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La yuxtaposición del arte

  • El profesor José Manuel Ruiz Martínez analizará la figura de Daniel Gil, uno de los diseñadores más importantes del país, autor de más de 4.000 cubiertas de libros

Sus libros podrían estar al mismo tiempo en una librería y en una galería de arte. Daniel Gil (1930-2004) no escribió ni una sola línea pero 'estampó' en sus portadas dentaduras postizas en obras de terror, chuletas crudas sobre platos inmaculados para recetas, o dedos de mujer haciendo las veces de afilada hoja de cuchillo para historias de asesinato. Nombre imprescindible de la historia del diseño en España, contaba siempre en las más de 4.000 cubiertas que realizó un relato cargado de significados por sí mismo.

José Manuel Ruiz Martínez reflexionará hoy en la Fundación Ayala (20.30 horas) sobre la relevancia de su figura, "desconocida por el nombre pero muy conocida por sus trabajos". Todo aquel que tenga libros de bolsillo de Alianza Editorial podrá reconocerlo. Ilustró las portadas de obras de Allan Poe (la conocida calavera sobre fondo azul manchada de sangre de sus cuentos), Pérez Galdós (Miau, un plato con piedras) o Francisco Ayala (Muertes de perro, La cabeza del cordero o Los usurpadores).

Ruiz Martínez profundizará en ese estilo descarado y distinto de un diseñador que rompía con lo hecho hasta entonces. "Su intención no era hacer portadas bonitas. Lo suyo era arte, influenciado por el dadaísmo en la parte estilista y por el psicoanálisis en la de contenido". Muchas llegaban a ser desagradables y feas pero transmitían la sorpresa en el lector. La yuxtaposición de objetos cotidianos, la utilización de partes del cuerpo humano, la creación de metáforas visuales... el surrealismo, en definitiva, son las claves de su obra, como explica el profesor, autor de La puerta de los libros. Una aproximación al diseño a través del análisis de las cubiertas de Daniel Gil para Alianza Editorial.

Ese estilo rompedor y vanguardista de Gil ya comenzó en la época en la que ilustraba portadas de discos para Hispavox, innovando incluso en discos de saetas, para seguir en Alianza Editorial (desde 1966 hasta 1990): una relación fructífera de la que salieron portadas con un sello propio y claramente identificativas. Hasta entonces -decía el propio Gil- sólo existían las portadas de la viñeta y de la 'letruja', o portadas tipográficas o con ilustraciones que tenían más o menos que ver con el libro.

Su gran virtud, afirma Ruiz, "es que ofrecía una primera historia. La simple portada ya transmite miles de significados de forma que aprehende el libro en una imagen; lo sintetiza en su conjunto". Cumplía, dice el profesor, una función educativa del gusto por lo distinto, por lo arriesgado. "Leer para él era un acto de tensión, no una lectura relajada porque siempre buscaba la clave para ilustrar la cubierta", explica Ruiz. Sin embargo, siempre huyó de la 'interferencia' del autor del texto. Un artesano de historias cuyo trabajo sigue aún influyendo en los posteriores diseñadores. "Marcó tanto que generó dos corrientes: la de los imitadores y las de los que se oponen a él".

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