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La rosa de la originalidad

'Rosa, metal, ceniza'. Baile y direccción: Olga Pericet. Guitarra: Antonia Jiménez y Javier Patino. Cante: Miguel Ortega, Miguel Lavi y José A. Carmona. Palmas y baile: Jesús Fernández. Colaboración especial baile: Paco Villalta. Lugar: Teatro Isabel La Católica. 30/06/2012. Aforo: lleno.

El discurso bailaor de Olga Pericet es, presumiblemente, uno de los más inteligentes que se dicen en la actualidad. Esta obra constituye un canto a la genialidad sin apliques, sin dilación, en el que Olga se presenta con un lenguaje maduro, personal y memorable.

El baile flamenco atrae a público por su tradición estética de dos siglos y así acudieron los peregrinos del Festival hasta casi llenar el teatro Isabel la Católica. "No le toques más que así es la rosa" dijo Juan Ramón Jiménez, sin embargo Olga sigue tocando la rosa de su estilo, de su danza curtida, de su manera personalísima, de sus acumulaciones, de su talento, de su originalidad. Habitante de su propia magia, acometió piezas dancísticas que pusieron de manifiesto la versatilidad de sus formas, premiadas con varios galardones de alto nivel, en una propuesta de sobriedad escénica arropada por un cuadro excepcional.

Si en los preludios más próximos al contemporáneo Olga es una rosa juanramoniana dulce y delicada que se mueve a merced del viento, en los bailes más flamencos (cantiñas, soleá, seguiriyas), Olga Pericet es una rosa con cuyas espinas hiere el sentimiento, lo traspasa, hasta llegar a la pulpa de la sangre, hasta erizar el cabello, hasta provocar la emoción inefable. La bailaora iluminó, despejó y encendió todo nuestro lirismo de aficionados atónitos.

Ese enjuto cuerpo de Pericet que moldea y deshace a su antojo, que utiliza sin ambages elevando la feminidad a una categoría estética indiscutible de hombros, caderas, mirada, mantón y bata de cola que mueve con una solvencia pasmosa, y la pulcritud de sus pies, son todo un bastión de batalla flamenca. Una guerra (espectáculo) que lleve por capitana a Olga Pericet, es una guerra ganada que nos devuelve a nuestro mejor flamenco.

Olga permitió que el público se desplazara entre dos cortinas mas allá de lo real y lo imaginario sin preguntarse si lo imaginario es realmente tal, si lo real es realmente real, y hasta qué punto ambos son aquello que, de hecho, puede decirse que son. Dos apuntes más: Pepe Marchena volando por momentos sobre las tablas con su barroquismo de época en voz en off y unas peteneras de factura Pastora Pabón con las que muere el espectáculo limpio, honesto y edificante en el que Olga Pericet ha volcado toda su renovadora e imprescindible esencia.

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