando de comprenderles, escucharles, de observar sus errores y sus logros.

-¿Cuánto hay de sur en su poesía, en su teatro, en su manera de ser?

-Yo me crié en Madrid. Soy un andaluz de Madrid o un madrileño del sur. Con esta obra he regresado a mis raíces. Reconozco cada vez más lo que el sur supone en para mí como autor: su pasado, sus condiciones económicas, el esfuerzo de mi abuelo pastor de ovejas en un cortijo, mi madre nacida en mitad de esos olivares mientras mi abuela hacía las labores del campo. Hay algo de ese vínculo y su fuerza que yo no había entendido hasta esta obra. Cada identidad es un camino. Yo no soy un nacionalista. La patria es la gente a las que amas, el amor, los afectos, los vínculos. Toda mi familia es andaluza, por ahí andará la cosa.

-¿No le parece incomprensible que un sector de la izquierda apoye los nacionalismos?

-Hablamos muy poco de las condiciones económicas. Al final una kelly que limpia una habitación en Barcelona tiene mucho más en común con una kelly que limpia un hotel en Sevilla de lo que los nacionalismos nos quieren hacer entender. Son las condiciones materiales, las condiciones económicas, las inversiones, las que hacen un país. Si yo amo un país, amo un país que invierte en educación, en sanidad, en la protección de los desfavorecidos, en la igualdad entre hombres y mujeres. Esas son las banderas en la que creo. La identidad es un camino, no un camino cerrado. Mi tarea es dudarme, entender que la identidad es un camino y que puede cambiar.

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