El niño del rollo

Darro

Los granadinos vertieron en el río tantas inmundicias que la palabra "darro" se convirtió en sinónimo de "cloaca"

La primera vez que fui a Barcelona me sorprendió que en las cafeterías no conocieran las maritoñis: yo era mucho más joven y algo más provinciano que ahora. De forma semejante, a algunos granadinos les sorprende que por ahí nadie sepa qué son los darros. Porque no lo saben. Prueben a buscar la palabra "darro" en el Diccionario de la Real Academia, no está. Sí aparece en las enciclopedias, pero escrita con mayúsculas y para referirse al río.

El río Darro empezó a llamarse así porque daba oro. Ahora da pena. Primero, los habitantes de Granada vertieron en él tantas inmundicias que la palabra "darro" se convirtió en un sinónimo de "cloaca". Luego escondieron la mayor parte del cauce a su paso por Granada, para escándalo de foráneos ilustres como Ian Gibson y de locales universales como Lorca y Ganivet. Ahora hay quien propone construir una autovía sobre lo que queda del valle y, de paso, ponerle una salida que desemboque en el hotel de lujo que quieren construir sobre la arruinada Alquería de Jesús del Valle.

El callejero granadino incorpora la palabra "darro" tanto para recordar al río (Carrera del Darro, Acera del Darro), como para celebrar la tendencia granadina a multiplicar las cloacas (Darro del Boquerón). Las cloacas en Granada atraviesan las calles y la política; unas veces transportan el hedor de la ineficacia y otras el de la corrupción. Quizá por ineficacia, la Junta de Andalucía olvidó notificar a un particular y, en consecuencia, el TSJA ha anulado la protección del Valle del Darro como Bien de Interés Cultural. La Junta ha anunciado que no recurrirá la sentencia, y a la oposición en el Ayuntamiento algo le huele mal. Quizá sus portavoces son muy malpensados, o quizá Granada les ha enseñado a reconocer las cloacas de lejos. Si es así, que Dios les conserve el olfato.

Está por ver si una mala tramitación administrativa acaba con el Darro convertido en una alcantarilla convenientemente entubada bajo una autovía de seis carriles y rodeada de urbanizaciones de lujo. Si hace más de un siglo "la peor burguesía de España", en palabras de Lorca, sacrificaba una de las calles más pintorescas del mundo para llegar con sus coches a la puerta de sus casas, ahora sus herederos insisten en construir la Ronda Este, justo un día antes de que el petróleo se agote o la Unión Europea nos prohíba usarlo. Que Dios les conserve la vista, ya que carecen de gusto.

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