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Lo peor del cierre del canal Barça TV es la pérdida de trabajo para un buen puñado de profesionales que ahora deben buscar un nuevo destino. Los más estelares ya encontrarán continuidad incluso en el siguiente plan mediático que habrá trazado el FC Barcelona. Algunos otros tienen que buscar la vida en una situación de salto de mata.

El club que siempre ha presumido ser más que un club (sus interesadas y latentes intenciones políticas ha tenido siempre) se enfrenta a un túnel complicado entre los pagos a Negreira, una deriva de gestión dudosa y una pérdida de reputación y simpatía desde que la entidad, casi en un gesto suicida, decidió convertirse en martillo pilón del independentismo. Creían tener tanta razón que pensaban que todo el planeta se iba a poner de parte de las efusiones egoístas de los separatistas de la Generalitat. El FC Barcelona ha sido durante años el altavoz más o menos directo del independentismo y convertirse en herramienta inútil y tonto útil sólo ha supuesto rechazo, decepción en millones de aficionados españoles y la indiferencia internacional. Aunque allí no lo quieran reconocer, el aprecio, o no, que pueda tener el Barça dentro de España más allá de Cataluña es el calibre del cariño y prestigio del club en el resto del mundo. Y por mucho que se quejen del Real Madrid precisamente esa rivalidad con inquina respecto al club 'centralista' y del 'régimen' es lo que sigue dando oxígeno y sentido a la existencia del FC Barcelona. Sin la respiración asistida del duelo enconado a nivel nacional el club azulgrana no sabría qué camino tomar realmente en estos momentos. Los títulos no dan tanto prestigio automático como parece. Los clubes son marcas, más allá del resultado, y aunque siempre nos guste apostar a caballo ganador el encanto de ser aficionado al balón reside en las señas de identidad, credenciales, esencias que en el caso del Barça se han emponzoñado. El primer día que pitaron al himno en la Copa fue el último día del Barça como marca apreciable.

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