Siete sesiones con Dios
Sobre Dios | Crítica
El filósofo Byung-Chul Han, último Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, parte en su nuevo libro del pensamiento de Simone Weil para reflexionar sobre la espiritualidad en el mundo de hoy.
Santiago Díaz: “Busco que el lector se lo pase bien, pero que afronte también dilemas morales”
La ficha
Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Byung-Chul Han. Traducción de Lara Cortés. Paidós. 144 páginas. 14,90 euros
Debe ser un paradójico tormento leer que dicen que eres el filósofo de moda cuando hablas a la contra de todo aquello que no está de moda ni nunca lo ha estado. Es lo que tiene haber dado con la tecla de nuestra hora contemporánea como sociedad quemada, el zeitgeist (casi todo lo importante hay que decirlo en alemán). En su último libro (Sobre Dios. Pensar con Simone Weil), el filósofo y teólogo de origen surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, Corea del Sur, 1959), último Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, establece un fecundo diálogo con Simone Weil acerca de la desamortización de Dios en un mundo poseído por la agitación y el consumo.
Hay una idea en el autor que conecta con su admirada pensadora francesa, fallecida a edad temprana y a quien Albert Camus, otro referente moral, definió como “el único espíritu libre de nuestro tiempo”. Esta idea se basa en el matiz. No es que Dios haya muerto. Lo que ha muerto es el ser humano al que Dios se revelaba. De vivir hoy, hasta el propio Nietzsche, tan citado por Byun-Chul Han, podría desmontar su famosa frase para empezar de nuevo.
El hombre actual, hijo de la hiperventilación y el ruido, ha ido perdiendo toda capacidad de escucha sensible con lo trascendente. Se muestra incapaz de conectar con la vía divina porque no halla el vínculo necesario a través del sentido profundo de la desnudez y el vacío. Inmersos en la dictadura neoliberal que nos anula, hemos ganado en complicación lo que hemos perdido en complejidad. Es a lo que nos ha llevado el abandono del ser para uno y para los demás, al que hemos sustituido por el hacer y la distracción. El hombre productivo de hoy se ha convertido en un ser involucionado. Es incapaz de intuir la presencia de Dios a través del regalo de su ausencia (San Juan de la Cruz, el maestro Eckhart).
Este diálogo con Simone Weil da lugar a siete sesiones que recuperan algunos de los temas esenciales en el pensamiento de quien fuera filósofa, activista y mística. La plática tiene sus paradas en torno a la necesidad de recuperar lo perdido, pues la sociedad del rendimiento ha atrofiado las formas puras. Habría que volver a la atención, la descreación, el vacío, el silencio, la belleza, el dolor y la inactividad. Justo lo contrario de lo que pregona el mercado del ruido, el zumbido de las redes sociales, la aceleración, la esclavitud del ocio productivo y la sobredosis digital.
El hombre actual ha perdido toda capacidad de escucha sensible con lo trascendente
Entre otras fuentes, donde se revela la experiencia de Dios es a través de la atención, la “palanca del alma” de la que hablaba Weil y que permite al hombre congraciarse con su capacidad creadora. Es también en la belleza (contemplar con deleite lo mismo una gota de agua que una estatua griega), donde se halla la vía hacia Dios. No le falta razón al también teólogo Juan José Tamayo al decir que Dios ya no se halla en los atributos de la vieja teodicea. No llegaremos a él por la omnipotencia. Ni por la omniscencia. Ni por la omnipresencia. Ni por la providencia. A Dios hay que hallarlo ahora mucho más allá de los pucheros de los que hablaba la muy arremangada y también mística Teresa de Ávila. Hay que llegar a Él con los atributos que han de recuperar al hombre –y no a Dios– de su muerte.
Dado el panorama actual, se antoja ardua la tarea de volver a la vaciedad, el despojo propio y la ligereza en nuestra sociedad del esfuerzo, donde todo es atención insomne y donde hasta los likes en las colmenas de las redes simbolizan la tragedia de la afectividad. En Sobre Dios. Pensar con Simone Weil no se hace ninguna apología pueril para una nueva vida. Más bien se ahonda en lo que no la hace posible, lo que explicaría, como queda dicho, la incapacidad sensorial y espiritual para llegar a Dios. De este libro se desprende, pues, como una radicalidad tranquila, que invita a acoger también la enseñanza del dolor, a sentir que no hay luz sin su sombra. La herida, como la arruga, puede ser bella.
El celebrado y muy leído autor de títulos como La sociedad del cansancio y Vida contemplativa podría despertar sospechas entre los muy prejuiciosos. Byung-Chul Han, al fin y al cabo, es también un hijo de su tiempo, engullido por el mainstream cultural, pues a su pesar llena auditorios y recibe premios y parabienes por parte de la sociedad capitalista y excitada que tanto rechazo le provoca. Podría ser verdad, pero la crítica por la crítica no es más que otra muestra de la hiperventilación que nos corroe.
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