"Tuve siempre preferencia por aquellos a quienes vence la vida"
antonio enrique. eSCRITOR
Más de cien personajes históricos se concitan en la última novela del autor accitanol El último rey musulmán, Boabdil, es el protagonista de este repaso a la dinastía nazarí
En plena noche, el rey Boabdil desentierra en la rauda de la Alhambra, uno por uno, a sus muertos, a los que fueron reyes de la poderosa dinastía nazarí de Granada. La ciudad ha sido tomada por los cristianos y él no quiere dejar a los suyos en manos de una fe ajena, extraña, porque no está seguro de si los respetarán. A la luz de las antorchas, los cadáveres enterrados bajo el rito musulmán, mirando a la meca, van saliendo. Reyes, reinas, príncipes, niños y concubinas. Con este episodio comienza Boabdil, el príncipe del día y de la noche, la última novela del escritor Antonio Enrique, publicada por la Editorial Dauro, donde hace un repaso por todos los miembros de la dinastía nazarí, centrándose especialmente en el último rey, Boabdil.
-¿Desde cuándo le rondaba Boabdil en la cabeza?
-Desde que, en los años 70, comencé la redacción de La Armónica Montaña. Tuve siempre preferencia por aquellos a quienes vence la vida. Y Boabdil fue uno de los más de cien personajes históricos que se concitan en esta novela, donde está el germen de toda mi narrativa posterior. En este caso, tuve yo la imagen onírica recurrente de una caída espectacular de caballo. El jinete iba ataviado con ropaje moro de guerra. Descubrí que era Boabdil, cuando, en Lucena, hubo de huir y se encontró con el arroyo de Martín González. Quiso saltarlo y se topó con un talud al frente. Ahí fue donde cayó. Localicé el sitio exacto el año pasado cuando estaba en ejecución de la novela.
-Me ha llamado la atención la ternura con la que trata a Moraima. Además de en la historia, ¿se basa en alguna mujer real, de su entorno, para escribir de ella?
-Ella fue nuestra última reina. Procuro siempre tomar mis personajes, en lo físico, del natural, como dicen que hacían los pintores de otra época. Moraima, que vale por "Mariquilla", esto es el diminutivo afectivo de María, conocida así entre el pueblo llano, era, tal como se describe, una mujer de singular dulzura. Son radicalmente falsas las leyendas que aluden a sus devaneos con un abencerraje: pura flatulencia posromántica. Sobre ella se abatió el infortunio, causado por la separación forzosa de sus dos hijos, tomados como rehenes. Así es que ella murió por esta desgracia, que fue minando su salud hasta que, en 1493, en septiembre creo recordar, expiró en Laujar de Ándarax. Entonces fue cuando Boabdil embarcó en Adra hacia el exilio.
-Usted cree en el destino. ¿Era imposible que Boabdil escapara al suyo?
-Dicen que las estrellas inclinan, pero no obligan. Este es un principio básico de la ciencia judiciaria que se llama astrología. Aixa Fátima, su madre, ocultó siempre la hora y día exactos de su nacimiento, con lo cual no disponemos de su horóscopo. Lo del apelativo de Zogoybi vino después, puesto que el destino del reino estaba decidido por los avatares de la Historia. En su caso, no obstante, su perfil de hombre un tanto melancólico, desganado en lo sexual pero muy valeroso en la batalla, hijo por demás de una mujer castrante, pienso que coadyuvó al perfil que se le ha atribuido. Hablaba el romance castellano, pero no en público. Y las dos veces que cayó preso, las referencias inciden en la seducción que causaba tanto en hombres como en mujeres. Lo cual no puede atribuirse al tamiz de la maurofilia posterior. Era un hombre muy especial.
-De todos los reyes de la dinastía nazarí que aparecen, ¿hay alguno al que odie?
-Ninguno, en absoluto. Pese a la crueldad extrema de algunos y el ansia homicida de muchos. Casi todos presentan un perfil psicológico perturbado o neurótico, pero ninguno incurre en mezquindad; cuando perversos, lo fueron a lo grande. En literatura se puede despreciar, pero no odiar, porque, como escritor, te eriges en árbitro de la situación, por dramática que esta sea. La cosa es bien simple, la Alhambra está ahí. Quienes la construyeron, afectados por lo que llamaron "fiebre roja", que es algo así como la demencia constructora, no pueden ser unos monarcas mediocres. Desmesurados en su afán de absoluto, hiperbólicos en sus pasiones, extraños y extravagantes, pero nunca ruines.
-La muerte está muy presente en el libro, también las escenas de batalla.
-Fueron 264 años, una de las dinastías españolas de más permanencia en el poder. Estaban copados por los cuatro puntos cardinales, tanto por cristianos como por los propios musulmanes. Si no matas, te matan, esta era la norma en unos y en otros. Se convirtieron así en una máquina de matar. Salvaron, no obstante, las formas, por el afán caballeresco propio de la época. Y sí, cuando la muerte ronda, el amor entonces se dispara. Desde este punto de vista, esta novela se la puede calificar de tratado de pasiones.
-En una sociedad donde incluso las flechas tenían punta de oro, ¿cuál era el máximo lujo?
-Esta fue una dinastía singularmente mayestática, solemne y suntuosa en sus hábitos de Corte, todo estaba reglamentado según usos palatinos muy estrictos. Los hubo muy ceremoniosos, como Muhammad VIII, que se hacía acompañar de un cortejo procesional para todas sus actividades, incluso las privadas. Fueron muy mirados en esto de los rituales públicos, y así ha quedado constancia en hechos como la representación nazarí en el sepelio en Sevilla de Fernando el Santo, donde la embajada granadina brilló por su prestancia y elegantes formas. O con ocasión de la muerte de Alfonso XI en Algeciras, víctima de la Peste Negra, en la que de inmediato se interrumpieron los usos de guerra para dar paso libre, y respetuoso, a las tropas castellanas que acompañaban su cadáver. Y en la Alhambra misma, todo debía ser según usos protocolarios; que lo digan, si no, los componentes de una embajada veneciana, que hubieron de mudar sus ropas por otras más acordes a tan maravilloso palacio y magnífico sultán. No es exagerado decir que los miembros de las comitivas extranjeras quedaban embobados con la majestad de aquella Corte nazarita. En el Harén, por demás, regían normas excluyentes, bajo usos de la disciplina maliquí.
-¿Estaba la crueldad a la orden del día, según demuestran asesinatos como el de un desprevenido Ismail, desnudo en el harén, a manos de Muhammad el Bermejo?
-Indudablemente. El fratricidio viene a constituirse en signo polar, hoy diríamos "marca de la casa". Pero también el parricidio. Quizás en ese cometido quien más destaca fue Abul Hasan, Mulacén, que asesinó al marido precedente de su esposa, el desventurado Muhammad el Chico, amén de dos de los hijos de ambos, como también instigó el asesinato de su propio hijo con la Horra, Yusuf, a manos del Zagal, hermano de aquel y tío por tanto de este. En este sentido, tal Casa tiene poco que envidiar a determinadas dinastías egipcias o chinas. Habría que pensar que sobre las Casas Reales más prestigiosas se cierne una maldición remota.
-Describe perversiones, violencia, pero también belleza, mucha belleza.
-Es que la belleza puede también ser terrible. Traspasa los límites del bien. Y la belleza que ellos señorearon es una belleza sensorial, como también mística. Está ello en la Alhambra, que es un prodigio de exactitud, apoyada en la proporción y el simbolismo sagrados. Pero esto nos llevaría hacia otro territorio. En la Alhambra se constata que la belleza siempre será inefable.
-¿Cómo sería hoy Granada si Boabdil no la hubiera perdido?
-Subyugante pregunta, porque lo que se dirimió con aquella guerra fronteriza que duró diez años, como la de Troya, es si el Islam había de quedar en la otra orilla del Mediterráneo, algo así como un designio divino. Por lo cual, su caída, la del reino, era cosa insalvable. Ahora bien, si las Capitulaciones se hubieran cumplido, y respetado usos y costumbres, lengua y religión de los vencidos, se hubiese propiciado, si bien bajo la corona española, un estado-puente, una tierra que hubiese servido de colchón al enfrentamiento abrupto entre la Cristiandad y el Islam, y tal vez no habría habido Lepanto, porque se hubiera dado un principio de ósmosis y tolerancia. Con ello, el siglo XVI hubiera sido acaso menos frontal entre las dos culturas, con la judía sirviendo de argamasa. Pero esto es especular y la historia se fundamenta sobre hechos consumados.
-¿Es Boabdil admirado en Granada como se merece?
-Tajantemente, no. Hace unos años supimos que el sepulcro de Boabdil en Fez estaba convertido en una escombrera. Ni Ayuntamiento ni Diputación movieron un dedo en algo que nos atañe como granadinos. Como tampoco los medios diplomáticos de la nación, y no ya en queja diplomática, sino en remedios para que tal deshonra se solucionara. En Granada, Boabdil, ya se sabe, sigue siendo el que lloró porque no la defendió como hombre, anécdota radicalmente falsa. Pero esto es lo que sucede con los mitos, que vienen a ser perchas donde se cuelgan todo tipo de supercherías. Fue un hombre íntegro, aunque vacilante e indeciso por condición genética y psicológica.
-Y finalmente, ¿cómo definiría su novela en una frase?
-La Granada que estalla en la mano.
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