Josef K en la UE

Cada ciudadano europeo, lo sepa o no, es un pobre Josef K sometido a una burocracia monstruosa que no sirve para nada

Leo que las próximas elecciones europeas del 9 de junio se viven con creciente desinterés en nuestro deconstruido país, a pesar de los intentos casi desesperados de los líderes políticos por atraer el voto. No creo que tengan mucho éxito. Si uno se fija en la gente que tiene cerca, la apatía es considerable. El interés que hubo en julio pasado para las elecciones nacionales se ha convertido ahora en una sonora indiferencia. Europa cae muy lejos. Y además, la idea que vamos teniendo de la Unión Europea es cada vez más negativa. En los años 80 y 90 no había nación más europeísta que la nuestra, pero ahora es muy dudoso que alguien sienta un mínimo pálpito de emoción o entusiasmo por la idea de Europa. Y es normal que sea así. A los cien años de la muerte de Kafka, la Unión Europea se ha convertida en una gigantesca máquina burocrática que nos puede engullir a todos bajo toneladas y toneladas de reglamentos, normativas, instrucciones y disposiciones ridículamente absurdas. Cada ciudadano europeo, lo sepa o no, es un pobre Josef K sometido a una burocracia monstruosa que al cabo de interminables litigios y demandas acabará por destruirlo. Ahora mismo, lo único que sabe producir Europa son burócratas: legiones y legiones de burócratas que no paran de legislar y legislar –sobre las instalaciones sanitarias de los bares, sobre los sistemas de extracción de humos, sobre el correcto etiquetado de los antibióticos, sobre los periodos autorizados para desbrozar un bosque– porque si esos burócratas dejaran de legislar alguien se daría cuenta de que no sirven para nada y de que están malgastando un dinero público exorbitante. En realidad, Europa vuelve a ser la aburrida, letárgica y catatónica Kakania de Robert Musil.

Y eso es una mala noticia. Pensemos en un político de la UE que tenga un mínimo de carisma o que haya expresado una idea medianamente interesante en los últimos quince años. Imposible encontrarlo. Todo se reduce a repetir clichés y frases vacuas que no signifiquen nada y que puedan contentar a todo el mundo. No busquen ni ideas ni proyectos de ninguna clase. En cuestiones de inteligencia política, de geo-estrategia, de filosofía moral, la Unión Europea es un enfermo en estado vegetativo. Y bien que me duele decirlo. Y en esas condiciones, ¿quién querrá ir a votar en un domingo de verano?

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